El pintor nicaragüense Raúl Marín, en su estudio taller de pintura, donde reina la creatividad junto al caos

El pintor nicaragüense Raúl Marín, en su estudio taller de pintura, donde reina la creatividad junto al caos. LA PRENSA/O. NAVARRETE

El pintor ermitaño: vida, excesos y arte de un genio solitario

Raúl Marín, el artista extravagante redescubierto por creadores de contenido, cuyas obras circulan por el mercado internacional a precios que él mismo asegura nunca haber visto.

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En una casa discreta de residencial Bolonia, en Managua, inundada de los ruidos cotidianos de la calle, vive el pintor Raúl Marín Daboud, un hombre que a los 76 conserva la apariencia de alguien que ha pasado demasiado tiempo viendo amaneceres.

La primera impresión que genera para quienes no lo conocen, no es la de un artista consagrado, sino la de un ermitaño que ha terminado por confundirse con el mundo que lo rodea.

Su cuerpo es delgado, casi frágil, los hombros estrechos, las manos largas y huesudas, casi siempre manchadas por restos de pintura que parecen haber penetrado definitivamente en la piel.

Lleva la barba blanca y descuidada, el cabello largo y completamente canoso peinado hacia atrás sin demasiado cuidado por la forma, y en sus ojos claros, hundidos e incisivos, hay una intensidad que recuerda a quienes han pasado demasiadas horas observando algo que los demás no logran ver.

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Divorciado del cuido de la imagen propia, el pintor Raúl Marín se entrega por completo a su genio creativo por días y noches completas
Divorciado del cuido de la imagen propia, el pintor Raúl Marín se entrega por completo a su genio creativo por días y noches completas. LA PRENSA/O.NAVARRETE.

Obras de un millón de dólares

Ese hombre, que podría confundirse con un vecino cualquiera de Managua, es considerado por muchos críticos como uno de los pintores vivos más importantes de Nicaragua, aunque durante décadas su nombre circuló casi exclusivamente entre coleccionistas discretos y algunos conocedores del arte centroamericano.

La paradoja es que en los últimos años su figura ha adquirido una popularidad inesperada en el universo de las redes sociales, donde tiktokers, influencers culturales y jóvenes curiosos han comenzado a difundir videos e historias sobre el pintor ermitaño que trabaja descalzo en un taller caótico mientras sus cuadros se venden, según versiones repetidas con fascinación, por decenas o cientos de miles de dólares en mercados del arte donde él mismo no participa.

Para algunos críticos, esa súbita visibilidad digital ha resultado incómoda, porque ha obligado a revisar una conclusión que muchos evitaban decir en voz alta: que Raúl Marín, con todos sus excesos, su vida desordenada y su aislamiento voluntario, podría ser no solo uno de los grandes pintores contemporáneos del país, sino quizá el más singular de los que aún viven.

Marín nació el 25 de noviembre de 1950 en León, hijo de Uriel Marín y María Auxiliadora Daboud, y desde la adolescencia encontró en el dibujo una forma de refugio frente a los conflictos que atravesaban su vida.

“Me refugié en la pintura”, diría años más tarde a Revista Magazine, al recordar esa época con una frase que parece condensar toda su biografía: “Comencé a pintar porque me gustó, y también porque quería ocupar mi tiempo libre para escapar de muchos problemas que tuve cuando era adolescente”.

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Los cuadros de Raúl Marín son viajes diversos a paisajes rurales, escenas urbanas, veleros y tempestades, jardines y campos
Los cuadros de Raúl Marín son viajes diversos a paisajes rurales, escenas urbanas, veleros y tempestades, jardines y campos. LA PRENSA/CORTESÍA.

Forjado en Italia

Recuerda que a los trece años ya dibujaba compulsivamente, llenando cuadernos con figuras anatómicas y paisajes imaginados, sin sospechar que ese impulso terminaría convirtiéndose en la única estructura permanente de su vida.

En 1974 organizó junto al pintor Douglas Parrales Ayala una exposición en Estelí que reunió a varios artistas jóvenes del norte del país, una experiencia que marcó el inicio de su trayectoria pública.

Ese mismo año tomó la decisión de viajar a Italia para estudiar en la Academia de Bellas Artes de Florencia, una ciudad donde el arte parece impregnar cada muro y cada piedra.

Allí se formó durante varios años hasta graduarse como maestro pintor en 1977, absorbiendo tanto la disciplina del dibujo clásico como la intensidad emocional de la tradición pictórica europea. Cuando regresó a Nicaragua en 1978, traía consigo una sensibilidad estética que muchos artistas locales consideraron excesivamente europea, “demasiado libre o demasiado violenta” para el contexto cultural del país.

Durante años encontró puertas cerradas. “Cuando yo llevaba mis trabajos para participar en las galerías, todos aquí, la mayoría se escondían, se volteaban y ni me miraban”, recuerda ahora con una mezcla de ironía y resentimiento.

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Derrota de sus críticos

Esa indiferencia cambió en 1989 cuando obtuvo el Premio Nacional de Pintura Leonel Vanegas con su obra Cabalgata Apocalíptica, un reconocimiento que finalmente obligó al mundo artístico local a mirarlo con otros ojos.

La pintura de Marín ha sido descrita por críticos como el poeta Álvaro Urtecho como una mezcla de expresionismo y abstraccionismo lírico “atravesada por una sensibilidad impresionista hacia la luz, una definición que intenta explicar la energía con que el color parece desplegarse en sus lienzos”.

