El politólogo estadounidense Steven Levitsky, especialista en temas de Latinoamérica y de democracia. LA PRENSA/ CORTESÍA/ STEPHANIE MITCHELL

Steven Levitsky: “La única manera de hacer caer una dictadura es la resistencia cívica”

El politólogo estadounidense explica que la comunidad internacional ya no ejerce tanta presión a favor de la democracia como antes y cuando muera Daniel Ortega es una oportunidad para restablecerla en el país porque Rosario Murillo no es una buena política.

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El politólogo estadounidense Steven Levitsky se enamoró de Latinoamérica a través de Nicaragua, país que visitó por primera vez en 1988, cuando los nicaragüenses se desangraban en una guerra civil entre sandinistas y contras.

En 1989, Levitsky regresó a Nicaragua para estudiar español y también para hacer su tesis de pregrado, que versó sobre la transición democrática en Nicaragua y pudo presenciar las elecciones de 1990, en las que los sandinistas perdieron el poder.

Luego, Levitsky se interesó por otros países de América Latina, pero, recientemente, se ha vuelto a interesar por lo que ocurre actualmente en Nicaragua, en un momento en el que desapareció la democracia que se empezó a bordar en 1990 y en su lugar reina la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

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Levitsky, de 57 años, es coautor del libro Cómo mueren las democracias, en el que explica que las dictaduras que nacen de procesos revolucionarios se mantienen más tiempo en el poder que las que se originan por la vía democrática.

Sin embargo, considera que la Revolución sandinista fue la excepción y que lo que ahora existe, con Ortega en el poder, no es una continuidad del proceso iniciado en 1979, cuando los sandinistas asaltaron el poder por las armas.

El politólogo lamenta que en la actualidad la comunidad internacional, y especialmente Estados Unidos, no estén preocupados por apoyar que prevalezca la democracia en el mundo, lo que ha sido aprovechado por tiranos como Ortega, acusado de crímenes de lesa humanidad por la represión que desató a partir de las protestas de 2018.

¿Llegó por casualidad a Nicaragua en 1988 o ya venía con el objetivo de comenzar a estudiar la política latinoamericana?

Había estudiado español y en ese momento Centroamérica estaba en una época de mucho conflicto. Guerras civiles en El Salvador, Nicaragua, Guatemala. La política exterior de Estados Unidos, el gobierno de (Ronald) Reagan, luego (George) Bush, estuvieron muy involucrados en eso. Entonces, lo que primero me interesó en la región fue el conflicto y el papel de Estados Unidos. Yo me opuse a la política exterior del gobierno de Reagan y empecé como activista, pero me interesaba mucho el tema de la democratización en Centroamérica. Me enamoré de la región y sigo enamorado.

En aquel momento, llegaron muchos norteamericanos que simpatizaban con la Revolución sandinista. ¿Ese fue su caso o usted era neutro?

No fui sandinista, fui más como estudiante. Pero, como joven, simpatizaba con la Revolución, por lo menos con los objetivos originales de la Revolución. Terminé mucho más simpatizante con la disidencia, con la renovación sandinista, con gente como Sergio Ramírez y Dora María Téllez.

¿Qué impresión tuvo al llegar a Nicaragua?

Como norteamericano, que nunca había viajado a Centroamérica, fue muy chocante porque el país estaba destruido. La inflación era 30,000 por ciento. No es gracioso, pero a veces bromeaba diciendo que compraba pollo vegetariano, porque el pollo era tan chiquito y casi no tenía carne. Mucha, mucha escasez. Era muy, muy duro.

¿Qué le parecieron los sandinistas en aquel momento?

