La iglesia católica respaldó al pueblo nicaragüenses en las protestas de abril de 2018 y denunció los crímenes de los dictadores Daniel Ortega y Rosario Murillo. LA PRENSA/ TOMADA DE INTERNET

Desde la conquista hasta los Ortega Murillo: la Iglesia católica y su apoyo al pueblo

El catolicismo está en Nicaragua desde hace 502 años, con grandes momentos al lado del pueblo y de frente al poder.

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Han transcurrido exactamente 502 años desde que se empezó a practicar la religión católica en Nicaragua. En abril de 1523, el conquistador Gil González Dávila ingresó al ahora territorio nicaragüense, con sus hombres y el clérigo que le acompañaba e iniciaron “en los misterios cristianos” a los caciques y su gente que iban encontrando a su paso.

Les enseñaron tres cosas principalmente. Primero, que en el cielo hay un Señor que hizo todas las cosas y a los hombres. Segundo, que a quienes le tienen por Señor y se bautizan, cuando mueren, van arriba donde Él está. Y tercero, que quienes no son cristianos van a un fuego que está debajo de la tierra.

De esa manera lo explica el historiador de la iglesia nicaragüense, Ángel Arnaiz Quintana, en su libro Historia del pueblo de Dios en Nicaragua.

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Se bautizaron así los primeros indígenas nicaragüenses en la Iglesia católica y pronto llegaron los primeros clérigos al país. El primero que se instaló fue Diego de Agüero, quien estuvo presente cuando Francisco Hernández de Córdoba fundó las ciudades de León y Granada.

De la misma forma, pronto llegarían también sacerdotes que entraron en conflicto con quienes ostentaban el poder en esos primeros años de colonización en Nicaragua, porque optaron por defender los derechos de los indígenas.

Los españoles dijeron a los indígenas que si no se bautizaban, irían a un fuego que estaba debajo de la tierra. LA PRENSA/ ARTE

En 1532, llegó fray Bartolomé de las Casas y, en 1543, arribó fray Antonio de Valdivieso, tercer obispo electo y primero consagrado que ejerció en Nicaragua. Ambos fueron perseguidos por su defensa de los indígenas y, en el caso de Valdivieso, asesinado por los hijos de Rodrigo Contreras, gobernador en la ciudad de León Viejo.

Desde entonces, son varios los momentos en que la Iglesia ha sido atacada por los gobernantes de turno por ponerse del lado del pueblo.

El último capítulo aún se está viviendo. Los dictadores Daniel Ortega y Rosario Murillo desataron una persecución contra la Iglesia desde las protestas de 2018, acusándola de ser parte de un intento de golpe de Estado.

Según el informe Nicaragua: una Iglesia perseguida, los Ortega Murillo han perpetrado casi un mil ataques contra la Iglesia, que incluyen encarcelamientos y destierros de sacerdotes y cuatro obispos, expulsiones de órdenes religiosas, congelamiento de cuentas bancarias, confiscaciones, prohibiciones de actividades religiosas y otro sinnúmero de abusos.

El asesinato de Valdivieso

Valdivieso era de la Orden de Santo Domingo, dominico, y fue designado para ejercer el apostolado en la provincia de Nicaragua, en 1543. Aprendió varias lenguas de los indígenas y produjo numerosas conversiones, según escribió Arturo Aguilar en LA PRENSA, poco después del descubrimiento de las ruinas de León viejo.

Casi desde que llegó al país, a León viejo, empezó a tener problemas con la familia del gobernador Rodrigo de Contreras.

Cuando llegaron de España las nuevas leyes, que prohibían que los gobernadores y ministros del Rey tuviesen indios en calidad de encomienda, el gobernador Contreras traspasó los que él poseía a su mujer María de Peñalosa, hija de Pedrarias Dávila, y a sus hijos Hernando y Pedro de Contreras. Luego se averiguó que la escritura que había otorgado a favor de su esposa e hijos no había sido hecha antes de la publicación de las leyes y le quitaron a los indios.

