“El Mesías que las dictaduras no pueden invocar»

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Queridos hermanos y hermanas:


En el evangelio del domingo pasado, después de que Pedro reconoció a Jesús como Mesías e Hijo de Dios, Jesús les había ordenado a sus discípulos “que no dijesen a nadie que él era el Mesías” (Mt 16,20). La mayoría de la gente imaginaba al Mesías como un personaje poderoso que triunfaría sobre los enemigos de Israel. Y como Jesús no quería ser malinterpretado, decidió explicarles a sus discípulos el misterio más profundo de su misión mesiánica.


Dice el evangelio que “desde entonces comenzó a manifestarles a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que le matarían y que resucitaría al tercer día” (Mt 16,21). Jesús no era ingenuo y sabía que, desde hacía mucho tiempo, se había vuelto muy incómodo para las autoridades políticas y religiosas, que buscaban el modo de eliminarlo. Sin embargo, Jesús no se echa atrás y, a pesar de los peligros que podría enfrentar, mantiene la intención de subir a la Ciudad Santa.


Jesús no era masoquista ni buscaba el sufrimiento. Su pasión y muerte en Jerusalén fueron la consecuencia inevitable de lo que dijo y de la manera en que se comportó. En un mundo construido sobre la mentira, quien dice la verdad es perseguido y silenciado; en una sociedad llena de injusticias, el justo es repudiado e incluso condenado a muerte; en un sistema donde los poderosos se endiosan y convierten sus caprichos en ley, quien es crítico y no acepta vivir sometido es objeto de calumnias, ofensas y persecución.


Cuando Pedro escuchó a Jesús hablar de su disposición incluso a sufrir y morir por ser fiel a su misión mesiánica, se rebeló y manifestó su inconformidad. Era demasiado para él. Como fiel creyente hebreo, no podía concebir que el Mesías de Dios sufriera una suerte trágica a manos de las autoridades religiosas y políticas. No estaba dispuesto a aceptar que el camino de Jesús terminara en un desastre. No entendía cómo, en uno de los momentos de mayor popularidad, Jesús se permitía hablar de fracaso. Pedro quería seguir a Jesús victorioso y lo imaginaba triunfante en Jerusalén. Por eso, “reprendió” a Jesús, intentando que se olvidara de lo que acababa de decir: “¡No lo permita Dios, Señor! ¡Eso no te puede suceder a ti!” (Mt 16,22).

La lógica de Pedro se impone en nuestra vida cuando no entendemos los caminos del Señor. Esto ocurre cuando nos parece humillante servir a los demás sin que nos agradezcan o cuando creemos que es inútil sacrificarnos con generosidad. Pensamos como Pedro cuando no aceptamos que hay momentos en la vida en los que la única forma de arreglar las cosas es pasar desapercibidos, olvidarnos de nosotros mismos, ser los últimos y sacrificar lo que más queremos. Pensamos como Pedro cuando solo pensamos en nuestros propios intereses, cuando vivimos obsesionados con el deseo de triunfar a toda costa y creemos que los aplausos o la popularidad nos hacen importantes.

También pensamos como Pedro cuando no estamos dispuestos a incomodarnos por el bien de los demás, ni a sacrificarnos para que otros estén mejor, ni a luchar por una sociedad construida sobre la justicia. Pensamos que es mejor no complicarse la vida. A muchos les parece imprudente denunciar los atropellos de los poderosos y prefieren callar o pactar con ellos. Otros creen que los problemas del mundo solo se resuelven con dinero, poder o milagros. Jesús, en cambio, nos enseña que las cosas cambian solo cuando elegimos el camino de la pequeñez y del olvido de sí mismos; solo cuando nos sacrificamos para colocar a Dios y a los demás en primer lugar.

Ante las palabras de Pedro, Jesús reacciona diciéndole: “¡Apártate de mí, Satanás! ¡No intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!” (Mt 16,23). Jesús ve en el razonamiento de Pedro a Satanás, el enemigo que aparta a los hombres del camino de Dios. Jesús está dispuesto a cumplir la voluntad del Padre incluso mediante el sacrificio de sí mismo; Pedro piensa en un camino de victorias y sueña con el éxito humano. Por eso Jesús le pide que se aparte de él, “que se ponga detrás”, como discípulo, que aprenda de él y no pretenda desviar su camino hacia el poder y el triunfo.

Cada vez que pretendemos ponernos por delante de Jesús, en vez de ir detrás de él, dejamos de ser sus discípulos y erramos el camino. Por eso, las dictaduras desgastadas que se escudan hipócritamente en la religión profanan el nombre de Jesús cuando lo invocan desde el poder y le atribuyen a él el dominio que ejercen sobre el pueblo, pero jamás hablan de la cruz. Se apropian del nombre de Jesús para legitimar su autoritarismo, mientras silencian al Crucificado, porque un Mesías que se abaja, que sirve y que entrega la vida por los demás desenmascara su soberbia y condena sus aspiraciones a eternizarse en el poder.

No se puede confesar a Jesús como Mesías e Hijo de Dios sin seguirle por el camino de la cruz. Por eso, después del diálogo con Pedro, Jesús les dice a todos los discípulos: “El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga” (Mt 16,24). “Negarse a sí mismo” no significa anularse, mortificarse ni atentar contra la propia estima personal. Significa, más bien, dejar de ser el centro, no pensar solo en mí mismo, no ponerme siempre en primer lugar ni querer que prevalezcan mis intereses egoístas. De este modo, pienso como los hombres, no como Dios; me privo del gozo de amar, complico la convivencia y me vuelvo menos humano.

“Tomar la cruz” no significa simplemente aceptar las contrariedades y el sufrimiento. La cruz es el precio de todo amor auténtico. Tomar la cruz es optar por una vida semejante a la de Jesús, venciendo el miedo a amar, amando sin límites y volviéndonos débiles y vulnerables por amor. Tomar la cruz es abajarnos al mundo de los pobres y de las víctimas para estar de su parte, asumir sus angustias y devolverles la dignidad y la esperanza que Dios quiere para ellos. Tomar la cruz es asumir las consecuencias, casi siempre dolorosas, de luchar por eliminar el sufrimiento de los crucificados de la sociedad, como hizo Jesús.

Desde la lógica de Pedro, todo esto puede parecer insensato e incomprensible; para quienes creemos en Jesús, el camino de la cruz no es un camino de fracaso ni de derrota: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,25). Si vivimos obsesionados por nosotros mismos, acabaremos teniendo una vida estéril y mediocre y terminaremos por perderla; en cambio, si entregamos la vida generosamente siguiendo a Jesús, entregándola como él la entregó y viviendo por lo que él vivió, la encontraremos en plenitud.

Silvio José Báez Ortega, O.C.D.
Obispo auxiliar de Managua

Opinión homilía libre Monseñor Silvio Báez
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