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El 4 de julio de 1878 Nicaragua vivió uno de los episodios más humillantes de su historia cuando cañoneras alemanas apuntaron al país desde el puerto de Corinto, interviniendo en un pleito matrimonial que terminó convertido en incidente internacional.
Para historiadores aquí consultados, aquel desplazamiento de varios barcos cañoneros fue la primera demostración más cruda de poder militar contra América Latina, mucho antes que Donald Trump, siglos después, decidiera capturar a Nicolás Maduro y sacarlo en pantuflas de Venezuela.
Por décadas, América Latina creyó haber dejado atrás la diplomacia de las cañoneras, conocida como “la política del Gran Garrote”.
Sin embargo, el despliegue a mediados de 2025 de buques de guerra estadounidenses en el Caribe y su posterior reubicación frente a Cuba este año, ha devuelto al centro del debate una práctica que parecía enterrada en los libros de historia.
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Viejas fórmulas imperiales
Para el historiador costarricense Carlos Murillo, catedrático de la Universidad de Costa Rica y especialista en relaciones internacionales, lo que hoy impulsa Donald Trump no es una anomalía histórica, sino “una reactivación de viejas fórmulas imperiales”.
“No es algo nuevo. Desde el siglo XIX, e incluso antes, las grandes potencias han utilizado fuerzas militares, agentes indirectos y amenazas armadas como instrumentos de política exterior”, explica Murillo.
El académico recuerda que incluso los célebres piratas del Caribe, idealizados durante siglos como figuras míticas de la aventura marítima, fueron en realidad parte de una estrategia geopolítica encubierta del Imperio británico.
“Muchos historiadores sostienen que los piratas funcionaban como agentes informales de la Corona británica, de manera que no fuera la Real Armada la que ejecutara directamente ciertas operaciones, sino actores subcontratados que cumplían esos objetivos”, señala.
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Cañoneras europeas en el Caribe
Murillo recuerda que en el siglo XVIII Gran Bretaña llegó a amenazar a la región para cobrar la deuda de la República Federal de Centroamérica, en un contexto en que las potencias europeas competían por el control comercial y político del istmo.
Ese escenario fue uno de los factores que dio origen a la Doctrina Monroe, proclamada en 1823 por Estados Unidos bajo la consigna de “América para los americanos”.
“La Doctrina Monroe surge, entre otras razones, como respuesta a la política británica hacia Centroamérica. Desde entonces, el uso de la amenaza militar como herramienta diplomática se volvió parte estructural del sistema interamericano”, apunta el historiador.
Según Murillo, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, Estados Unidos asumió ese papel con mayor fuerza, enviando tropas o amenazando con hacerlo para defender los intereses de las compañías estadounidenses y cambiar regímenes adversos para sus negocios.
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De Roosevelt a Trump
Nicaragua —recuerda Murillo— fue uno de los laboratorios más visibles de esa política, desde la ocupación de los marines hasta el respaldo a dictaduras afines a Washington durante décadas.
“Trump no solo retoma la Doctrina Monroe con Venezuela, sino que la expande a Cuba y todo el continente. Ya no se trata de un simple corolario, como ocurrió con Roosevelt, sino de una nueva doctrina, más agresiva y explícita en el uso del poder militar”, afirma Murillo.
Ese hecho ha llevado a algunos analistas a hablar de una “Doctrina Trump”, una reinterpretación del viejo Gran Garrote, aquella política del Big Stick formulada por Theodore Roosevelt a inicios del siglo XX, pero adaptada a un mundo multipolar y marcado por la rivalidad con China y Rusia.
Sin embargo, Murillo advierte que este tipo de comportamiento no es exclusivo de Estados Unidos.
La Unión Soviética recurrió a mecanismos similares durante la Guerra Fría, y China ha desplegado estrategias de presión económica y militar en distintas regiones del planeta, principalmente ante Japón, Taiwán y Vietnam.

