Exiliados nicaragüenses y miembros de Unamos en las afueras de la Catedral de San José, Costa Rica. LA PRENSA/ARCHIVO

Exilio, dolor y fe. Historias compartidas de nicas y cubanos que reiniciaron sus vidas en Costa Rica

De la dolorosa experiencia de dejar su patria a intentar seguir. Incertidumbre, añoranza y el motor de aferrarse a sus creencias

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Martín Montes de Oca tiene poco más de 40 años. A lo largo de su vida se ha dedicado a varios oficios. Estudió Psicología en Cuba, pero llegó hasta el cuarto año y nunca obtuvo el título. Sin embargo, él se ha graduado con honores en la universidad de la vida. Tiene dos hijos, y una esposa a la que hoy extraña inmensamente. Es solicitante de refugio en Costa Rica, donde llegó el año pasado.

Para protegerlo hemos usado un nombre distinto. Hizo la travesía común para decenas de miles de cubanos. Aprovechó la entrada sin visa a Nicaragua. Buscó después la mejor ruta hacia el sur (en su caso), recorriendo veredas en el monte para evitar al Ejército de Nicaragua y también a la policía migratoria costarricense. Martín vino con uno de sus hijos. Yulieski está prácticamente en edad del servicio militar. En Cuba quedó la mujer y el otro hijo. Los planes son que puedan reunirse aquí.

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Vejaciones y peligros

Padre e hijo salieron porque la familia tenía miedo de que el joven terminara en el Ejército y sufriese abusos, vejaciones, hambre, y hasta el riesgo de morir por efecto de caprichosos castigos. “Mi hijo ya estaba próximo a cumplir el servicio militar, y lo sacamos por la represión y muertes. Te maltratan, no hay alimentación. Las cosas empeoran. La mayoría de la gente ya no quiere saber del comunismo. Si él se negaba, le podían poner una multa carísima”, relata Martín.

“En los casos más extremos, te toca cárcel. Y hay muchos accidentes en el servicio militar, los militares no están cuidando a los chicos. Casi nadie quiere que sus hijos pasen el servicio. Toda mi familia, no somos comunistas, desde hace mucho”, agrega. Él tiene muy claro cuáles son sus objetivos en su nuevo hogar.

Guardias cubanos del Batallón Ceremonial portan las urnas con los restos de los 32 soldados cubanos fallecidos durante la incursión estadounidense para capturar al líder venezolano Nicolás Maduro, durante las honras fúnebres en el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en La Habana el 15 de enero de 2026.ADALBERTO ROQUE / POOL / AFP

Estoy en Costa Rica para salvar a mi hijo del servicio militar, para que mi hijo pueda estudiar y tenga un futuro —dice—. Salimos para librarlo de las garras del comunismo”.

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En un principio, Montes de Oca dice que habían planificado que se irían a Heredia. Pero todo se cayó. Entonces su suegro, quien es sacerdote de una iglesia cristiana, contactó a las autoridades donde hoy se congregan y fueron acogidos con amabilidad. Para él, fue una bendición de Dios la ayuda brindada. Por eso, reafirma que si no hubiese tenido fe, no estaría aquí. «Si yo no estuviese en los caminos de Dios, no habría podido soportar todo esto. Estos cambios (en mi vida) son tan bruscos, que (sin esa fe) ya me hubiese regresado a Cuba”, reconoce.

Para quienes se han visto obligados a dejar sus países, separarse de sus familiares, la fe lo es todo. Es un domingo por la tarde. Después de conversar conmigo, Martín corrió a hacer unas compras de última hora. Así Yulieski irá a clases tranquilo el día siguiente. La Comisión de Estados Unidos para la Libertad Religiosa Internacional (USCIRF por sus siglas en inglés) calificó a Cuba, Nicaragua y Venezuela en noviembre de 2025 como una tríada autoritaria que ha perseguido las creencias religiosas de sus ciudadanos.

En todo caso, de las tres dictaduras, en la de Nicaragua persisten las denuncias. En enero, tropas especiales de Estados Unidos entraron y sacaron al dictador Nicolás Maduro. El nuevo régimen se entiende con Washington, mientras la dirigencia en Cuba ha entrado en crisis y en negociación. El presidente estadounidense, Donald Trump, dijo hace unos días que el régimen cubano pronto caerá.

