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Tras casi dos años de haber recibido un balazo en el cuello, Nadia Robleto no ha podido recuperar la rutina que tenía antes de ser atacada junto a su compañero de vida, Joao Maldonado, por sicarios presumiblemente contratados por la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo, en enero de 2024.
Inicialmente, pensó que a ella no le había impactado ninguna bala. Pero, después notó que estaba manando sangre del cuello. Seguidamente, empezó a sentir un “hormigueo” en las piernas y no podía mover el cuerpo. Intentó accionar el brazo izquierdo y tampoco pudo.
El diagnóstico inicial fue tetraplejia incompleta. Estaba condenada a permanecer en una cama y solo podría mover el brazo derecho.
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Los estudios indicaron que tenía fracturas en toda la cervical, desde la primera vértebra hasta la séptima. Además, los huesos hacían presión en las arterias. Sufrió infarto, paro cardíaco, paro respiratorio. La probabilidad de vida que tenían tanto ella como Joao Maldonado eran muy bajas. Incluso, pudo haber muerto en los primeros instantes tras el disparo, porque perdió mucha sangre.
“Somos un milagro de Dios”, dice ahora Nadia Robleto, quien vive agradecida con muchas personas e instituciones que le han ayudado, especialmente con su compañero Joao Maldonado, quien, aunque estaba herido, desde el primer momento intentó ayudarle para que se sentara dentro del vehículo en el que fueron atacados.

Con mucho esfuerzo y oraciones a Dios, dice Robleto, no está postrada en una cama, pero no puede hacer muchas cosas como antes. “Perdí mi independencia”, dice Robleto, hoy de 39 años y de profesión abogada.
Hace dos meses, obtuvo una silla de ruedas “gracias al apoyo de la comunidad donde estoy y de personas que Dios tocó su corazón”, la cual le ayuda a movilizarse dentro y fuera de casa. Robleto dice que consiguió la silla de ruedas para que Maldonado, quien aún enfrenta serias secuelas por las lesiones que le produjeron los balazos, no tenga que “andarme empujando”.
“Aún no he podido recuperar mi rutina. Dependo aún del apoyo que Joao no ha dejado de darme, en subirme a la silla, e inclusive ayudar a vestirme, acompañarme a las citas médicas. Le doy gracias a Dios que ha puesto mucho amor en su corazón para atenderme y cuidarme. Yo, lamentablemente, uso pañal y hasta en eso recibo el apoyo de este hombre tan especial que Dios puso en mi vida”, comenta la mujer.
A pesar de contar con la silla de ruedas, Robleto aún no puede trabajar. Se encuentra asistiendo a terapias en medio de la lucha que tiene para que su cuerpo sea parecido al de antes.

Una niñez sufrida
Nadia Robleto, caraceña, nació en Diriamba, pero se crio en Jinotepe.
Llegó al mundo en 1986, en medio de la revolución sandinista. Sus padres eran sandinistas. La madre, Iris Dalila Núñez Hernández fue gran simpatizante del sandinismo, pero murió cuando Robleto apenas tenía dos años. La Casa de la Mujer de Diriamba llevó el nombre de la madre de Robleto durante los últimos años de la revolución sandinista. El padre, Reinerio Robleto, también era sandinista.
A pesar de que el padre quedó vivo, Nadia Robleto fue dada en adopción a una familia que también es muy sandinista, muy afines a la dictadura Ortega Murillo, tanto que, en el 2018, cuando se produjeron las protestas y Robleto las apoyó, desde el primer día “no quisieron saber de mí”, dice Robleto.
En esa familia de crianza, Robleto sufrió muchas injusticias, recuerda, y fue por ello que se dedicó a estudiar derecho, porque los suyos habían sido “violentados” desde que era una niña.
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Robleto es madre de tres hijos. Del primero, hoy de 19 años, fue madre soltera. Los dos menores los engendró dentro de un matrimonio que llegó a su fin en 2021.
