La experiencia de la Resurrección es renovar la vida. Luego de la experiencia de la Pasión, de las debilidades y negaciones, de los miedos y escapes, de la experiencia de la muerte en cruz, el camino de fe en la Resurrección y renovar la vida, es para un nuevo comienzo.
Renovar es recuperar. Renovar es hacer nuevo lo que en nuestra vida se ha hecho viejo, es ver mi realidad de debilidad, pecado y caída y con Cristo Resucitado, decirle de corazón, como Pedro: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”. (Jn 21,17).
Renovemos los gestos de servicio. No son nuestros, son de Dios. A través de ellos, el otro descubre que Dios le ama. Por medio de ellos Dios se presenta como cercano o como distante, acogedor o frío, inteligible o mudo. No se trata solo de que reconozcamos a Cristo en el otro, se trata también de que el otro reconozca en nosotras el rostro amigo de Dios. Las manos cariñosas de Dios. La sonrisa acariciadora de Dios.
Renovemos nuestras experiencias. Nada es más nuestro que lo que damos. Nada es más de Dios que lo que nos queda después de haberlo dado todo; la paz que acampa en nuestros corazones después de un día de cansancio por el hermano; el gozo que ilumina nuestras palabras después de haber superado una actitud de distanciamiento. La ilusión que se asoma en nuestros ojos después de haber derrochado generosidad al desprendernos de nuestro tiempo para ofrecérselo a alguien, es grande.
Renovemos el lenguaje al hablar con Dios. Dios no necesita de muchas palabras para comprendernos. Dios no necesita de ideas nuevas para no aburrirse cuándo le hablamos. Si queremos tener la sensación de ser escuchadas y respondidas en la oración, no usemos otro idioma que el que Dios habla: el del amor.
Renovemos ese lenguaje y como sabemos, no se trata de renovar palabras, sino obras. No se trata de parecer mejor, sino de comprometerse a serlo. No se trata de lamentarse por lo mal que lo pasan los pobres, sino de compartir sus problemas. No se trata de saber en qué consiste la vocación de discípulos resucitados de Jesús, sino de alegrase cada mañana y dar gracias a Dios por tener esa vocación.
El autor es sacerdote católico.