Reed Brody, a la derecha, llamado ahora El cazador de dictadores, conoció a Daniel Ortega, a la izquierda, en la década de 1980. Hoy, Brook es miembro del GHREN, grupo de la ONU que investiga los crímenes de lesa humanidad de Ortega y su esposa Rosario Murillo. LA PRENSA/ CORTESÍA

Reed Brody, a la derecha, llamado ahora El cazador de dictadores, conoció a Daniel Ortega, a la izquierda, en la década de 1980. Hoy, Brook es miembro del GHREN, grupo de la ONU que investiga los crímenes de lesa humanidad de Ortega y su esposa Rosario Murillo. LA PRENSA/ CORTESÍA

El cazador de dictadores que ahora investiga a Daniel Ortega

Reed Brody tiene un pasado ligado a Nicaragua, donde inició su travesía para empezar a acosar a muchos tiranos. Hoy investiga los crímenes de lesa humanidad de los Ortega Murillo.

Contenido Exclusivo CONTENIDO EXCLUSIVO.
Escuchá esta nota
0:00 / 0:00
1.0x

Lista de reproducción

  • No hay más artículos para escuchar

A Reed Brody le llaman “el cazador de dictadores” porque, como abogado especializado en derechos humanos, se ha dedicado a acosar a los tiranos.

A uno de los que más persiguió hasta llevarlo a juicio fue al dictador de Chad, Hissène Habré, quien se había refugiado en Senegal, pero Brody y otros hicieron que fuera condenado a cadena perpetua en ese país, acusado del asesinato de 40,000 personas y muchos otros tipos de crímenes.

Un documental sobre el caso de Habré se llama The Dictator Hunter (El cazador de dictadores) y por eso le llaman así a Brody, ahora, un calificativo que no le gusta mucho porque dice que le resta seriedad al trabajo que realiza junto a las víctimas de esos dictadores y porque le quita protagonismo a otras personas que él considera son los verdaderos cazadores de dictadores: las víctimas, los activistas y los familiares de las víctimas que luchan por alcanzar justicia.

Brody, de 72 años, también ayudó a que enjuiciaran al chileno Augusto Pinochet y al haitiano Jean-Claude Duvalier (Baby Doc), pero ambos murieron antes de ser condenados, eso sí, presos en sus casas.

Otros dictadores a los que Brody persiguió son el tirano de Gambia, Yahya Jammeh y el de Arabia Saudita, Mouhamed bin Salmán. Aunque no se le considera dictador, Brody quiso enjuiciar hasta a George W. Bush por maltrato a prisioneros musulmanes tras el ataque de las Torres Gemelas en 2001.

Lea también: Padre Edwing Román: “El enemigo de Rosario Murillo es ella misma”

La carrera internacional como abogado de Brody, sin embargo, empezó en Nicaragua, cuando presentó un informe sobre los abusos de la Contra hacia el campesinado del norte del país, lo que ayudó a que el Congreso estadounidense le prohibiera a Ronald Reagan que siguiera financiando a los rebeldes que luchaban contra los sandinistas en la década de 1980.

Hoy, como uno de los tres miembros del Grupo de Expertos en Derechos Humanos sobre Nicaragua (GHREN, por sus siglas en inglés), de las Naciones Unidas (ONU), Brody investiga al dictador nicaragüense Daniel Ortega, a pesar de que en los años ochenta el informe que realizó sobre los abusos de los contras habría beneficiado en parte a Ortega, entonces presidente de Nicaragua por primera vez.

Ortega actualmente está señalado como perpetrador de crímenes de lesa humanidad, desde que en 2018 reprimió mortalmente unas protestas cívicas y ha seguido reprimiendo desde entonces.

En esta entrevista con la Revista DOMINGO, Brody habla de cómo sus padres lo influyeron para convertirse en defensor de derechos humanos, cómo Nicaragua lo ayudó a ser reconocido internacionalmente y también aborda las violaciones de derechos humanos de Ortega y su esposa Rosario Murillo.