Cuba: la represión contra las iglesias

La libertad que Martín goza en Costa Rica es muy distinta de la realidad que sufrió en su país natal. En la isla hay una sistemática persecución contra la Iglesia, lo que no significa que no te permitan congregarte. Lo que se revela, según su relato, es todo un sistema refinado de intervención estatal para lograr el control como, por ejemplo, si un pastor necesita construir una iglesia, entonces el régimen no le da el permiso. Le ponen trabas, no le dan los materiales. Otra variante es que quitan el dinero de las donaciones.

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“O no te autorizan el agua ni la electricidad; te dicen: no tenemos el cable, el metro contador”. Además, la Seguridad del Estado, es decir la policía política de los Castro, se infiltra en las iglesias (una táctica también usada por la policía de la dictadura nicaragüense) para ver qué dice el sacerdote o el pastor. Eso ha significado cárcel para muchos.

A salvo en Costa Rica, Martín vive su fe. En este país de acogida convergen exiliados nicaragüenses, cubanos y venezolanos. También hay de otras nacionalidades. Todos cargan una tragedia en sus espaldas y es casi unánime que todos dicen que han encontrado la fuerza para seguir en la oración.

“La Iglesia quiere ser una madre que acoge”

La dictadura Ortega Murillo ejecuta una sistemática represión de las iglesias desde 2018, el año de las protestas sociales que sacudieron Nicaragua entera. Se reprime con vehemencia a la Iglesia católica. Hasta ahora más de 300 religiosos se encuentran en el exilio, cuatro de ellos son obispos, y la dictadura expulsó incluso al nuncio apostólico en 2022. Existe la prohibición de procesiones, actos públicos de fe y se han confiscado al menos 43 propiedades, según informes de la investigadora Martha Patricia Molina.

En el reporte de la USCIRF, citado anteriormente, se menciona que la represión ha escalado. Es frecuente la vigilancia permanente, y también la dictadura nicaragüense ha despojado de su nacionalidad a líderes religiosos como parte de una campaña para silenciar voces. La represión la ha contrastado con el cierre del espacio cívico y con el fortalecimiento de un sistema totalitario, establecido en las reformas constitucionales del año pasado, en las cuales abolieron la independencia de los poderes del Estado y concentraron el poder en Ortega y su esposa.

El sacerdote Germán Rodríguez es el prefecto de la Catedral de San José. En esa iglesia, como en otras costarricenses, se congregan los vecinos nicaragüenses. Hay varias generaciones: los que siempre han ido y venido de su país, los que han migrado por razones económicas y también los perseguidos políticos. “Queremos ser una iglesia de acogida. Delante de Dios todos somos hermanos”, afirma el religioso.

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Una mujer ora en una de las capillas de la Catedral de San José.
LA PRENSA/CORTESÍA

“Hay personas que han vivido experiencias duras. La Iglesia quiere ser una madre que acoge en los momentos difíciles. Todos somos hermanos; qué bonito es poder ofrecer la caridad cristiana y la solidaridad”, agrega.

El sacerdote sostiene que la pastoral social de la Iglesia católica mantiene un apoyo a exiliados pobres desde hace años. Provee recursos, dinero y alimentos. Son muy activas, en este sentido, las monjas de la Congregación de Hermanas de San Martín, señala. Rodríguez tiene muchos nexos con Nicaragua. En ese país es donde se pueden buscar las raíces de su vocación que se inspiró en el cura nicaragüense Luis Ramón Castrillo, originario de El Viejo, Chinandega.

Los evangélicos también tienen su propia perspectiva del exilio e igual en esas iglesias se congregan de varias nacionalidades, incluyendo la nicaragüense.

Servicio dominical de la iglesia presbiteriana Paz y Amor, en el barrio La Carpio. LA PRENSA/CORTESÍA

“Hermanos de fe y gente de mi tierra”

Marvin Hernández es pastor de la iglesia presbiteriana Paz y Amor, ubicada en el corazón de La Carpio, un barrio humilde en San José donde viven miles de inmigrantes de Nicaragua. En ese lugar también han ido a parar refugiados.

Hernández, un nicaragüense, es el líder de esta denominación desde 2018. La iglesia está basada en Corea del Sur. Según relata, ha sido política de ellos dar refugio temporal a personas que escapan de la persecución y a humildes inmigrantes económicos, además de apoyo espiritual. Sobre todo, a familias. Compartió que ha visto un flujo menor de refugiados desde 2025. “(Hago todo esto) para apoyar a mis hermanos nicaragüenses, debemos verlos como hermanos de la fe y gente de mi tierra”, argumenta.