En el 2018, Nadia Robleto ya se había graduado como abogada y trabajaba en el Café París para pagar una especialidad en derecho penal que estaba cursando. Sin embargo, como ocurrió con casi todos los nicaragüenses, las protestas de abril le cambiaron la vida.
En el tranque San José
Robleto se decía sandinista porque había nacido y se había criado dentro de familias sandinistas. Participaba en las actividades del partido, como las del 19 de julio, incluso, votaba por el Frente Sandinista (FSLN), pero no fue integrante de la Juventud Sandinista (JS), explica.
Cuando se produjeron las protestas de abril de 2018, a ella le indignó la represión que desataron los Ortega Murillo.
Robleto asegura que ella fue “autoconvocada”. Nadie la invitó a ir a las marchas, sino que más bien ella preguntaba en Facebook cuándo se iban a realizar y asistía por su propia cuenta.
Lo que más le dolió fue ver cómo quemaron a la familia del barrio Carlos Marx, en junio, cuando murieron dos niños y a ella le impactó porque sus dos hijos menores estaban pequeños también.
Cuando se formó el tranque a la par del colegio San José, en Jinotepe, ella hacía frescos y café con pan, o alguna otra cosa para comer, y lo llegaba a repartir entre los jóvenes del tranque.
Luego, se ubicó en el puesto médico del tranque, donde le decían “La China”, cumpliendo con “conceptos básicos” de la medicina, ayudando en “cosas que aprenden las madres con sus hijos”, como tomar la presión y la temperatura, explica Robleto.

Fue una buena experiencia para ella, porque en el puesto médico del tranque no solo se atendió a los heridos de las protestas, sino también a la ciudadanía que no podía llegar hasta un puesto de salud en ese momento. Robleto dice que asistió en varios partos, por ejemplo.
En el tranque vivió muchos momentos inolvidables. Recuerda como toda la población de Jinotepe apoyó el tranque y eso es, asegura, lo que le duele a los Ortega Murillo, que todo el pueblo jinotepino se les volteó en ese momento, aunque después, con los disparos de los militares, los policías y los paramilitares, la gente se haya tenido que replegar a sus casas. Ella todavía recuerda cuando el líder campesino Medardo Mairena llegó al tranque y la gente estaba entusiasmada.
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Robleto asegura que la dictadura ha creado una imagen temeraria del tranque para justificar la represión en ese momento, y ahora “transnacional”, contra quienes participaron en el mismo, pero ella no vio la violencia ni las armas que el régimen decía había en ese tranque.
El 8 de julio de 2018, cerca de las 4:30 de la madrugada, a quienes estaban en el tranque les advirtieron que los militares, policías y paramilitares del régimen estaban entrando fuertemente armados desde todas partes a Jinotepe, y que tenían que huir porque no iban a poder soportar los ataques.
Se trataba de que los jóvenes, con morteros y piedras, se iban a enfrentar a los soldados de la dictadura armados con fusiles de guerra, granadas, ametralladoras y otros armamentos pesados.
Los evacuaron y Robleto se ocultó durante tres días en una casa de seguridad cercana al tranque, desde donde ella escuchaba disparos y veía pasar a los paramilitares con el terror de que entraran y la encontraran. Le dio miedo ir a su casa y que la detuvieran delante de sus hijos o que les pasara lo mismo que a la familia del Carlos Marx.
El 11 de julio, salió hacia Costa Rica con la esperanza de volver a Nicaragua a los tres meses, porque pensaba que todo aquello no iba a ser “tan trascendental”.
Del lado costarricense, la detuvieron los policías, pero la trataron amablemente y le ayudaron a pedir refugio en ese país vecino.
Obrera de la construcción
Con el grupo de jóvenes con los que salió a Costa Rica buscó dónde vivir, acudiendo a familiares y amistades. Encontraron una casa donde se alojaron hasta 15 jóvenes exiliados.