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Los hijos de Rodrigo de Contreras tomaron la decisión de levantarse en armas en contra de las autoridades y también de quitarle la vida al obispo Valdivieso, a quien consideraban el más decidido protector de los indios. De hecho, a Valdivieso se le conoce como uno de los primeros defensores de los derechos humanos en Nicaragua.

Escena del asesinato de fray Antonio de Valdivieso. LA PRENSA/ TOMADA DE INTERNET

Junto con un español de nombre Juan Bermejo, los hermanos Contreras asesinaron a Valdivieso. Fueron a la casa del religioso y lo encontraron conversando con un clérigo y dos religiosos más. Hernando habría sido quien le asestó dos estocadas con la espada. Ya en el suelo, a Valdivieso lo continúan apuñalando y le dice a su agresor: “Acaba, carnicero, basta ya con lo que has hecho”.

El crimen de Valdivieso ocurrió en febrero de 1550.

El encarcelamiento del padre Tomás Ruiz

Aunque la Iglesia católica acompañó el proceso de colonización española en Nicaragua, hubo sacerdotes que posteriormente apoyaron el proceso de independencia y se opusieron a la corona española.

Dos de ellos fueron el doctor Tomás Ruiz, sacerdote de raza indígena pura, y el fraile Antonio Moñino, franciscano expulsado de su convento por sus ideas contrarias al dominio de España en América.

El padre Ruiz era chinandegano y, según indicó en un escrito el académico Carlos Tünnermann, apareció en diciembre de 1813 en el Convento de Belén de Antigua Guatemala dirigiendo la conspiración conocida como “La Conjura de Belén”, movimiento independentista de un grupo de criollos en contra de las autoridades españolas.

Sin embargo, fue delatado por uno de sus propios compañeros y fue capturado en la noche del 23 de diciembre, exactamente un día antes de que se llevara a cabo el plan revolucionario encaminado a deponer a las autoridades españolas.

Dieciocho personas participaron en la conjura, entre ellas tres nicaragüenses, el padre Ruiz, su hermano menor de edad, José Saturno Ruiz y Juan Modesto Hernández, estudiante.

El fiscal pidió la pena de muerte para varios de ellos y garrote para los cabecillas, Ruiz, Castrillo, Barrundia y Yúdice, quienes por ser hidalgos no podían ser condenados a la horca, a como lo fueron los otros diez rebeldes.

El padre Tomás Ruiz. LA PRENSA/ TOMADA DE INTERNET

Por gestiones de personas influyentes de Guatemala, las penas no se aplicaron, pero todos permanecieron más de cinco años en las sórdidas cárceles coloniales, siendo el padre Ruiz quien sufrió la pena más extensa, casi siete años, que incluyeron largos períodos de incomunicación, privaciones y desprecios, como lo testimonió más tarde el propio Ruiz.

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Tras ser liberado, a fines de 1819, se trasladó a la ciudad Real de Chiapas, donde falleció mermada su salud por los años de cárcel. Poco después ocurrió la Independencia.

La expulsión de los jesuitas

Un nuevo episodio de la Iglesia frente al poder en Nicaragua ocurrió en 1881, cuando los jesuitas fueron expulsados del país.

Habían llegado a Nicaragua en 1871 tras ser expulsados de Guatemala por el dictador Justo Rufino Barrios y 68 de ellos llegaron al puerto de Corinto, donde pidieron asilo. Luego, se fueron a León.

El presidente de Nicaragua era Vicente Cuadra, conservador y muy católico, quien protegió a los jesuitas, pero después se vio tentado a sacarlos del país, ya que estaba recibiendo presiones de los demás presidentes centroamericanos, liberales todos, empezando por Barrios.

Convento que los jesuitas tenían en Matagalpa. LA PRENSA/ LIBRO MATAGALPA Y SU GENTE

Los jesuitas crearon varias escuelas en diferentes partes del país, aunque su misión principal era evangelizar, y hasta crearon un noviciado de padres jesuitas en Matagalpa.

Cuadra no expulsó a los jesuitas, pero sí lo hizo su sucesor, el presidente Joaquín Zavala, quien los catalogó como una amenaza contra las ideas progresistas y, además, intelectuales liberales alimentaban un sentimiento antijesuita.