Fue una época pragmática. Casi inocente al principio. Fue más radical y duro a mediados de los 80. Más pragmática en 1988 y 1989 con las negociaciones de Sapoá y luego con las elecciones de 1990. Ahí estuve yo. Luego, viene la «Piñata». Por lo menos la familia Ortega se convirtió en la familia Somoza. Yo estaba ahí en la época en la que al gobierno sandinista no le quedaba de otra más que negociar y hacer una elección democrática. Literalmente, el Muro de Berlín estaba cayendo. Ahí estaba, en esa época en la que el socialismo desaparecía.

En sus escritos, usted habla de que las dictaduras que surgen a través de una revolución tienden a permanecer más en el poder que las que nacen por otras vías, incluso democráticas. ¿Cómo explica eso?

Tiene una explicación interesante para el caso nicaragüense. Escribimos un libro que salió hace tres años sobre revolución y dictadura. Yo, que había estudiado Nicaragua en los años 1989 y 1990, luego pasé media vida estudiando, sobre todo Argentina, Perú, países de América del Sur. Dejé Nicaragua por la mitad de mi vida y volví a tocar el caso nicaragüense con ese libro. El argumento es que las revoluciones violentas terminan en dictadores estables porque ocurren dos cosas. Primero, el Estado colapsa y llega al poder un grupo radical que puede construir su propio Estado y su propio ejército. Esos gobiernos radicales suelen entrar en conflictos muy fuertes. Hacen reforma agraria, expropiaciones, entran en conflicto con superpotencias como Estados Unidos y casi siempre terminan en guerra civil o guerra exterior. O las dos. Estamos hablando de la Unión Soviética, China, Vietnam, Irán, Cuba, también Nicaragua. El caso nicaragüense es un poco diferente y termina siendo una excepción, una revolución que no dura, precisamente por ese giro pragmático que hace el gobierno sandinista en 1987, 1988. En vez de seguir con un camino radical como hizo (Fidel) Castro, por ejemplo, y entrar en pleno conflicto, debido a los costos de la guerra civil y debido, sobre todo, al giro de la Unión Soviética y (Mijaíl) Gorbachov, los sandinistas tuvieron que dejar la reforma agraria, dejar el apoyo para el FMLN de El Salvador, dejar de ser radicales y terminan no construyendo un régimen tan duradero. Pierden las elecciones de 1990. Nicaragua es uno de los pocos casos de revoluciones que no terminan consolidándose y quedándose en el poder por 70 u 80 años como en México, como en China, como en Vietnam, etcétera.

Sin embargo, Daniel Ortega regresó al poder en 2007 y pretendió hacer creer que ese nuevo mandato era una continuación de la Revolución sandinista. ¿Le cree ese discurso o tiene una apreciación diferente?

Tengo una visión completamente diferente. Obviamente, es el mismo Ortega con algunos, probablemente pocos, pero algunos líderes sandinistas de la primera época. Una señal importante es que la mayor parte del liderazgo del sandinismo y del gabinete de los 80 está en el otro lado, sino en la prisión o en el exilio. Y existe todavía el Estado, el Ejército, la Policía sandinista, pero, la verdad es que hay muy, muy poco del programa original del sandinismo. Es un gobierno muy tradicional, muy del siglo XX, o hasta siglo XIX. Gobierno personalista, pragmático, que hace alianza primero con los empresarios, con la Iglesia católica, que no tiene ideología o programa claro, que puede hablar de revolución y tomarse una foto con Hugo Chávez, pero que en la práctica no hay nada revolucionario. Ellos lo saben. Ortega se convirtió en una de las figuras más pragmáticas y oportunistas que he visto en mi carrera.

¿Por qué oportunista?

Porque dedicó su juventud a hacer una revolución socialista. Y todos tienen derecho a evolucionar con los años, pero tuvo la oportunidad de gobernar y lo hizo como Somoza. ¡Como Somoza! O sea, pasó años en la cárcel, combatiendo a Somoza y terminó viviendo como Somoza, porque pudo. Eso es oportunismo. Para mí, es sorprendente. No sé si es sorprendente para los nicaragüenses, pero hay mucha gente, muchos políticos que traicionan sus principios hasta cierto punto. Ese giro que hizo Ortega es algo que no se ve todos los días.

