¡Señor mío y Dios mío!
Renovemos nuestra fe en el Resucitado, sintiendo codo con codo a nuestros hermanos, escuchando con el corazón la palabra y hasta donde nos sea posible poder decir con Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!…
Renovemos nuestra fe en el Resucitado, sintiendo codo con codo a nuestros hermanos, escuchando con el corazón la palabra y hasta donde nos sea posible poder decir con Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!…
Si queremos tener la sensación de ser escuchadas y respondidas en la oración, no usemos otro idioma que el que Dios habla: el del amor.
El dolor y la salud, los fracasos y la victoria, el llanto y la risa, son experiencias que vivimos todos los seres humanos. Es por eso que ¡ojalá! afrontemos en nuestra vida, nuestro Domingo de Ramos y todos los otros, en permanente fidelidad como lo hizo Jesús.
Necesitamos algo que dé sentido a la vida, para que la muerte física no se convierta en un obstáculo infranqueable para creer en la vida eterna.
José vivió en Nazaret de Galilea, junto a María su esposa. Nazaret era la casa de gracia, de verdad y de solidaridad.
Si queremos volver a confiar en las personas tenemos que hablarles con toda claridad y sinceridad, sin darles las más mínimas posibilidades de recelos y dudas.