La salida de los jesuitas se tornó violenta porque la población realizó protestas en apoyo a los sacerdotes. La situación también dividió a la sociedad nicaragüense en projesuitas y antijesuitas, pero finalmente fueron expulsados.

El enfrentamiento con Zelaya

El dictador liberal José Santos Zelaya estuvo en el poder desde 1893 hasta 1909 y durante su gestión modificó el sistema tradicional desafiando a la Iglesia católica, implantando cambios que para esa época de fines del siglo XIX parecían drásticos, como el divorcio, el matrimonio civil, la separación Iglesia-Estado, secularización de los cementerios, expropiación a religiosos, entre otros.

Zelaya, quien era nieto de un sacerdote, el padre Policarpo Irigoyen, también dictó varias leyes que cercenaban el poder económico de la Iglesia, hasta entonces basado en gran parte en la propiedad de bienes agrarios.

Además, Zelaya expulsó a sacerdotes del país, entre ellos al obispo Manuel Ulloa Larios.

El comandante Miguel

La dictadura somocista estaba acostumbrada a contar con el apoyo de la Iglesia católica. Monseñor Vicente Alejandro González y Robleto, segundo arzobispo de Managua, le celebraba misas y en 1956, tras la muerte de Anastasio Somoza García, el fundador de la dinastía, lo declaró “príncipe de la Iglesia”.

Los Somoza también habían contado con el beneplácito del primer arzobispo de Managua, monseñor José Antonio Lezcano y Ortega.

El exsacerdote Donaldo Chávez Núñez, quien estuvo perfilado para ser el nuevo arzobispo de Managua en 1970, le contó al periodista Fabián Medina que en ese año hubo “un pleito de perros” para decidir quién sucedería a monseñor González y Robleto, quien había fallecido en 1968.

Para sorpresa de muchos, la Nunciatura nombró al entonces obispo auxiliar de Matagalpa, monseñor Miguel Obando y Bravo.

Para ese entonces, Anastasio Somoza Debayle lo sabía muy bien, Obando y Bravo era reconocido por andar evangelizando, ya sea sobre mulas o sobre caballos, en las comunidades campesinas de Matagalpa y Jinotega.

Domingo Urtasun cuenta que Somoza lo consideraba un sacerdote provinciano y pensó que no tendría problemas en granjearse sus simpatías.

Miguel Obando con guerrilleros sandinistas tras la toma del Palacio Nacional, en agosto de 1978. LA PRENSA/ ARCHIVO

Influenciado por el Concilio Vaticano II, que buscaba ordenar la relación entre la Iglesia y el mundo moderno, Obando y Bravo decidió ser diferente a sus antecesores, quienes privilegiaban a la clase gobernante. Él decidió abogar por el pueblo y comenzó a ser crítico con los abusos de la dictadura somocista.

Los diálogos entre Somoza y Obando comenzaron a ser tensos.

Obando y Bravo se había granjeado la simpatía del pueblo porque lo apoyó durante el terremoto de diciembre de 1972 en Managua. Salió a las calles, con la ciudad en ruinas, brindando apoyo moral y religioso a la ciudadanía.

La popularidad de Obando aumentó en diciembre de 1974, cuando un comando guerrillero del FSLN se tomó la casa de un exfuncionario somocista, José María Castillo, y el líder religioso actuó como mediador entre los rebeldes y las autoridades somocistas, con éxito.

Obando se consolidó como líder mediador en agosto de 1978, cuando otro comando sandinista se tomó el Palacio Nacional con muchas personas dentro, especialmente congresistas somocistas.

Durante los últimos años de la dictadura somocista, Obando y Bravo criticó duramente las violaciones de los derechos humanos que cometía el régimen. Eso le granjeó un odio por parte de Somoza, especialmente cuando el religioso le pidió la renuncia al dictador mediante un documento público.

Somoza llegó a llamarle “el comandante Miguel” a Obando y Bravo, ya que le reclamaba apoyar a los comandantes sandinistas del FSLN.

El cardenal Miguel

La llegada al poder de los sandinistas, en 1979, provocó un acercamiento entre la Iglesia y los nuevos gobernantes. Pero el idilio duró muy pocos días.