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Mencionó que Ortega hizo alianzas con empresarios, con la Iglesia católica…

Con Estados Unidos también. Para mí, él aprendió de la derrota de 1990. Se fue del poder, algo que prometió, una breve democratización del país, pero aprendió que, si quería quedarse en el poder, algo que obviamente quería, no podía hacerles la guerra a los empresarios, a la Iglesia católica y a Tío Sam. Entonces, en sus primeros años, sobre todo, hablo del primer periodo (2007-2011), quizás también su segundo periodo (2012-2017), hace la paz con los tres.

Sin embargo, llegó 2018, una fecha importante para los nicaragüenses. ¿Qué pudo observar en ese momento?

Me sorprendió, en los años iniciales, la falta de oposición cívica frente al autoritarismo de Ortega. Los primeros 11 o 12, quizás porque la economía no estuvo mal, no sé, pero hubo poca resistencia al creciente autoritarismo de Ortega. En 2018, eso cambia y hay una resistencia muy fuerte. Y, cuando un gobierno autoritario como el que eligió hacer Ortega, enfrenta ese tipo de oposición, tiene que decidir. Tiene que ceder, como hizo en 1990, o tiene que endurecerse y quizás acabar con la competencia y la apertura, y convertirse en un pleno dictador. Y eso fue lo que hizo Ortega con esa represión. Empezó un periodo dictatorial que no se ha visto en Nicaragua durante mucho tiempo. No se ha visto en toda la región, fuera de Cuba, en muchos años. Ortega no es el único, pero muy pocos gobiernos en América Latina han utilizado la represión tan fuertemente como hizo Ortega a partir de 2018. Y eso fue también una sorpresa para mucha gente.

De todos los sectores con los que Daniel Ortega rompió, parece ser la Iglesia católica con la que más ha sido agresivo.

En América Latina eso es muy sorprendente. El gobierno sandinista se enfrentó con la Iglesia en los años 80 y pagó un costo muy caro. Un gobierno, en América Latina, es súper difícil que se pelee con la Iglesia. Lo hicieron los cubanos, lo hicieron los mexicanos en los años 20 (del siglo pasado), pero pocos gobiernos de América Latina reprimen a la Iglesia católica. Quizás es porque la Iglesia ya no tiene la influencia que tuvo en el siglo XX, pero sí, Ortega cruzó una línea, actuó como una plena dictadura. Encarcelar obispos y curas es una rareza en América Latina.

A pesar de que Ortega ha cometido todos esos abusos, y más aún que está acusado de haber cometido crímenes de lesa humanidad, asesinatos de la población, pero sigue en el poder siete años después. ¿Qué opinión le genera?

En los últimos 40 años es poco común que, sobre todo en el occidente, en las Américas, que un gobierno se consolide en el poder como tan autoritario y sobreviva en el poder por tanto tiempo. Ha habido regímenes autoritarios, (Alberto) Fujimori, (Rafael) Correa, (Evo) Morales, pero la mayoría no duran mucho y no se consolidan como dictadura. Ortega no es el único. (Nicolás) Maduro es otro. Pero, es raro. Por ejemplo, en Honduras y Guatemala, tampoco son regímenes muy democráticos, pero no se ha podido consolidar un régimen autoritario como en Nicaragua. No sé si la combinación del hecho de que Ortega haya tenido una economía buena en los primeros años, crecía. Ortega tenía popularidad bastante alta en sus primeros años. Tenía plata de Venezuela, con la cual pudo cooptar a muchos sectores del sector privado y de la sociedad civil. Y tuvo una voluntad autoritaria, que creo que sometió a mucha gente. Pero, no solamente es trágico y muy triste desde una perspectiva normativa, sino desde una perspectiva analítica, de ciencia política, es algo poco esperado el éxito autoritario.

Se escucha mucho ese argumento, de que la economía está bien en Nicaragua, como para que se justifique la continuidad de Ortega en el poder. ¿Eso es válido?

Sin ninguna duda, los autoritarios con mejor rendimiento económico, y con más popularidad, tienen más éxito en consolidar el poder. Los autoritarios no populares tienen mucha más dificultad en consolidarse en el poder. Por eso, por ejemplo, Juan Orlando Hernández (en Honduras) no pudo. Varios gobiernos en Guatemala quisieron, pero no pudieron. Pero, en el caso de El Salvador, (Nayib) Bukele tiene una aprobación superior al 80 por ciento y es mucho más fácil consolidar el poder. (Hugo) Chávez también en su momento tuvo altísimo nivel de popularidad, tenía muchos recursos gracias al petróleo y con esos recursos pudo consolidarse en el poder. Ortega, quizás nunca alcanzó la popularidad de Bukele, nunca tuvo los recursos de Chávez, pero en sus primeros años aprovechó, tenía la ventaja de tener cierta popularidad, tener una economía creciente y aprovechó. Tenía una voluntad autoritaria más fuerte que muchos.

Desde el plano internacional, ¿cómo se mira Nicaragua? Tal vez no es importante para la comunidad internacional y eso beneficia a Ortega.

Lamentablemente, el ambiente internacional ha cambiado. Hubo una época, que empezó a finales de los años 80 y que duró unos 15 años más o menos, al final del siglo XX, principio del siglo XXI, en la cual la democracia era dominante en el mundo. Los poderes liberales, occidentales, dominaban económica, militar e ideológicamente y hubo, desde la comunidad internacional, fuertes presiones a favor de la democracia. Y fue en ese contexto que Nicaragua logró democratizarse en 1990.

Hubo una fortísima presión internacional. Y también tuvo impacto en Honduras, Guatemala, El Salvador. Hizo imposible el intento de autogolpe de Jorge Serrano en Guatemala, en 1993. Hizo imposible el intento de robar una elección en República Dominicana, en 1994. O sea, fue una época en la cual la presión internacional fue súper fuerte. Con el tiempo, sobre todo en la segunda década del siglo XXI, con el cambio en el mundo, el declive relativo de Estados Unidos, el surgimiento de China, Rusia, Estados Unidos poco a poco perdió la capacidad, pero también la voluntad de presionar por la democracia.

Con el primer gobierno de (Donald) Trump (2017-2021), Estados Unidos dejó de promover la democracia. Permitió jugadas autoritarias en Guatemala, El Salvador, Honduras y también Nicaragua. Trump era presidente durante la represión de (Ortega) en 2018 y, la verdad, a Estados Unidos le importaba muy poco. En los últimos 10 años se siente mucho, mucho menos la presión internacional a favor de democracia y eso abre más espacio para los autócratas, y Bukele y Ortega están aprovechando eso.

¿Ve a Trump, en este nuevo periodo, tolerando siempre a los regímenes autoritarios en América Latina?

Lamentablemente sí. Para mí es algo muy lamentable, pero al gobierno de Trump no le importa la democracia. De hecho, su mejor amigo en la región es Bukele. Y Trump no solamente es socio de Bukele, sino que admira el autoritarismo de Bukele. Así que no espero mucha presión del gobierno de Trump sobre Ortega. Sobre todo, si Ortega sigue cooperando con el tema de las drogas.

Ahora Daniel Ortega cambió la Constitución para heredar el poder a su esposa, Rosario Murillo.

Una dictadura en familia me hace pensar en dictaduras de otro siglo, de mediados del siglo XX. Eso es realmente poco común, fuera de países como Corea del Norte. Y es muy audaz, una copresidencia. Rosario Murillo no es una buena política, no es popular. Creo que si se muere Daniel podría haber una crisis de legitimidad, porque la verdad que no veo en Rosario Murillo un buen político, para nada. Esto de gobernar en familia es tan tradicional, que no sé, para mí es muy audaz intentar construir un régimen tan de la vieja escuela, como lo de Ortega y Murillo. Muy audaz. Y muy triste.

