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Tras cuatro años de estar, se puede decir “desempleado”, el sacerdote nicaragüense Edwing Román Calderón asegura estar “con mucha alegría” porque recientemente el arzobispo de Miami, Thomas Wenski, lo asignó como vicario parroquial de la iglesia de Santa Agatha de esa ciudad estadounidense.
El vicario parroquial —explica el padre Román— es como un ayudante del párroco, que en este caso es otro sacerdote nicaragüense, Marcos Somarriba. El ser vicario “no me rebaja” como sacerdote, agrega.
El padre Somarriba acogió en la iglesia Santa Agatha al padre Román, cuando, en agosto de 2021, y siendo párroco de la iglesia San Miguel en Masaya, este último no pudo regresar a Nicaragua porque la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo lo había amenazado con encarcelarlo y, además, el régimen ya estaba efectivamente apresando a sacerdotes.
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En los últimos cuatro años, el padre Román se dedicó a ayudar en la iglesia Santa Agatha y en las parroquias vecinas, pero no estaba nombrado oficialmente.
Otra “alegría” que el padre Román tuvo recientemente fue ver que el papa León XIV recibió en la Santa Sede a tres obispos nicaragüenses también desterrados por los Ortega Murillo: Silvio Báez, Carlos Herrera e Isidoro Mora.
El padre Román, de 65 años, habla en entrevista con la Revista DOMINGO sobre esas dos “alegrías” que ha tenido recientemente, pero también sobre lo que llama “el desmoronamiento” de los Ortega Murillo, los señalamientos de “borracho” que le hacen los adeptos al régimen, así como de la inviabilidad de Laureano Ortega Murillo como sucesor de Daniel Ortega, por más que lo quiera imponer su madre Rosario Murillo.
¿Qué significa para usted la oportunidad de ser vicario parroquial de la iglesia Santa Agatha?
Agradezco a Dios en primer lugar, porque es para mí una estabilidad eclesiástica. He asumido con gran alegría, con gran responsabilidad este servicio espiritual encomendado para las almas, llevarlas a Dios. Un día alguien me dijo que buscara a un obispo benévolo. Ya lo he encontrado. Un obispo con un corazón grande y generoso. Un obispo que me ha escuchado y que me acompaña.
¿De quién está hablando?
De monseñor Thomas Wenski (actual arzobispo de la Arquidiócesis de Miami), el obispo que me ha escuchado, que me ha abierto su corazón generoso, que escucha, que me está acompañando en estos momentos, al igual que monseñor Silvio Báez, que siempre ha estado muy presente en este caminar conmigo, animándome en mi ministerio.
¿Usted ya no tenía cargo eclesiástico en Nicaragua?
Tuve que entregar la parroquia de San Miguel. El arzobispo me pidió la parroquia y yo la entregué porque tenía temor a las amenazas de encarcelamiento y persecución que siempre tuve. Le dije al señor arzobispo que quería que me diera un tiempo más. Entonces, él me pidió la parroquia. Yo le pedí un tiempo más para estar aquí, mientras supuestamente se calmaba aquello. Por eso doy gracias a Dios que no me pude ir. Me hubieran encarcelado.
¿Quién le pidió la parroquia?
Lógicamente que el arzobispo.
¿El cardenal Leopoldo Brenes?
Sí. Tuve que entregar. Pero, ya estaba la mano de Dios que me quería proteger ante cualquier situación, como la que se dio con los sacerdotes y obispos. Siempre tenía la nostalgia, pero, cuando echaron presos a monseñor Rolando (Álvarez) y a otros sacerdotes, me convencí de que yo no me podía ir (a Nicaragua). A pesar de las amenazas que ya había tenido. La misma Rosario Murillo, a los dos días que vine para acá, ella habló en contra mía. No dijo mi nombre, pero lo dijo directamente a mí y a monseñor Báez, que yo había venido aquí a encontrarme con otro señor, que era monseñor Báez, que estaba en Masaya, en una parroquia donde tocaba la campana, que cómo era posible que un asesino, en una misa… Y después, el segundo día, Wilfredo Navarro y William Grigsby dijeron en un noticiero que yo ya debería de estar encarcelado. Después de esas amenazas, decidí no irme. Me quedé aquí con la generosidad del padre Marcos (Somarriba), que me abrió las puertas de su parroquia. Toda la feligresía también me ha acogido todos estos años y ahora gracias a Dios el señor arzobispo me asigna como vicario.
El Vaticano acaba de publicar unas imágenes del papa León XIV recibiendo a tres obispos desterrados por los Ortega Murillo: Silvio Báez, Carlos Herrera e Isidoro Mora. ¿Qué pensó?
La presencia de los tres obispos en el Vaticano dice que el papa tiene una visión fidedigna de la realidad nacional y de la Iglesia en Nicaragua que está siendo perseguida. Recibió directamente a quienes han sufrido la persecución, a pastores que han estado al frente de su pueblo también, sin importar credo político o religioso. Me ha dado mucha alegría.