Brody, cuando trabajaba en el caso del dictador chileno Augusto Pinochet. LA PRENSA/ CORTESÍA
Brody, cuando trabajaba en el caso del dictador chileno Augusto Pinochet. LA PRENSA/ CORTESÍA

Usted es hijo de un judío que pasó tres años en campos de concentración nazis y de una mujer que defendió derechos civiles de los negros en Estados Unidos. ¿Cómo fue crecer en una familia con esos padres?

Mi padre era judío húngaro y sobrevivió tres años en campos de trabajo forzado durante la Segunda Guerra Mundial. Fue uno de los pocos sobrevivientes de su unidad. Perdió un dedo en uno de sus pies en el invierno ruso, durante una marcha forzada. Él estuvo en dos campos, uno en Ucrania y otro en Yugoslavia y se escapó del segundo antes de la retirada de los alemanes, justo antes de que 2,000 judíos fueran asesinados. Él escapó y se juntó con el ejército soviético y participó como auxiliar del ejército soviético durante la liberación de Budapest (capital de Hungría). Después, trabajó en Viena (Austria) y luego llegó a Estados Unidos a los 40 años sin un duro (centavo) y rehízo su vida. Mis dos padres fueron inspiraciones en mi vida. Mi madre era profesora de arte, pero activista y me llevaba a manifestaciones. Yo tenía desde muy joven un sentido y un actuar de justicia social.

¿En qué momento empezó el activismo suyo?

Crecí en un barrio muy pobre, en Brooklyn (ciudad de Nueva York), y a los 15 años andaba llamando a cada puerta de nuestro barrio para hacer campaña a favor de los políticos progresistas que eran candidatos. En la universidad fui uno de los líderes del movimiento contra la guerra de Vietnam. Eso (activismo) viene desde muy joven.

¿Y cómo se decide por perseguir a los dictadores?

Mi idea era ser abogado, luchar por la justicia social, pero pensaba defender a las minorías en Estados Unidos. No tenía idea de hacerlo a nivel internacional. Durante la Facultad de Derecho, pasé un año en París y ahí me empapé un poco con ideas internacionales.

Tenía un compañero de piso (apartamento) que era exilado chileno, de la dictadura de (Augusto) Pinochet, y él me dio ideas de visitar América Latina y pasé cinco meses viajando como mochilero en América Latina, en un momento en que había varias dictaduras.

La policía secreta de Argentina me desnudó, me registró todo, me confiscó libros. Estuve en Chile. Bajé en las minas de estaño en Potosí, Bolivia, con el sindicato de los mineros, donde vi la vida de miseria que tenían los obreros y entendí por primera vez cómo nuestra riqueza (en Estados Unidos) estaba un poco relacionada con la pobreza de Bolivia.

En los viajes, encontré una chica argentina que vino a vivir conmigo en Nueva York y juntos participamos en actos de solidaridad con la democracia en Argentina. Cuando se produjo la Revolución Sandinista (en Nicaragua), tenía mucha ilusión de verla. Mi primer trabajo, después de graduarme en la Facultad de Derecho de Columbia, en Nueva York, fue en la Fiscalía del Estado de Nueva York. Una compañera en la Fiscalía tenía un hermano que era cura en El Jícaro, en Las Segovias (Nueva Segovia, Nicaragua), y lo fuimos a visitar a El Jícaro (en junio de 1984). Los lugareños nos hablaron de las escuelas y granjas incendiadas por la Contra. Me acuerdo de María Bustillo, una mujer cuyo marido y cuatro hijos habían sido sacados de su casa y degollados. Fue la primera vez en mi vida que estuve frente a víctimas de atrocidades y, además, cometidas con el apoyo de los Estados Unidos.