Robleto buscó trabajo para ayudar en la casa e ingresó a una constructora. No levantaba piedra, pero sí ayudaba en el acabado del trabajo, puliendo las paredes, limpiando después de que los constructores terminaran el trabajo, dando fino, pero aun así se trataba de una labor pesada.

Luego, encontró empleo como mesera en un bar, pero en una ocasión cerraron el local y no le pagaron.
Halló trabajo en otro bar en San José, la capital, y ahí el ambiente no le gustaba. Trabajó luego como encuestadora, hasta que encontró un lugar donde trabajó los últimos cuatro años que estuvo en Costa Rica.
Robleto se define como una mujer a la que siempre le ha gustado trabajar y nunca depender de un hombre, incluso, ha sacado adelante sola, hasta que le quitaron a los dos menores, a sus tres hijos.
Con Joao Maldonado
Como ambos son caraceños, y estuvieron en los tranques aunque en diferentes grupos, Nadia Robleto ya conocía “de cara” a Joao Maldonado, pero no tenían acercamiento.
Fue hasta que estuvieron en Costa Rica cuando comenzaron a relacionarse.
Cuando Maldonado fundó la Unidad de Exiliados Nicaragüenses (UEN), algunas personas invitaron a Robleto a que asistiera a las reuniones, pero ella se negó a ir porque no quería que dijeran que “andaba donde no me habían llamado”.
Después, fue el propio Maldonado quien la invitó a las reuniones de UEN para que conociera de qué se trataba.
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Luego, Maldonado le empezó a enviar mensajes para que se tomaran un café y explicarle sobre la UEN.
Empezaron a conocerse y ella lo vio “noble, de buen corazón”, aunque también miraba que lo atacaban mucho. Por sobre todo, le gustó que Maldonado creía en Dios, incluso, su padre era pastor evangélico.
Robleto dice que Maldonado tiene carácter fuerte y no podía ser de otra manera, porque en los tranques al final solo quedaron ese tipo de personas, fuertes.
Según ella, dentro de la oposición Maldonado tiene muchos críticos, pero es porque es un joven que no se deja “manejar fácilmente”, a como los opositores de más edad quieren hacer con todos los jóvenes.
En el caso de ambos, Robleto dice que compatibilizaron porque los dos estaban luchando por Nicaragua.
Así, ella entró a la Comisión de Mujeres de la UEN y pronto se relacionó sentimentalmente con Maldonado.

“Nos gustó mucho trabajar juntos. Los dos somos estudiados. Yo soy trabajadora. Él es un muchacho entregado a la lucha. Tiene su carácter, pero es muy maduro”, dice Robleto.
Cuando Maldonado sufrió un primer atentado, en septiembre de 2021, ellos ya estaban juntos. La tragedia los unió más, dice ella, al punto que, tras el ataque, no se despegó de la camilla de él para que cuando despertara la viera y se sintiera acompañado.
Desde antes de ese primer atentado, la dictadura Ortega Murillo intentó hacer creer que Maldonado andaba en narcotráfico, pero ella nunca creyó eso, porque estaba con él y veía cómo luchaban para pagar la renta, las facturas porque la vida es cara en Costa Rica. Maldonado hasta trabajó en Uber.
Danilo Aguirre Sequeira
Unos 15 días antes que Maldonado sufriera el primer atentado, en 2021, el periodista Danilo Aguirre Sequeira estuvo en la casa que Maldonado compartía con Nadia Robleto, quien les hizo una comida.
Aguirre Sequeira hasta estuvo con los hijos de ella y compartió ese día con todos porque le tenían confianza. “Creíamos que era un verdadero opositor”, dice Robleto.
A finales de 2023, y como Maldonado hacía producciones de video, Aguirre le encargó unos trabajos.
El 10 de enero de 2024, Maldonado acordó verse con Aguirre Sequeira. Por cosas del destino, Maldonado le pidió a Nadia Robleto que lo acompañara para que lo ayudara con la cámara.
Como ambos estaban bajo el programa de protección a víctimas, el único que sabía que Maldonado había salido de su casa era Aguirre Sequeira, pero no contaba que también asistiría Robleto al encuentro.
Cuando la vio, la saludó, le preguntó por sus hijos y hasta le insinuó que podía ayudarle a Maldonado en el trabajo que le estaba pidiendo.
Lo notaron nervioso. No quiso revisar unos videos que ya estaban producidos.
Tras el encuentro, Maldonado y Robleto fueron a la Universidad Fidélitas de San José, porque Maldonado se había ganado una beca para estudiar en línea, pues en esos días se preparaban para reasentarse en Estados Unidos y ya no iban a estar en Costa Rica.
Cuando salieron, no se percataron que los iban siguiendo. Los balazos fueron sorpresivos. “¿Qué es eso?”, le preguntó Robleto a Maldonado cuando escuchó los disparos.

Maldonado sí supo de inmediato lo que estaba pasando y trató de proteger a Robleto. Él recibió ocho balazos. Luego, Robleto sí vio los chispazos de uno de los disparos y al hombre que conducía la moto.
Pensaron en arrollar a los atacantes con el vehículo en el que viajaban, pero finalmente solo subieron a una acera, porque Robleto sabía que cerca del lugar del ataque hay una delegación policial.
Entre el lugar del atentado y la acera en la que terminaron, en la calla de la Amargura, Joao Maldonado había conducido cerca de dos kilómetros.
A los minutos llegó un policía, aunque ya había varios curiosos alrededor, y al poco llegaron las patrullas.
“Ayúdeme, quiero sentarme”, le decía Robleto al policía, pero este le contestó que no podía tocarla.
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Robleto llegó aun consciente al hospital, pero luego la durmieron. Despertó a los tres días, pensando que era el mismo día del ataque.
Los oficiales del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) de Costa Rica llegaron al hospital y, al ser entrevistada, Robleto entró en pánico al sobre Danilo Aguirre Sequeira, el periodista que utilizó la dictadura Ortega Murillo para intentar matarlos a ella y a Maldonado. Robleto recuerda sobre ese temor cuando declaró también ante la Fiscalía:
“Cuando me toco la primera declaración, ante la Fiscalía no pude ni mencionar su nombre porque me dio un ataque de pánico. Hoy en día, sé que al igual que todos los colaboradores del régimen, él recibirá lo que se merece, pero creo más en la justicia Divina. Si Dios lo perdona, ¿quién soy yo para condenarlo? Eso no implica que no deje de pedir justicia, tanto terrenal como celestial”.
Sobre los Ortega Murillo, Robleto comenta:
“Pienso que todo tiene su fin y ellos van a obtener lo que se merecen. No solo nos han dañado a los opositores, si no a su misma gente. Espero que el pueblo de Nicaragua despierte y que sea Dios quien utilice lo necesario para darnos un país lleno de justicia”.
El mayor dolor de Robleto
A pesar de las consecuencias físicas del ataque, lo que más le ha dolido a Nadia Robleto es que las autoridades costarricenses no la protegieron en el caso de sus dos hijos, y se los entregaron al padre, un caraceño que no se había responsabilizado de ellos y que ahora no deja que los vea por videollamadas y más bien se ha aliado en contra de ella con la familia de crianza que la rechazó porque ella se unió a las protestas en 2018.
Los dos hijos menores de Robleto son aun pequeños y sordos, pues así han nacido todos los hijos del papá de ellos, cuatro en total, con problemas de audición, explica Robleto.