¿Qué consejo le daría al pueblo nicaragüense?

Siempre admiro y apoyo a los actores y los grupos de la sociedad que resisten, que empujan por la democracia. Sé que hay muchos nicaragüenses que han luchado por la democracia. Conozco muchos que están, lamentablemente, en el exilio acá en Estados Unidos y en otros países. La única manera de hacer caer una dictadura es la resistencia cívica. Hay mucha evidencia de que la resistencia cívica, pacífica, funciona mucho mejor que la resistencia violenta, así que no creo que la vía armada es el camino. Pero, entiendo que es muy difícil desde Boston, Massachusetts, decir que hay que luchar contra la dictadura cuando es súper peligroso hacerlo en Nicaragua. Pero no hay otra manera. Hay que presionar. Ortega ya es mayor y ha tenido problemas de salud. Nadie sabe cuándo se va a morir, pero, si se muere, creo que va a ser una oportunidad, una cierta abertura en la cual puede haber conflicto dentro del propio régimen y eso puede ser una oportunidad para las fuerzas democráticas. Por lo menos espero que sí.

Rosario Murillo está haciendo de todo para heredar el poder.

Los dictadores siempre hacen todo lo posible para quedarse en el poder. Por eso son dictadores.

Levitsky es de origen judío, está casado con una periodista peruana y tiene una hija que se llama Alejandra. LA PRENSA/ CORTESÍA/ STEPHANIE MITCHELL

Plano personal

El politólogo estadounidense Steven Robert Levitsky nació el 17 de enero de 1968 y es profesor de Gobierno y Estudios Latinoamericanos de Harvard y director del Centro David Rockefeller de Estudios Latinoamericanos. Fue coautor de Cómo mueren las democracias junto con su colega Daniel Ziblatt, profesor de Gobierno de Harvard.

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Se crio en Ithaca, Nueva York. Su padre era profesor de Psicología en la Universidad de Cornell y lo influenció bastante para que realizara un doctorado.

Estudió Español en la secundaria y eso lo llevó en 1988 a Nicaragua, donde se familiarizó con las políticas de la administración del entonces presidente estadounidense Ronald Reagan hacia Centroamérica.

Levitsky, de origen judío, está casado con Liz Mineo, una periodista peruana con la que procreó una hija que se llama Alejandra. La familia vive en Brookline, Massachusetts, Boston.

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COMENTARIOS

  1. Hace 1 año

    El único que puede hacer presion dentro del gobierno de Trump es Marco Rubio debido a que Rubio es basicamente un politico. En cambio Trump es un empresario y por lo tanto tiene la mentalidad del empresario. Empresas en el sector privado y el ejército son basicamente dictaduras. Un empleado que se insubordine ya sea en una empresa o en el ejército es corrido sin ninguna contemplacion. La mentalidad de Trump como empresario es de que el lider de una nacion es equivalente al CEO de una empresa y al cual se le tiene que obedecer ciegamente y si te rebelas te ponen de patitas en la calle. Por eso a Trump le gusta los gobernantes autoritarios que producen economicamente ya sea este de la derecha o de la izquierda. Trump es un empresario y no un político. En los ojos de Trump Ortega es el CEO de un pais que tiene una buena economia y por consiguiente para que deshacerse de el si está manobriando la economia del pais muy bien. En lo que se equivoca Trump es de que Ortega no es la causa de la bonanza financiera sino mas bien sus operadores en las instituciones financieras como el Banco Central de Nicaragua y sus aliados en las instituciones financieras internacionales. Ortega sabe de economia lo que yo se de ingenieria de cohetes enviados al espacio sideral.

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