Una de las características más persistentes de nuestra cultura política ha sido el maniqueísmo; el ver las cosas en términos de blancos y negros, buenos o malos, sin colores grises ni graduaciones intermedias. El militante político ha tendido a satanizar sus adversarios, no reconociendo en ellos ningún mérito. Igual a santificar al líder o caudillo de su partido, no reconociéndole ningún defecto. Odio ciego a unos y adulación servil a otros, resumen su actitud.
Esta ofuscación ha torpedeado el entendimiento nacional y llevado a la guerra. En las primeras tres décadas de vida independiente los odios entre los legitimistas (luego conservadores), atrincherados en Granada, y los democráticos (luego liberales) atrincherados en León, destrozaron al país. Tras el clímax de la guerra nacional contra el filibustero (1857) pareció posible instaurar el civilismo, pero los treinta años de paz de la república conservadora naufragaron al volver a encenderse las animadversiones partidarias y con ellas la guerra que llevó a Zelaya al poder, en 1893.
Para sus correligionarios liberales el nuevo caudillo sería el gran héroe modernizador, mientras que para los conservadores sería un detestable tirano. El antagonismo provocó revueltas y finalmente la guerra y la caída del régimen en 1909. Regresaron los conservadores, pero no la paz ni la reconciliación. Apenas en 1912 volvió a correr la sangre entre hermanos en la breve, pero sangrienta, guerra de Mena.
La “Pax americana”, producto de la intervención, tampoco logró desmontar la polarización. Subió el caudillo Emiliano Chamorro, adorado por sus seguidores y detestado por los liberales. La antipatía era recíproca. Cuando le sucede el conservador Carlos Solórzano, y en gesto reconciliador integra liberales a su gabinete, Chamorro no tolera este coqueteo con el adversario histórico y le da el golpe que enciende la guerra constitucionalista de 1926-27. Tras ella suben los liberales y luego Somoza.
Polarización otra vez más: por cuatro décadas muchos apoyarán con entusiasmo a la dinastía. Para ellos “Tacho” será “el pacificador de Las Segovias”, Luis el humanista progresista, “Tachito” “el huracán de la paz”. “¡Somoza for ever !”, gritarán sin rubor. La oposición —primero la conservadora y después la sandinista— los descalificarán visceralmente: Para ellos son “la estirpe sangrienta”, los tiranos millonarios que asesinaron a Sandino. No se les reconoce nada: ni obras de progreso —que las hubo y en abundancia— ni las muchas amnistías con que perdonaron a sus adversarios armados. Tampoco los Somoza reconocen legitimidad alguna en los reclamos por la democracia que hace la oposición. Para ellos sus adversarios son “comunistas”.
Sin puente de comunicación solo queda la dialéctica de los tiros. Vuelve entonces la guerra y cae la dictadura, pero no emerge la democracia anhelada. En su lugar resurge el maniqueísmo, remozado, y ahora el país se divide entre “revolucionarios” y “contras”. No hay términos medios: o se está con la revolución o se es enemigo. Y corren de nuevo manantiales de sangre joven.
Con la victoria de doña Violeta en 1990 y el entierro de las armas surge al fin la nueva oportunidad de superar ese pasado de confrontaciones y construir una república dialogal, tolerante y democrática. Será trágico si volvemos a perderla. Es cierto que los fraudes electorales y el continuismo inconstitucional de Ortega dificultan el juicio sereno y el diálogo, pues son como una bofetada al civilismo. Pero la historia enseña el abismo que aguarda cuando la irritación y la desesperanza rompen los puentes. Un gran reto de la actual generación es evitar que el siglo XXI repita los yerros de los siglos precedentes, y eso exige, entre otras cosas, dejar de pensar en blanco y negro.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A