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Kentucky Fried Chicken (KFC) abrió a sus puestas al público este 24 de julio a las 10:00 de la mañana. La inauguración de la sucursal ubicada en el kilómetro 5.5 de la Carretera a Masaya, estuvo llena de color, música, regalos y una multitud emocionada. Prometía convertirse en uno de los eventos comerciales más concurridos del año, pero la experiencia terminó reflejando una realidad muy distinta: desorganización, largas esperas y una demanda que superó por completo la capacidad del restaurante.
Desde temprano, cientos de personas se dieron cita para probar el famoso «pollo original» de la cadena de comidas rápidas de origen estadounidense. A la actividad se sumaron los bancos con un sinnúmero de regalos. También asistieron medios oficialistas, creadores de contenido y animadores que intentaron mantener el ambiente festivo.
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El tráfico era intenso. Una fila de más de 20 vehículos avanzaba lentamente hacia el autoservicio, mientras otra extensa columna de personas esperaba bajo el inclemente sol para ingresar al restaurante. La alta demanda llegó a ocupar uno de los dos carriles de la Carretera a Masaya, provocando un fuerte congestionamiento vial. Muchos conductores reducían la velocidad no solo por el embotellamiento, sino también para observar la colorida y bulliciosa inauguración.

Entre fotografías con figuras promocionales, videos para redes sociales y entrega de algunos obsequios, los clientes intentaban hacer más llevadera una espera que, para muchos, superó la hora.
Cuando finalmente llegó el momento de entrar al local, la espera continuó siendo fastidiosa. Ciertamente el restaurante resultó insuficiente para la cantidad de visitantes. Las mesas estaban completamente ocupadas. Había una pequeña área de juegos para niños y varias pantallas digitales donde los clientes podían realizar sus pedidos con ayuda de trabajadores que orientaban el proceso.
Caos al recibir su orden
Los precios parecían accesibles y el sistema de compra digital funcionaba con relativa facilidad. Sin embargo, el verdadero problema comenzaba después de completar el pedido. El cliente debía trasladarse al área de entrega de las órdenes para posteriormente disfrutar de su compra.
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Pero lo que debía ser una fila para recibir la comida se transformó rápidamente en un tumulto de personas confundidas y desesperadas. Ya no existía orden. Nadie sabía exactamente cómo se entregaban los pedidos. Algunos observaban una pantalla electrónica esperando ver aparecer su número; otros sostenían un comprobante impreso sin entender cuándo serían atendidos.

Lo peor es que en medio de la incertidumbre, cada vez llegaban más personas. La multitud crecía mientras la cocina parecía incapaz de responder al ritmo de la demanda. Los clientes comenzaron a reclamar. Algunos aseguraban que estaban en el lugar desde las diez de la mañana. Otros cuestionaban la lentitud del servicio.
Cerró el restaurante
El personal intentó responder con amabilidad, pero también lucía desbordado. Pasada la 1:00 de la tarde, una empleada anunció que el restaurante cerraba sus puertas para los nuevos clientes y que a partir de ese instante únicamente se dedicarían a atender a quienes ya habían realizado sus pedidos. La noticia confirmó lo que muchos sospechaban: la operación había sido rebasada. Sin embargo, horas más tarde volvió a abrir ante la demanda de más clientes que seguían haciendo fila.

Peor aún, entre comentarios del propio personal se escuchaban señalamientos sobre la falta de preparación para una inauguración de semejante magnitud. Según expresaban algunos trabajadores, el restaurante no estaba listo para atender a tantas personas y varios productos —presuntamente— comenzaban a agotarse.
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Tras casi otra hora esperando la entrega del pedido, surgió un nuevo inconveniente: el hielo se había terminado. Los clientes debían servirse sus propias bebidas, pero los dispensadores ya no contaban con hielo. Muchos terminaron tomando refrescos calientes en medio de una jornada marcada por las altas temperaturas.
Mientras tanto, las mesas comenzaron a vaciarse, no porque los clientes hubieran terminado de comer, sino porque gran parte de ellos seguía esperando recibir sus órdenes. Paradójicamente, dentro del restaurante había más personas aguardando su comida que personas disfrutándola.

Seguían las filas
Al salir, el panorama seguía siendo el mismo que horas atrás. Una larga fila de automóviles continuaba avanzando lentamente hacia el autoservicio y decenas de personas permanecían bajo el sol esperando una oportunidad para entrar.
La inauguración de KFC en Managua logró atraer a una multitud que demostró el enorme interés que despierta la marca entre los consumidores nicaragüenses. Sin embargo, el éxito de convocatoria también dejó en evidencia fallos significativos de organización, logística y capacidad operativa.
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Cabe señalar que las enormes filas recuerdan a cuando en la Managua de los años 90 reabrió la cadena estadounidense McDonald’s, que generó grandes filas. O cuando el cardenal Miguel Obando y Bravo inauguró una estación de gasolinera y su tienda de conveniencia por los mismos años. Incluso el escritor Eduardo Galeano mencionó ese último hecho en su libro Patas Arriba (1998).