Nunca me había sentido tan responsable y con la obligación de hacer algo. Dejé mi empleo en la Fiscalía y regresé a Nicaragua, donde pasé cinco meses recorriendo las zonas de guerra y recabando testimonios de sobrevivientes de ataques de la Contra. Conocí a viudas cuyos maridos habían muerto delante de ellas, a mujeres que habían sido violadas, a personas que lo habían perdido todo. Nada más regresar a Estados Unidos, el presidente (Ronald) Reagan estaba buscando más ayuda para la Contra y mi informe, en el que detallé las atrocidades, llegó a la primera página del The New York Times y obtuvo algún resultado, en el sentido de que, en el Congreso, dividido (entre demócratas y republicanos), se produjo un número suficiente de votos contrarios a que Reagan consiguiera la financiación que quería.

Lea también: Jan-Michael Simon: “En la medida que exporten su violencia, será más fácil investigarlos”

¿Y en Nicaragua cómo reaccionaron?

El gobierno de entonces (sandinista, con Daniel Ortega a la cabeza) utilizó mi informe en el caso contra Estados Unidos en La Haya, en la Corte Internacional de Justicia (CIJ). Ese fue mi abordaje sobre Nicaragua hace más de 40 años.

Tengo entendido que Reagan se molestó con usted.

(El informe) dio lugar a audiencias en el Congreso de Estados Unidos y fui atacado por el presidente Reagan (ríe al recordarlo) que me llamó un simpatizante (del sandinismo) y me acusó de recibir dinero de los sandinistas. (El informe) ayudó un poco a definir el debate en Estados Unidos sobre la ayuda a la Contra.

¿Tuvo algo que ver el gobierno sandinista en su investigación de aquel momento?

No. Me dieron una oficina en la Comisión Nacional de Derechos Humanos, pero la mayoría del trabajo que yo hacía, la mayoría de mis entrevistas y mi itinerario, fue con los curas que iban a dar misa en tal pueblo y yo iba ahí. También con la gente de Acción Permanente Cristiana por la Paz. Yo hacía las entrevistas por mi cuenta. Fueron varios centenas de entrevistas que desembocaron en declaraciones que escribía con máquina de escribir y después lo leía con la persona. Era un trabajo totalmente independiente.

Tal vez no fue su intención, pero de alguna manera en aquel momento su trabajo benefició a los sandinistas, a Daniel Ortega. ¿Qué relación hace entre ese momento y el de ahora, en el que usted está investigando a Daniel Ortega?

Mi informe benefició al gobierno sandinista en el sentido que movilizó mucha gente en contra de la ayuda a la Contra, que el gobierno utilizó el informe en el caso en La Haya, pero mi informe no era para defender a los sandinistas, sino para documentar los crímenes cometidos en aquel momento contra civiles.

Yo seguía, durante algunos años, un trabajo de ida y vuelta en Nicaragua, yo iba a recoger más información, yo hacía en Estados Unidos giras de conferencias sobre la cuestión. Ese fue mi primer trabajo internacional. A partir de ahí me llamaron para hacer otros para oenegés, para Naciones Unidas, pero siempre tenía una parte de mi corazón en Nicaragua. Y tenía amistades, como el cura de El Jícaro, Alfredo Gundrum, que murió durante el covid hace unos años. También con Vilma Núñez, del Cenidh, y con otra gente fui de vacaciones dos veces a Nicaragua, una vez con mi hijo. Pero, no trabajé sobre Nicaragua durante décadas hasta que me llamaron para participar en el GHREN el año pasado.

En los años ochenta, ¿se fijó en Daniel Ortega o pasó desapercibido para usted?

Lo entrevisté una vez para una revista americana, así que pasé unas horas con él. Yo tengo la entrevista, la leí cuando volvieron a nombrarme (como experto del GHREN) y lo recuerdo como una persona serena y reflexiva, con una buena comprensión de la historia y de las relaciones entre Estados Unidos y Nicaragua, una persona inteligente. Yo pasé mucho tiempo en Nicaragua durante preparaba el informe. También participé en un intento en Estados Unidos, en la Corte Federal, para obligar a Estados Unidos a acatar la decisión de La Haya y por ello, entrevistaba a americanos en Nicaragua expuestos al peligro como Benjamin Linder, que poco después fue asesinado por la Contra. No me pronunciaba sobre el gobierno, pero había cosas que me inspiraban mucho y otras menos.