El pastor Marco Torrentes pertenece a las Asambleas de Dios. Es una conocida iglesia evangélica. Su templo está en San Rafael de Abajo, en Desamparados, otro barrio popular costarricense. A todos les dice que lo más importante es que «entreguen su corazón a Jesucristo».

La reconstrucción de una periodista

Juana Valverde es una periodista nicaragüense que debió escapar en 2024 para evitar ser detenida por la Policía orteguista. Por suerte, recibió un aviso y se apresuró a huir. Ha trabajado duro para hacer una vida nueva en Costa Rica. Es un proceso que está en construcción. Ella también se aferra a sus creencias.

“Tengo una válvula de escape. Se llama Dios, que a mí me funciona. Lo que está fuera de mi control yo se lo pongo en las manos de Dios. Y eso me funciona, no sé qué le funciona al resto”, afirma.

El pastor Marco Torrentes, de las Asambleas de Dios. LA PRENSA/CORTESÍA

“Es mi fe que me ayuda a levantarme todos los días con una esperanza y decir ´un día voy a regresar, voy a ver a mis familiares, a mis viejos amigos´”, agrega. Mientras tanto combina sus ejercicios con el cuido de su ánimo. Sale a correr todos los días y se convence a sí misma de que «mañana será un día mejor».

“Como dice en las cartas paulinas, en Romanos, si estas cosas están pasando es por un propósito. Cuando le ves un propósito a cada circunstancia, eso es un incentivo para continuar en la vida”, se repite.

Auxiliadora: «No voy a Nicaragua desde 2018»

Auxiliadora Segura es una mujer de unos 60 años. Tiene el cabello canoso. Conserva aún mucha energía y un paso seguro. Asiste regularmente a los servicios de una iglesia evangélica en el barrio popular La Carpio, en San José. Aunque una parte considerable de su población son inmigrantes originarios de Nicaragua, también hay no pocos costarricenses. Desde 2018 han llegado exiliados en busca de refugio, habiendo escapado de la persecución de la dictadura.

Nacida en Granada, Auxiliadora tiene décadas de ir y venir entre Nicaragua y Costa Rica. Su familia, sus hijos y esposo están aquí. “Antes yo iba y venía de Costa Rica a Nicaragua, pero no voy desde 2018. Tengo miedo (de ser detenida o sufrir alguna consecuencia). Mi familia y yo anduvimos en las protestas de 2018. Tenemos miedo de ir a Nicaragua”, me dice.

Sobre la represión dice que “es la costumbre de los dictadores, en Cuba, Venezuela, Nicaragua. El país es una finca de ellos”.

Auxiliadora viene a la iglesia junto a su esposo. “Mi fe, estar en la iglesia me ayuda mucho. Estoy enamorada de Dios”, declara. “Tengo 40 años de casada y de estar en la fe”.

—¿Quiere regresar? —le pregunto.

—¿Cómo qué no? Todos añoramos regresar a nuestro país. Antes iba y venía, pero (desde 2018) me he quedado aquí”, responde. 

Tiene familiares allá, dos hermanos y un nieto en Nicaragua. Para ella, lo que de verdad importa es la fe. Entonces reafirma que su meta es Cristo.

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Servicio dominical en una iglesia evangélica. LA PRENSA/CORTESÍA

Un tema que no siempre es visible

La fe cristiana es para muchos la base formidable, el bastión inexpugnable en que descansan las ansias de sobrevivir una salida abrupta de la patria para escapar de la opresión y la determinación de superar los desafíos del exilio.

Cuando se escribe o se habla de refugiados y exiliados, son los aspectos políticos o ideológicos los que predominan. No importa que se esté en Costa Rica, Estados Unidos o Europa. En Costa Rica, el 50 por ciento de los habitantes declara que practica el catolicismo. Es la religión oficial del Estado, según consagra la Constitución que también permite la libertad de culto.

Estos datos corresponden a una encuesta de la Universidad Nacional de Costa Rica. La medición fue publicada en febrero de 2025. El 33 por ciento se identifica como creyente de iglesias evangélicas o protestantes y el 16 por ciento afirma ser creyente sin una religión. Sobre los exiliados, no hay estudios específicos. Sin embargo, los que consultamos dijeron que la fe es una fuerza. Los ayuda a seguir, pese a las tempestades.

Este reportaje se realizó con el respaldo del Fondo de Canadá para iniciativas locales de la Embajada de Canadá para Nicaragua, Costa Rica y Honduras.

El arcángel Gabriel somete al demonio. Vitral de la Catedral en San José.
LA PRENSA/CORTESÍA

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