La sociedad actual tiene posturas contradictorias ante la muerte. Para unos es un tema socialmente incorrecto, que hay que ocultar. Ocultamiento o disimulo que se adorna con flores o solemnes y concurridos funerales.
Para otros, la muerte produce abatimiento y paralización ante el dolor. Queremos distraernos de ella, ocultándola. No basta con aspirar a una inmortalidad en línea con nuestros deseos más naturales y espontáneos, sino que debemos tomarnos en serio lo que somos: nuestra condición de mortales.
Por eso, siempre se ha anunciado la vida y la vida sin límites. Jesús predica el reino de gracia y de vida de Dios. Jesús no dijo que fuéramos inmortales, sino que nuestra vida es frágil y pasajera. La muerte lo que nos dice es que somos pasajeros y peregrinos en este mundo.
Las palabras humanas alivian las lágrimas, pero al final ni las enjugan ni dan luz a los ojos. Por eso, nosotros los cristianos a partir de la palabra de Dios iluminamos este dolor y animamos nuestras conciencias, pues los que dan consejos ciertos a los vivos, son los muertos.
Los fieles, confesaban que la resurrección corresponde solo a la omnipotencia divina (Sal. 28, 7; 3, 6; 23, 4; Job 19, 26). Ciertamente la vida es el valor más importante que tenemos, pero nos sentimos desarmados, como las hermanas de Lázaro, ante la última prueba que es la muerte y de la tristeza de la separación física. (Jn 11,21-22).
Nos guía el modo de morir Cristo: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46) y sus palabras a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25). A la luz de la Resurrección de Cristo podemos serenarnos ante la muerte. Solo la palabra de Dios nos asegura la vida eterna y a confesar la fe en la resurrección.
Nos cuesta admitir que el dolor, la angustia, la enfermedad o la muerte sean realidades de la vida y pensamos en intervenciones espectaculares de Dios. Algunos piensan que los milagros serían la solución de nuestros problemas y dificultades.
Incluso luego de la curación de ciegos, paralíticos y leprosos o lo que es más sorprendente la resurrección de varios muertos, estas dieron a estas personas un espacio nuevo de tiempo, no eran la vida eterna, porque terminaron por acabarse.
Antes o después los curados de una u otra manera deberán enfrentarse al final de su vida, de la que no libran ni los milagros. Jesús, ante la tentación de saltarse las leyes de la naturaleza con gestos espectaculares, dice al tentador “no tentarás al Señor tu Dios”. Arrojarse desde el campanario del templo llamando a los ángeles como paracaídas es proponer una solución mágica que no casa con la cruz de Cristo. (Mt 4,1-11).
Pero los milagros de Jesús no tenían como objetivo alargar esta vida, sino prepararnos para creer que hay una vida después de la muerte. Y para hacer entender que la muerte sin esperanza es una muerte que nace del alejamiento de Dios.
Al resucitar a Lázaro, Jesús va más allá de alargar simplemente la vida, porque al final también Lázaro murió de nuevo. Jesús interviene mostrando así su interés real por la vida biológica de su amigo, pero sobre todo para proclamar que hay una vida después de la muerte. (Jn 11,19-27).
Jesús invita a creer en la vida eterna. Se trata de creer que la vida verdadera es creer y confiar en Él. La resurrección de Lázaro es, pues, un anticipo de la victoria final. Jesús hace este milagro para que los hombres crean que hay una vida después de la muerte.
Jesús está preocupado por las realidades materiales, pero añadiendo en ellas algo más profundo o algunos signos. Del evangelio no se excluye el horizonte de la muerte, que por supuesto puede llegar en cualquier momento, sino que subraya que debemos estar preparados para vivir.
Por eso necesitamos algo que dé sentido a la vida, para que la muerte física no se convierta en un obstáculo infranqueable para creer en la vida eterna. La resurrección de Lázaro a esta vida es signo de que hay una vida eterna que supera la dura realidad del sepulcro.
La resurrección de Lázaro provoca la oposición de los que no aceptan la fe en Jesús y adelanta su persecución hasta la condena final. Lo que hay de provocador en este milagro no es un anuncio de una vida por un espacio temporal, sino presentar a Dios como vida y vida eterna.
El autor es sacerdote católico