¿Qué no le gustaba del gobierno de los sandinistas de esa época?

Yo estuve en Nicaragua sobre todo entre 1984 y 1986, que aún eran días de mucha esperanza. Pero ya se dejaban ver tendencias autoritarias, como en aquel lema: “Dirección Nacional, ordene”. Entiendo que, en ese momento, se trataba de movilizar a la población frente a una agresión exterior, pero esa cultura de obediencia ciega a los nueve comandantes, como había en ese momento, nunca me gustó. Con el paso del tiempo, y a medida que la guerra se intensificó y más campesinos se sumaron a la Contra, esas tendencias se acentuaron y terminaron alimentando una espiral de polarización y de guerra.

¿En qué momento Daniel Ortega vuelve a su radar?

Los derechos humanos en el mundo han sido siempre mi campo profesional y por eso seguía lo que pasaba en Nicaragua. Pero, nunca me tocó trabajar de cerca y, además, para que me ofrecieran el trabajo en el GHREN yo tenía que, justamente, no haberme pronunciado anteriormente sobre la situación contemporánea en Nicaragua. Venía conociendo lo que pasaba por la prensa y por amigos nicaragüenses.

¿Qué balance hace sobre el Daniel Ortega que conoció en aquel momento y el que ahora está redescubriendo?

(Ríe) No me toca (como miembro del GHREN) hacer juicios de personalidad. El trabajo, y eso creo que es muy importante, es, como hice hace 40 años, apegarme a los hechos y al derecho y no es dar impresiones generales.


“Hemos presentado los hechos y, conforme al umbral probatorio de la existencia de motivos razonables para creer, el Grupo (GHREN) ha determinado que Daniel Ortega ha participado y es presuntamente responsable de crímenes de lesa humanidad. Por supuesto, él goza de la presunción de inocencia. Yo no soy el abogado de las víctimas ni el fiscal; mi función como experto del GHREN es presentar las evidencias y contribuir a que las personas responsables rindan cuentas ante la justicia. Me gustaría que hubiera un juicio justo y transparente, pero no puedo decir, como miembro del Grupo, que deseo una condena; eso iría más allá de mi mandato”.

Reed Brody, conocido como el cazador de dictadores y miembro del GHREN, grupo de la ONU que investiga los crímenes de lesa humanidad cometidos por Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo.

Usted ha investigado crímenes de muchos dictadores, aunque no a todos logró sentarlos en el banquillo. Antes de enfrentar juicios se murieron el chileno Augusto Pinochet y el haitiano Jean-Claude Duvalier.

Baby Doc (Duvalier) y Pinochet nunca fueron al juicio oral, pero en los dos casos murieron bajo arresto domiciliario. Pinochet estaba inculpado cuando murió y en la espera de un juicio. Y también Baby Doc.

Me llamó la atención que el caso de Hissène Habré, dictador de Chad, le tomó varios años investigarlo. Por ese caso, hicieron un documental que se llamó El cazador de dictadores y ahora a usted lo llaman así. ¿Cómo se siente con ese calificativo?

(Ríe). Es una buena carta de presentación, pero no refleja lo serio, lo constructivo, del trabajo que yo hacía o que hago al lado de las víctimas. En todos esos casos, en el de Habré y otros, yo ponía mi trabajo, mi experiencia, al servicio de personas que sí luchaban por la justicia y que son los verdaderos cazadores de dictadores. Dicho eso, reconozco que el apodo me ha ayudado a crear condiciones para que las víctimas y las autoridades crean que hay una posibilidad de justicia, que “ahí viene el cazador de dictadores”. Me ha ayudado, pero, a la vez, también me resulta incómodo, porque tiende a eclipsar a los verdaderos héroes de esos casos, que son los sobrevivientes, las familias víctimas, los activistas.