Los obispos católicos emitieron varios comunicados mediante el cual alertaban de un acercamiento de los sandinistas hacia el socialismo.

Los dirigentes revolucionarios respondieron apoyando a la llamada iglesia popular, lo cual aceleró el distanciamiento con la iglesia diocesana.

La Iglesia católica vio con buenos ojos la Cruzada Nacional de Alfabetización, pero pronto advirtieron que conllevaba peligros, especialmente de ideologización política a favor del sandinismo.

Producto del giro que los comandantes sandinistas le estaban dando a la Revolución, acercándose al comunismo de Cuba y de la Unión Soviética, pronto nació la Contra, especialmente campesinos que se alzaron en armas porque vieron que el nuevo gobierno les estaba afectando negativamente sus tierras, sus medios de producción y sus cosechas.

Obando y Bravo se posicionó en contra de que sacerdotes católicos participaran en el nuevo gobierno sandinista, lo cual agravó más las relaciones Gobierno-Iglesia.

La visita del papa Juan Pablo II, en 1983, fue boicoteada por los sandinistas, para que el líder religioso se pronunciara sobre la guerra civil que ya había iniciado y la visita papal casi terminó en desastre.

Luego ocurrieron otra serie de eventos, como montajes del sandinismo en contra de sacerdotes y el cierre de radio Católica, que llevaron a Obando a usar el púlpito para criticar al régimen sandinista.

La ruptura fue total. El comandante Tomás Borge atacaba constantemente a Obando y Bravo.

El papa Juan Pablo II, a su llegada a Managua en 1983, regaña al padre Ernesto Cardenal, quien formaba parte del gobierno sandinista de la época. LA PRENSA/ ARCHIVO

En 1985, el papa Juan Pablo II colocó el birrete cardenalicio en la cabeza de monseñor Miguel Obando y Bravo. La popularidad de Obando estaba por las nubes. Los sandinistas y muchos otros vieron en el hecho un espaldarazo del papa hacia la lucha que Obando y Bravo sostenía contra el régimen sandinista.

La derrota electoral de los sandinistas llevó a la pacificación de Nicaragua, en la cual mucho tuvo que ver el cardenal Miguel Obando y Bravo.

El líder católico se enfrascó en trabajar en pro de la desmovilización de la Contra. La presidenta Violeta Barrios de Chamorro lo puso al frente de una comisión de paz, en la cual tuvo mucho éxito.

Los crímenes de los Ortega Murillo

Tras regresar al poder en 2007, Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo se acercaron a la Iglesia para tenerla de su lado, pero se trataba de una “falsa paz”, explica el informe Nicaragua: una Iglesia perseguida.

Las protestas de abril de 2018 acabaron con esa falsa paz que se había empezado a fracturar desde 2014, cuando los obispos intentaron sin éxito un diálogo con la dictadura.

La dictadura asesinó a ciudadanos que participaron en las protestas y la Iglesia cerró filas para defender a la población, lo que desató la ira de Ortega y Murillo en contra de los curas.

La imagen de la Sangre de Cristo sufrió un atentado en julio de 2020, cuando un sujeto entró a la capilla y lanzo una bomba molotov, quemando por completo la capilla y la imagen de mas de 300 años. LA PRENSA/ ARCHIVO/ ÓSCAR NAVARRETE.

La ira de los dictadores no ha cesado desde entonces y ha desterrado a cuatro obispos: Silvio Báez, Isidoro Mora, Rolando Álvarez y Carlos Herrera.

También han sido desterrados un nuncio, 146 sacerdotes, tres diáconos, 13 seminaristas y 99 monjas, según recopilaciones de la investigadora Martha Patricia Molina.

De igual modo, algunos religiosos han sido despojados de la nacionalidad, entre ellos los obispos Álvarez y Báez, así como 14 sacerdotes, un diácono, dos seminaristas y 12 laicos.

Las actividades religiosas están actualmente prohibidas por el régimen Ortega Murillo, que también ha confiscado 20 propiedades relacionadas con la Iglesia, congelado cuentas bancarias, entre muchos otros abusos.

Ortega y Murillo aún continúan reprimiendo a la Iglesia.

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