Sus cuadros (veleros azotados por tormentas, manglares densos, paisajes convulsos, peleas de gallos, escenas religiosas o fragmentos de la vida cotidiana nicaragüense), ahora están visibles en redes sociales con toda la carga creativa de noches de desvelos, creados a propósito con sustancias que le crearon adicciones y discriminaciones que a él le importan poco, tan poco como las críticas de los expertos.

“Carroñas que viven del genio ajeno”, les recrimina.

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El ermitaño con pincel

Ese carácter también define su manera de trabajar. En el fondo de su casa está el taller donde pasa la mayor parte de su vida, un espacio donde reina un caos que solo él conoce y donde los pinceles, las espátulas y los tubos de colores se acumulan en el suelo como si fueran las crayolas de un niño pintando un paisaje con solecito y árboles.

Marín suele pintar sentado directamente sobre el piso, sin camisa, descalzo, rodeado de telas húmedas de color que se superponen unas sobre otras. Puede pasar días enteros encerrado allí, escuchando música en la radio, trabajando a cualquier hora del día o de la noche, sin horarios ni pausas definidas.

“Yo no puedo parar de pintar”, dice con naturalidad, como si fuera una condición fisiológica más que una decisión estética. “Si no estoy pintando siento que estoy perdiendo el tiempo”.

En ese proceso hay también una dimensión autodestructiva que él nunca ha ocultado. Hace años reconoció consumir crack para mantenerse despierto durante largas jornadas de trabajo, pero ahora evita hablar del tema por respeto a su familia.

“Esto no me inspira”, aclara, anticipando la reacción de quienes cuestionan la fuente de energía de su obra. “La usaba para no dormir”, justificaba.

Dispersos por el piso y los rincones de su estudio, el poeta Raúl Marín encuentra en ese caos los colores e ideas de su arte
Dispersos por el piso y los rincones de su estudio, el poeta Raúl Marín encuentra en ese caos los colores e ideas de su arte. LA PRENSA/O.NAVARRETE.

El genio sin oro

Mientras él trabaja en ese aislamiento casi monástico, su obra circula por mercados que no controla.

Se habla de cuadros vendidos por cientos de miles de dólares en colecciones privadas europeas e incluso de una pieza que habría alcanzado el millón de dólares en una subasta internacional.

Marín escucha esas historias con una mezcla de incredulidad y resignación.

“La obra más cara que yo he vendido fue en dos mil quinientos dólares”, dijo encogiéndose de hombros. “Después escucho que las venden en miles o en un millón, pero eso yo no lo he visto”.

Víctima de falsificaciones

La situación se vuelve aún más frustrante para él cuando habla de las falsificaciones que circulan con su nombre.

En los últimos años ha denunciado públicamente que varias personas están vendiendo cuadros firmados como si fueran suyos, a pesar de que nunca salieron de su taller ni se parecen a su estilo.

“Bueno, sigo subiendo imágenes de trabajos que no son de mi autoría”, escribió en una publicación reciente dirigida a coleccionistas y compradores. “Ya esto se volvió una asociación para delinquir”, acusó.

Marín menciona directamente a varias personas de una misma familia que, según él, forman parte de esa red de estafas.

Según el pintor, uno de los hermanos se hace pasar por gestor de su arte mientras otro se encarga de vender piezas en una gasolinera cercana a Las Colinas, en Managua. “Esto es una zanganada”, dice sin suavizar el tono. “Si pintan o mandan a pintar, pónganse sus nombres, hombre. ¿Por qué usan el mío?”.

La indignación de Marín no tiene que ver únicamente con el fraude económico. Para él, esas falsificaciones afectan el valor de su trabajo y confunden a los compradores.

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El pintor se queja plagian o imitan sus obras para sacar provecho sin que él vea un centavo.
El pintor se queja plagian o imitan sus obras para sacar provecho sin que él vea un centavo. LA PRENSA/O.NAVARRETE.

Vivir para pintar

“Usan mi nombre porque saben que ya tengo un mercado”, explica. “Estafan a la gente y se ganan su billete, y el artista es el jodido porque botan los precios. Después vienen a mi taller y me preguntan por qué tan caro si mis vendedores lo dan barato”.

Por esa razón insiste en repetir el mismo mensaje a quienes quieren adquirir una obra suya. “Yo vendo directo aquí en mi taller”, dice. “Aquí los atendemos mi señora y yo. Mi WhatsApp sale en cada pieza publicada”.

También lanza una crítica directa a quienes buscan arte barato solo para decorar paredes. “Estoy aburrido de decirles que por andar buscando barato los estafan”, dice.

“Si fueran coleccionistas no les dan vuelta. Cuando alguien compra una obra mía y después la vende por necesidad, al menos pidan certificados de autenticidad”, acusa.

Mientras tanto, en su casa de Bolonia la vida continúa con una rutina que parece ajena a todo ese ruido exterior.

Al final del día, cuando el sol comienza a caer sobre Managua y el taller vuelve a llenarse de sombras, Marín regresa al lienzo con la obstinación de alguien que no concibe otra forma de existencia.

Puede que el mundo del arte lo descubra tarde o en una versión ligera de los Tiktoks y reels, que los mercados especulen con sus cuadros o que los impostores intenten copiar su firma, pero nada de eso parece modificar la lógica esencial de su vida: pintar porque no sabe hacer otra cosa.

Y porque, como él mismo dice con una serenidad casi fatalista, “si me condenaran a pintar para siempre, sería feliz”.

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