¿Qué lectura debería de darle el pueblo nicaragüense a ese recibimiento?
La cercanía del papa con Nicaragua. Hay personas que quieren que inmediatamente el papa diga unas palabras, pero creo que el papa, como todo líder, tiene que escuchar también a quienes han sido víctimas, en este caso, a los obispos que recibió. El papa no está ajeno a Nicaragua. Es conocedor de todo. Estando él en el Perú (como obispo de Chiclayo), envió una carta a monseñor (Carlos) Enrique Herrera, que es todavía el presidente de la Conferencia Episcopal (de Nicaragua).
¿Y los Ortega Murillo cómo cree que deberían de ver ese acontecimiento, en el que el papa recibe a obispos que ellos expulsaron del país?
Que la Iglesia es de Jesucristo, Él la fundó. Aunque nos persigan, nos agredan, nos echen presos, la Iglesia la fundó Cristo y es el único que tiene el poder. El mal no podrá sobre el bien. La lectura del Evangelio dice: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Aunque nos ataquen, aunque piensen que pueden más que la Iglesia, porque la Iglesia la componemos los seremos humanos, pero la Iglesia es Cristo.
¿Ese encuentro entre el papa y los obispos desterrados es una derrota para la dictadura?
Ellos lo deben de procesar así, pero la Iglesia no está en competencia. No quiere un poder político. Es la labor pastoral, nada más.
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Pero, precisamente los Ortega Murillo acusan a los sacerdotes nicaragüenses de haber apoyado un supuesto golpe de Estado en el 2018.
La Iglesia es defensora de los derechos humanos. La Iglesia está con el que sufre. Además, en el 2018 realizamos un apostolado. El hecho de levantar heridos de las calles es un apostolado. Ir a las cárceles a mediar para sacar a un preso injustamente es un apostolado. Acompañar a las madres que lloran, que piden justicia, es apostolado. El hecho de curar al que está herido y llevar medicinas, eso es un apostolado. Muchas personas, bajo anonimato, llevaron medicinas a las iglesias para curar a los heridos. O llevaron comida para dar de comer al que no tenía en ese momento. Todo eso es apostolado. Los que anduvieron recogiendo los muertos en las calles, hicieron su apostolado ante el Señor. Eso lo ve ella (Rosario Murillo) como que fuera política. En ninguna manera hemos levantado bandera de un partido. En 2018, era el pueblo nicaragüense, ahí no se vio partido.
¿Cómo ve a la Iglesia católica nicaragüense actualmente? ¿Qué puede decir del cardenal Leopoldo Brenes?
No quiero hablar nada al respecto. Yo rezo por él, nada más, para que el Espíritu Santo le guíe en sus decisiones. Sólo eso te quiero decir.
La represión a la Iglesia continúa, acaban de confiscar a las Hermanas Josefinas.
Sí, me ha dado tanto pesar con estas monjas, porque yo trabajé con ellas. Yo estuve en Jinotepe 17 años y todo ese tiempo fui muy cercano con ellas. El Colegio San José estaba dentro de la parroquia de San Antonio. La parroquia de San Antonio compone al barrio San Antonio y al barrio San José. Yo siempre las visité, celebré tantas misas con los estudiantes. Hacían un trabajo no solamente de ellas, sino de la misma comunidad. Es un colegio que ellas lo administran, lo ven, lo cuidan, pero al final no es de ellas. Pero, ha venido esta dictadura y les robó todo.
«Entre las mismas filas (del orteguismo) se rebelan. Ahí lo que les tocan es la bolsa. Fueron gente militante que tuvieron poder en su momento y viene ahora una doña, que ni ella ni su esposo nunca agarraron un rifle, y cómo ella ha llegado al poder. Ella misma les ha destruido su organización terrorista, que es el Frente Sandinista (FSLN), que son terroristas. Hoy en día, el enemigo de Rosario Murillo es ella misma, porque está persiguiendo a los mismos sandinistas, que son sus enemigos, y eso lo está facilitando ella misma. Es una loca, bien lo decía Ernesto Cardenal».
Padre Edwing Román, vicario parroquial de la iglesia Santa Agatha de Miami.
¿Cómo fueron sus últimos días en Nicaragua?
A como están todos en Nicaragua ahorita. Sin libertad. La represión que sentía. El sentir que te andan siguiendo, y no es paranoia que te siguen, sino que era cierto. La Policía ya conocía mi vehículo y me detenía por cualquier cosa. Eso ya no era vida.
¿Y cómo fue sentirse fuera del alcance de los Ortega Murillo?