Desde antes de participar en las protestas, en mayo de 2018, Robleto se separó del papá de sus hijos. Cuando se fue al exilio a Costa Rica, en julio de ese 2018, estuvo muchos meses sin ver a sus hijos. El padre la dejaba en visto, asegura ella, cuando le pedía que quería verlos por video llamadas. Sin embargo, en diciembre de 2019 pudo tenerlos porque los dos llegaron a Costa Rica.
En 2020, el papá llegó a verlos a Costa Rica y se quedó más de cuatro meses en casa de Robleto, debido a que no pudo regresar a Nicaragua debido a la pandemia del Covid-19.
En ese tiempo, mientras iba al trabajo, ella recuerda que vivía atormentada, pues el hombre le decía que era posible que cuando regresara, ya no los iba a encontrar. Todo a pesar de que ella le estaba dando donde vivir.

Robleto le rogaba a la persona que le veía los niños que no se fuera de la casa mientras ella no regresara.
En una ocasión, cuando el hombre se emborrachó dentro de la casa, y amenazó con quitarse la vida delante de los niños, ella logró que se fuera de la casa.
En ese mismo 2020, Robleto pagó a un abogado para que presentara la demanda de divorcio en contra del padre de sus dos hijos menores. Sin embargo, el juez pedía la presencia del hombre para realizar una conciliación, algo que no convenía a Robleto porque él diría que ella era exiliada.
De hecho, según Robleto, el hombre se aprovechó siempre de la condición de ella como refugiada en Costa Rica. Por ejemplo, le decía que se llevaría a los niños fuera de Nicaragua y ella no podría hacer algo para evitarlo.
Robleto asevera que, para firmar el divorcio, él puso como condición que ella no le cobrara el retroactivo de todos los meses que no pagó la pensión alimenticia, que le pagara el abogado privado de él y que dijera que él estaba al día con la pensión alimenticia.
Ella tuvo que pagar el abogado privado de él para que el juez no le asignara un defensor público ya que de esa manera el poder judicial también se enteraría que ella era exiliada. Finalmente, aceptó todas las condiciones de él y la resolución del divorcio salió en 2021.
Tras el atentado que Robleto sufrió en enero de 2024, el hombre aprovechó para que las autoridades costarricenses le entregaran a los niños, alegando que era buen padre y siempre les había pasado la pensión alimenticia, lo cual, dice Robleto, es falso.
Mientras se debatía entre la vida y la muerte, y sin saber lo que ocurría, Robleto no pudo evitar que el hombre se llevara a sus hijos a Nicaragua.
Las autoridades judiciales no se pusieron de acuerdo con el Patronato Nacional de la Infancia (PANI) de Costa Rica para ayudarla, explica Robleto. Mientras ella le pedía a las autoridades judiciales que quería ver a sus hijos, ahora el PANI dice que ella nunca pidió ver a sus hijos.
“Yo lloraba todos los días por ellos y pedía verlos”, dice Robleto.
Las autoridades judiciales tampoco le entregaron a Robleto su teléfono celular, en el que ella tenía las pruebas que el padre de sus hijos no velaba por ellos, ni pagaba la pensión alimenticia, y era ella quien los había atendido en los últimos años.
Tampoco llamó a la persona que cuidaba a los niños mientras ella trabajaba, para que testificara a su favor.
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Al final, se fueron con la versión del padre, de que él era responsable.
En un momento de debilidad, en el que ella deseaba que los niños vieran a alguien de confianza y no se sintieran solos, Robleto dijo que el padre podía verlos, pero no autorizó que se los llevara, pero fue lo que finalmente sucedió.
Hoy, ella no puede ver a sus hijos porque el hombre no le responde mensajes, la deja en visto. Más bien, está aliado con la familia de crianza de Robleto, que no la quiere ver porque ella se sumó a las protestas de 2018, y alegan que los niños no la quieren ver.
“Eso es falso. Los niños me aman. Vivo un día a la vez. Lo que más me ha dolido es perder a mis hijos, a los que me niegan verlos”, finaliza diciendo Robleto.
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