Entiendo la seriedad que explica sobre su trabajo al lado de las víctimas, por respeto a ellas. Por eso, le pregunto qué objetivo se ha propuesto ahora que investiga a Daniel Ortega, aunque me dan ganas de preguntarle si quiere cazar a Ortega.

(Risas) No estoy haciendo este trabajo en contra de Daniel Ortega. Estoy haciendo un trabajo según un mandato de la ONU, que es documentar los hechos. Creo que es muy importante, y eso también me incomoda, es bueno (el apodo de cazador de dictadores) porque da cierta importancia al trabajo, no sé cómo decirlo, pero mi trabajo no es contra Daniel Ortega. El GHREN no tiene la tarea de cambiar el Gobierno de Nicaragua, no tiene la tarea de ir en contra de una persona determinada. El trabajo es documentar, investigar todas las presuntas violaciones a los derechos humanos, preparar informes para presentar los hallazgos y recomendaciones. Ayudar, esto sí, cuando es posible, a identificar a las personas presuntamente responsables de esas violaciones. Eso lo hemos hecho con Daniel Ortega. Hemos dicho que Daniel Ortega, Rosario Murillo y 52 más son presuntamente responsables de violaciones y hasta de crímenes de lesa humanidad. Y también (tenemos el trabajo) de coadyuvar a mecanismos de rendición de cuentas.

Para nicaragüenses que han sufrido mucho la dictadura de Daniel Ortega, es posible que sea lamentable que Daniel Ortega muera sin ser castigado. ¿Qué piensa de esa posibilidad?

Eso justamente es el tipo de cuestiones sobre las que no puedo expresar una opinión personal. Lo que sí puedo decir es que hemos presentado los hechos y que, conforme al umbral probatorio de la existencia de motivos razonables para creer, el Grupo ha determinado que Daniel Ortega ha participado y es presuntamente responsable de crímenes de lesa humanidad. Por supuesto, él goza de la presunción de inocencia. Yo no soy el abogado de las víctimas ni el fiscal; mi función como experto del GHREN es presentar las evidencias y contribuir a que las personas responsables rindan cuentas ante la justicia. Me gustaría que hubiera un juicio justo y transparente, pero no puedo decir, como miembro del Grupo, que deseo una condena; eso iría más allá de mi mandato.

Estaba leyendo una entrevista que le hicieron a usted, en la que explicaba que muchas veces los dictadores están protegidos por poderosos, por ejemplo, Rusia protegiendo a sus naciones amigas, Estados Unidos protegiendo a las suyas. En el caso de Daniel Ortega, ¿qué tan difícil es la situación? ¿Quién lo protege? ¿O cómo se protege?

Primero, está protegido por una inmunidad. Al día de hoy, como jefe de Estado en el ejercicio, sería difícil legalmente que otro país lo juzgue. Solamente podría ser juzgado por un tribunal internacional. Si hubiese el intento por el Consejo de Seguridad (de la ONU) de llevar a Daniel Ortega a la Corte Penal Internacional, que no lo hay, lo protegerían China y Rusia, que son las dos potencias que protegen al Gobierno de Nicaragua. Eso sí lo podemos decir.

Brody con víctimas del dictador de Chad, Hissène Habré. LA PRENSA/ CORTESÍA
Brody con víctimas del dictador de Chad, Hissène Habré. LA PRENSA/ CORTESÍA

Hay un proceso judicial iniciado en Argentina, ¿quiere decir que ese juicio tiene pocas probabilidades de éxito?

Sí. Es importante (el proceso iniciado en Argentina) y abarca más allá de Daniel Ortega y Rosario Murillo, que hay unas 18 personas. Pero, por ejemplo, el estado actual del derecho internacional le otorga a los jefes de Estado en ejercicio una inmunidad frente a la justicia nacional de otros países, o sea, que si Daniel Ortega va a México y México quiere procesarlo por los presuntos crímenes, habría un problema jurídico. El derecho puede avanzar y a mí no me gusta la interpretación actual, yo creo que la inmunidad no debe existir frente a los más graves crímenes como crímenes de lesa humanidad. Pero, hoy por hoy, así lo ha dictado la Corte Internacional de Justicia.