Cañones alemanes
El caso Eisenstuck-Leal (1876-1878), narrado por Luis Pasos Argüello en Conflictos Internacionales de Nicaragua (1982), muestra cómo un conflicto privado terminó convertido en incidente internacional por presión diplomática y amenaza militar.
Francisca Hedermann (Panchita), hijastra del cónsul alemán en León, Mauricio Eisenstuck, y esposa de Francisco Leal, volvió a la casa materna tras problemas conyugales e inició un divorcio que luego se revocó por reconciliación.
Aun así, la familia Eisenstuck se opuso a que regresara con Leal y planeó enviarla a Alemania. Leal pidió apoyo al Gobierno para impedir la separación, pero se le indicó que acudiera a los tribunales por tratarse de un asunto íntimo. La noche del 23 de octubre de 1876 intentó rescatarla por la fuerza con un amigo, disparó algunos tiros y fracasó. El Gobierno lo remitió a la justicia ordinaria.
El encargado de negocios alemán, Werner von Bergen, elevó el hecho a “ultraje” contra un funcionario consular y Alemania exigió reparación. Berlín envió un buque de guerra en febrero de 1877, y luego, con respaldo de Inglaterra y Estados Unidos, desplegó una escuadra de cinco corbetas: en Corinto, Elizabeth (2,468 toneladas, 21 cañones), Ariadne (1,692 toneladas, 6 cañones) y Leipzig (3,825 toneladas, 12 cañones), esta última dentro del estero de Pasocaballos apuntando al puerto; en el Caribe, Medusa (1,183 toneladas, 9 cañones) y Freya, completando un cerco por ambos océanos.
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El ultimátum del 10 de abril de 1877 exigió castigo a responsables, procesamiento de Balladares, pago de 30,000 dólares y un saludo solemne a la bandera alemana. Balladares pidió su propio castigo, fue multado y perdió derechos políticos por cinco años.
El 4 de julio de 1878 Nicaragua pagó y realizó el acto humillante en Corinto: marineros alemanes ocuparon la plaza, interrumpieron la vía férrea, arriaron la bandera nicaragüense, izaron la alemana y marcharon sobre la azul y blanco tendida en el suelo, con cañones listos para bombardear.
El pago afectó gravemente al Estado, que cerró temporalmente escuelas y suspendió obras; el cheque, según el libro, terminó endosado por el Imperio alemán a la familia Eisenstuck.

Diplomacia de cañoneras
Para el historiador costarricense Hugo Vargas, especialista en historia diplomática, el concepto de “diplomacia de cañoneras” surgió en el siglo XIX como un eufemismo del imperialismo occidental.
“En realidad se trataba del uso de la fuerza naval para presionar a países más débiles y obligarlos a aceptar tratados desiguales, concesiones comerciales o alineamientos políticos bajo la amenaza de bloqueos o bombardeos”, dice.
Los cañoneros, buques de guerra ligeros, pero intimidantes, se convirtieron en símbolos del poder imperial, utilizados para demostrar fuerza sin necesidad de entrar en combate directo, explica.
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Esta práctica fue empleada por diversas potencias europeas, como el Reino Unido en China durante las Guerras del Opio, en Grecia o en la apertura forzada de Japón; también por Francia, Alemania y los Países Bajos en Asia, África y América Latina.
Sin embargo, el término quedó especialmente asociado a Estados Unidos, que la integró a su política exterior bajo la doctrina del Big Stick de Theodore Roosevelt, con intervenciones en Venezuela, Panamá, República Dominicana, México, Puerto Rico, Grenada, Cuba y Nicaragua.
Según Vargas, en el siglo XX, la lógica se adaptó a la Guerra Fría y se proyectó a escala global con portaviones, fragatas y submarinos nucleares de Estados Unidos frente a las costas de países considerados “enemigos”.
Uno de esos países, en la década de los años 80, fue Nicaragua bajo el primer régimen sandinista (1979-1990).

Fragatas frente a Corinto y Bilwi
Durante la administración de Ronald Reagan (1981-1989), Estados Unidos desplegó una estrategia sistemática de presión militar, económica y encubierta contra el régimen sandinista de Nicaragua, en el contexto de su política de contención del comunismo en Centroamérica.
Uno de los escenarios más sensibles de esa confrontación fue Corinto, el principal puerto del país sobre el Pacífico, en Chinandega, clave para la importación de combustibles y el comercio exterior.
Entre 1982 y 1984, la CIA ejecutó operaciones de minado de los puertos nicaragüenses, con apoyo logístico de la Marina estadounidense, como parte de un esfuerzo por interrumpir el abastecimiento energético del régimen.
Aunque Washington evitó una presencia naval permanente, diversas fragatas estadounidenses fueron detectadas en aguas cercanas.
En 1982, la fragata USS Lewis B. Puller fue identificada frente a la costa pacífica nicaragüense durante ejercicios militares de Estados Unidos con El Salvador y Honduras.
Dos años después, en abril de 1984, el régimen sandinista acusó directamente a Estados Unidos por estacionar un portaaviones en el pacífico, en aguas territoriales, para participar en el minado del puerto de Corinto.
Otras fragatas se estacionaron en el Mar Caribe, a varias millas de Bilwi, en el Caribe Norte de Nicaragua.
Estos hechos llevaron a Nicaragua a demandar a Estados Unidos ante la Corte Internacional de Justicia, que en 1986 falló contra Washington por violar el derecho internacional.
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Tiburones en la orilla
La alusión a los barcos de guerra de Estados Unidos en América Latina fue tan intensa, que una canción del salsero panameño Rubén Blades en 1981 se volvió un símbolo internacional de protesta y fue censurada en varios países por su abierta crítica a Washington.
Una de las partes de la canción rezaba:
“Pobre del que caiga prisionero
Hoy no habrá perdón de para su vida
Es el tiburón que va buscando
Es el tiburón que nunca duerme
Es el tiburón que va acechando
Es el tiburón de mala suerte”…
Para Hugo Vargas, el verdadero punto de quiebre se produjo a finales del siglo XIX, cuando Estados Unidos abandonó definitivamente cualquier pretensión de moderación y adoptó una política exterior abiertamente intervencionista.
“Estados Unidos asume una política más agresiva con la idea del panamericanismo, sobre todo después de la guerra hispano-estadounidense de 1898”, explica. A partir de ese conflicto, Washington se apropia de Puerto Rico, Cuba y Filipinas, consolidando su entrada como potencia imperial.
“Ahí ya se manifiesta una actividad mucho más intensa, incluso mayor que la que habían tenido los europeos”, sostiene el historiador.
Cuba se convirtió en un modelo de “gobierno de cañonera”. Aunque formalmente independiente, fue intervenida militarmente en 1906, 1912 y 1917.
Lo mismo ocurrió en República Dominicana, Haití y México, donde las tropas estadounidenses ingresaron repetidamente bajo distintos pretextos.

Marines y buques
En Nicaragua, la historia fue aún más prolongada. Vargas recuerda que la presión de barcos británicos y estadounidenses sobre el presidente José Santos Zelaya culminó con su renuncia en 1909.
Tres años después, en 1912, se produjo la ocupación directa.
“Hubo una presencia de marines desde 1912 hasta 1925, y luego nuevamente desde 1926 hasta 1933”, detalla. Ese segundo periodo coincidió con la guerra de Sandino y marcó el inicio de la creación de la Guardia Nacional, diseñada y entrenada por Estados Unidos.
“El retiro en 1933 se dio bajo la política del Buen Vecino, que en realidad fue una especie de manos libres para los regímenes de la región, sin importar su origen”, afirma Vargas.
Para el historiador, el caso más evidente del imperialismo estadounidense sigue siendo Panamá, donde Washington se apropió directamente de la zona del canal, convirtiéndola en un enclave bajo control militar durante casi un siglo.
“Lo que vemos hoy con Trump no es una ruptura, sino una continuidad histórica. Las cañoneras nunca se fueron. No hay novedad en el frente”, concluye el historiador Vargas.
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