Sentí la libertad de caminar en un andén, solo. Es una sensación que no la había sentido en mucho tiempo en Nicaragua. Todavía al inicio de haber llegado acá, no podía escuchar el ruido de una sirena de bomberos, porque tenía la sensación de que era la Policía.
¿Qué ha hecho en estos cuatro años de exilio?
He compartido con la gente, sus luchas, sus sufrimientos. Doy gracias a Dios porque tengo un techo, tengo comida, que Dios me da a través del padre Marcos Somarriba. Eso no lo niego. Gracias a Dios. Y la generosidad de algunas personas, que con eso me he ayudado en muchas cosas. Sé que muchos nicaragüenses, y otra gente, no lo han tenido. Me he encontrado con gente que duermen en las bancas en una parada de bus o en un centro comercial. Me he encontrado con gente en la calle ambulando que me han reconocido, tal vez con una bolsa, con una mochila y me da mucho pesar. A veces he estado en un McDonald’s y veo gente llegar y rebuscan en la basura un vaso para tomar un poquito de soda. Se ve mucha tristeza en el ambiente también. Gracias a Dios, ya siento estabilidad. He estado ayudando en muchas pastorales, en muchos grupos, en parroquias vecinas.
¿Cómo está su situación legal en Estados Unidos?
Todavía no tengo mis documentos para mi exilio. Estoy exiliado, pero todavía me falta, es un proceso muy largo. No he tenido ninguna entrevista, como tantos nicaragüenses. Mis documentos van ahí caminando, pero es que eso es muy, muy lento porque tanta cantidad que hemos venido. Me he entrevistado con otros dos abogados y los dos me han dicho que esto es largo. Primero están dando solución a las personas que han llegado de manera informal, que han pasado por la frontera o cometen delito, primero se está saliendo de ellos. Confío en Dios que un día me van a entrevistar.
¿Cómo está viendo las cosas en Nicaragua?
Estamos viendo el desmoronamiento de una dictadura. A pesar de que ellos quieran demostrar poder, fuerza, no es así. Nicaragua no son las carreteras. Algunas personas dicen: «Ay, qué bonita está Nicaragua». Pero, Nicaragua no son las carreteras. Nicaragua no son los puentes a desnivel, que dudo en sus sólidas bases. Me da temor que un día, Dios no lo quiera, haya un derrumbe. Nicaragua no son los árboles de lata. No es la fachada de algún edificio vacío, donde nadie trabaja. Nicaragua son los ciudadanos, son la familia, que, si vamos al seno de ellas, cualquiera que sea, rico, pobre, si vamos ahí, hay sufrimiento, hay incertidumbre, hay temores. En el seno de las familias se sienten los efectos de la represión. Se calla. Hay miedo de hablar porque siempre hay ojos que pueden estar vigilando, incluso dentro de las iglesias. Hay infiltrados también en los grupos parroquiales. Nicaragua es humillada, no solo por la dictadura, sino por los empresarios chinos que abusan del trabajador amparados en las leyes de la dictadura. Nicaragua, sin embargo, resiste. Nicaragua, aun con el dolor, el sufrimiento, no pierde su alegría. Tiene esperanza que esa alegría llegue un día a su plenitud. Porque todo pasará, todo va a terminar. Dios no dejará solo a su pueblo. Y estamos viendo cómo la dictadura va a un proceso de desmoronamiento, está en su fase final. Se están matando unos a otros. Por ahí está viniendo el final.
Se habla de una sucesión, que, aunque muera Ortega, va a quedar Rosario Murillo y después sus hijos.
Yo no creo en la tiranía. Ese muchacho gritón (Laureano Ortega Murillo), porque no canta, ese niño que no conoció nunca la pobreza como la conocen muchos niños y jóvenes; que todo se le ha dado, no goza de ninguna simpatía. Quizás algunos allegados, como dicen en Nicaragua, perdóneme la palabra, que le hacen la guatusa, pero no goza de popularidad. Suena más a un dedo de la mamá que lo quiere colocar ahí. Con mayor razón ahora con esa mansión que se está construyendo. ¿Cuándo esa gente fue millonaria? ¿De dónde sacó ese muchacho tantos millones? A como está la pobreza en Nicaragua, esa es una cachetada al pueblo nicaragüense, sobre todo a la pobre gente que anda detrás de ellos por 200 córdobas, sus seguidores. Nicaragua debe abrir los ojos. Si se mueren, ya sabemos adónde van todos ellos. Con las armas todo se puede hacer, si ellos quieren con amenazas colocar a ese joven. Pero, no tiene ninguna aceptación, incluso hasta en sus mismos círculos. Rosario Murillo y Daniel Ortega saben que sus enemigos los tienen dentro. Las fotografías que sacó (el periodista y excarcelado político) Miguel Mendoza (de la supuesta casa de Laureano Ortega) es porque en la misma construcción hay gente que filtra todo.
¿Qué ha pensado del encarcelamiento de Bayardo Arce y de otros allegados a la dictadura?
Entre las mismas filas se rebelan. Ahí lo que les tocan es la bolsa. Fueron gente militante que tuvieron poder en su momento y viene ahora una doña, que ni ella ni su esposo nunca agarraron un rifle, y cómo ella ha llegado al poder. Ella misma les ha destruido su organización terrorista, que es el Frente Sandinista (FSLN), que son terroristas. Hoy en día, el enemigo de Rosario Murillo es ella misma, porque está persiguiendo a los mismos sandinistas, que son sus enemigos, y eso lo está facilitando ella misma. Es una loca, bien lo decía Ernesto Cardenal.
Usted es sobrino nieto de Sandino y ella también. Usted por el lado materno y ella por el paterno.
Soy nieto de Margarita Calderón (madre de Sandino). Rosario Murillo familiar mío no es. Ella dice que es poetisa. Te aseguro que no lo es. Ella dice muchas cosas. Sé de una persona que estudió con ella en Suiza y me decía que Rosario no se relacionaba con las centroamericanas. Todas las centroamericanas eran un grupo muy unido. Ella no, no les hablaba. Se sentaba al final del aula, de boina, de bata corta, de botas y solo escribía, no participaba en nada. Era antisocial. Sangre mía no lleva ella.
¿Nunca la vio en Niquinohomo?
No. Una vez la vi en un supermercado de Managua. Fue en el tiempo de doña Violeta (Barrios de Chamorro, presidenta de Nicaragua entre 1990 y 1997). Andaba ella (Murillo) con un guardaespaldas, de jeans, camiseta. Pasé cerca de ella. La única vez que la vi.
A usted lo atacan bastante los seguidores de los Ortega Murillo, ¿cómo recibe esos ataques?
Me da ánimo para seguir la lucha. Me anima mucho. Me río de los memes. Es más, todos los memes que he encontrado por ahí, los guardo. Me han dado risa.
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Lo califican de borracho siempre, porque supuestamente la Policía lo detuvo con botellas de licor en su carro.
Se descubrió que al final era una botella de… yo siempre ando detrás de mi asiento, cuando voy de conductor, una bolsa. Ahí voy metiendo todo. Ese día andaba unos papeles, un vasito de café que había comprado en una gasolinera. Y ahí ellos me pusieron una botella de Smirnoff con la etiqueta quemada, porque me detuvieron enfrente de un restaurante, en la salida de Masaya, por Monimbó, y había un basurero. Ahí buscaron el envase y me lo pusieron. Nunca pueden decir que me vieron en una mesa. No. Siempre atacan, de cualquier manera. Eso es para desmoralizar, lo hacen conmigo, lo hacen con mucha gente. A todas esas personas que tratan ellos de desmoralizar, que les hacen montaje, yo les digo que no hagan caso. Que se llenen más bien de dignidad y continúen su lucha, porque eso es señal de que les duele.
¿Las esperanzas de regresar a Nicaragua han disminuido?
Me siento estable. No te digo que no voy a volver. Dios dirá, lo dejo en las manos de Dios. Ahorita sabemos que ni usted ni yo podemos regresar.

Plano personal
El padre Edwing Román Calderón nació en Niquinohomo, en Masaya, el 2 de febrero de 1960. Es hijo de un conductor de bus, Rodolfo Román, diriambino, y de Esperanza Calderón, maestra, quien era hija de Manuela Calderón, hermana materna del general Augusto C. Sandino.
La abuela materna del padre Román solía contarle historias de su hermano, el general Sandino.
En algún momento de su juventud, cuando era estudiante de secundaria y muchos nicaragüenses sufrían la represión de la dictadura somocista, el padre Román apoyó al Frente Sandinista (FSLN), pero asegura que en realidad nunca ha simpatizado con ese movimiento o partido.
Después de estudiar Psicología en la UNAN-Managua, y desencantarse del gobierno de los sandinistas al inicio de los años ochenta, se dedicó a trabajar en un banco en Masaya y vio a muchos campesinos perder sus propiedades o su ganado, cuando no podían pagar los préstamos. Además, le impactaba la persecución que el gobierno sandinista le estaba dando a los curas y a él le tocó el sentimiento que tenía por su iglesia.
En 1983, entró al Seminario y su madre soñaba con verlo como cura, pero ella falleció en 1989, un año antes de que a él se ordenara como sacerdote. Su padre sí vivió ese momento y se confesaba con él.
Durante las protestas del 2018, al padre Román, entonces párroco de la iglesia San Miguel, se le vio activo asistiendo a los heridos y a los manifestantes que cayeron prisioneros de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
Desde agosto de 2021 está en el exilio en Miami. Extraña ver los volcanes y comer un “buen vigorón”. “En Miami hay (vigorón), pero no es como el de allá (Nicaragua)”, dice.
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