Lea también: Amaru Ruiz: “Rosario Murillo no va a los pueblos porque no la quieren”

¿Es lo mismo para el caso de Rosario Murillo?

Es lo mismo, los dos son jefes de Estado.

¿Por la copresidencia que crearon?

Sí. Digamos que la única decisión de la Corte Internacional de Justicia sobre las inmunidades otorga al jefe de Estado, al jefe del gobierno y al ministro de Relaciones Exteriores una inmunidad funcional durante el tiempo que están en el poder.

¿Qué puede decir de las víctimas de Ortega?

El pueblo y los derechos humanos en Nicaragua tienen un recurso invaluable, tienen la suerte de tener a una sociedad civil, a víctimas, a familiares, muy activos, muy comprometidos. En el último mes he coincidido como cuatro veces con Claudia Vargas (esposa del asesinado mayor en retiro, Roberto Samcam), por ejemplo, que es una mujer muy capaz, muy determinada, muy valiente. Y no es la única.

La sociedad civil, aun con todos los problemas, aun con toda la represión, con todo el miedo que eso produce, y sobre todo con esa represión transnacional que intenta silenciar no solamente a aquellos que viven en Nicaragua, sino a aquellos que viven afuera, está luchando, está haciendo conocer la realidad. Tengo una admiración por gente como Claudia Vargas, como Vilma Núñez, como las oenegés, los colectivos, que están luchando por los derechos humanos. Además, dentro de las 452 personas que han sido despojadas arbitrariamente de su nacionalidad, hay personas de fama mundial como Sergio Ramírez, como Gioconda Belli. Cuando las víctimas pueden hacer el trabajo de incidencia, cuando las víctimas pueden llevar al conocimiento del mundo, cuando son protagonistas en la lucha por la justicia y la verdad, siempre hay más posibilidad.

¿Todos los dictadores se parecen?

No, son muy diferentes. Evidentemente, tienen muchas cosas en común porque son dictadores. Son personas que se burlan de la democracia, quieren silenciar las voces opositoras, atacan a la prensa libre, al Estado de Derecho, desmantelan los contrapesos institucionales. En un momento dado, llamamos al africano Hissène Habré como el “Pinochet africano”, que era en realidad un insulto para los dos, porque Pinochet era un católico ferviente, defensor de las tradiciones, etcétera. Y Hissène Habré era un maoísta, aunque fue llevado al poder por Estados Unidos y la CIA, pero se consideraba revolucionario. Era un guerrillero del desierto. Creo que en Estados Unidos tenemos un aspirante a dictador (Donald Trump) y el tiempo nos dirá si llega a ser dictador.

¿Daniel Ortega le recuerda a algún dictador que haya investigado en el pasado?

(Hace una pausa de 24 segundos) Mejor no respondo.

Cuando tiene tiempo libre, a Brody le gusta nadar en lagos y mares. LA PRENSA/ CORTESÍA
Cuando tiene tiempo libre, a Brody le gusta nadar en lagos y mares. LA PRENSA/ CORTESÍA

Plano personal

Su padre era Ervin Brody, judío húngaro que sobrevivió el Holocausto, y su madre, Francesca Cash, una profesora de arte que hacía activismo en favor de los derechos civiles de los negros.

Reed Brody nació el 20 de julio de 1953 en Budapest, Hungría, y es un abogado graduado en la universidad de Columbia.

Es compañero de vida de la cineasta española Isabel Coixet, muy aplaudida en España. Además, tiene un hijo de 25 años.

Brody vive entre Barcelona y un pequeño pueblo cerca de Toulouse, en Francia, pero en la actualidad se encuentra en Nueva York, debido al trabajo de Coixet.

A Brody le gusta nadar en los lagos y el mar, ir al cine, pasear en el campo y leer.

La Prensa Domingo Daniel Ortega dictador archivo

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí