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En el Caribe Norte de Nicaragua, a los niños misquitos que están llorando mucho y los padres ya no hallan qué hacer para detenerlos, les dicen: “Cállese, que ahí vienen los diablos”. Los niños inmediatamente se silencian y se quedan bien quietos.
Los “diablos” a los que se refieren los padres misquitos no son los demonios de los que se habla en la Biblia, sino los “colonos”, a como se les llama a los mestizos del Pacífico que, desde aproximadamente 2014, han intensificado las tomas de las tierras indígenas, apropiándose de las mismas y desplazando a los lugareños.
Los colonos, que al inicio tenían invadidos solo los bosques, ahora han llegado hasta las comunidades misquitas, donde todos los días se emborrachan, arman pleitos entre ellos, disparan al aire, tocan a las niñas y las toman por la fuerza, amenazan a los padres que les reclaman y matan a los misquitos que se oponen a las tomas de tierras y los abusos, generando el terror entre los indígenas, le explica a la Revista DOMINGO una indígena misquita que se identifica solo como Katy, para no ser reconocida por los agentes de la dictadura ni sufrir represalias.
El régimen Ortega Murillo, a su vez, está apoyando a los colonos, pues les permite el uso de armas de guerra para que invadan las tierras indígenas y maten a los indígenas que se oponen, mientras que a estos últimos les ha quitado las armas que tenían para cazar y así no se puedan defender de las agresiones de los colonos. Cuando los indígenas denuncian, la Policía de la dictadura no actúa contra los invasores y agresores.
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El sostén de la dictadura a los colonos llega al punto de que el Ministerio de Educación (Mined) ha construido escuelas dentro de los territorios indígenas para los hijos de los colonos y el Ministerio de Salud (Minsa) ha ordenado que los colonos sean atendidos en los centros de salud que están en las comunidades indígenas.
“Los colonos llegaron para quedarse”, lamenta Katy, mientras detalla que ahora los indígenas viven en las periferias de sus comunidades, pues estas fueron tomadas casi en su totalidad por los colonos. Los indígenas ni siquiera pueden ir al bosque para recoger sus cosechas, ni al río a pescar, porque son asesinados si se topan con los colonos.

Por defender las tierras, más de 78 indígenas han sido asesinados por los colonos desde el año 2013, afirman líderes indígenas. Y, para no correr la misma suerte, miles han salido del país para proteger la vida. Solo en los últimos meses, el Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (Cejil) identificó a 300 grupos familiares desplazados hacia Costa Rica, mientras que unos mil indígenas se desplazaron a la frontera con Honduras para protegerse. Otros se han ido a Estados Unidos y Panamá.
Se contabilizan 23 territorios indígenas, en los que había unas 304 comunidades indígenas y afrodescendientes, algunas de las cuales ya han desaparecido porque los colonos las queman y destruyen para desalojar a los indígenas.
Los indígenas son los verdaderos dueños
Para 1893, cuando el dictador José Santos Zelaya llegó al poder, las tierras indígenas en la Costa de la Mosquitia, hoy Caribe del país, representaban más del 50 por ciento del territorio de Nicaragua, explica a la Revista DOMINGO la defensora de derechos indígenas, Anexa Alfred.
Los españoles colonizaron el Pacífico del país, pero no entraron hasta el Caribe, donde los indígenas se aliaron con los ingleses. “Por eso, la Costa Caribe no aparece en el área de independencia”, afirma Alfred.
Hasta 1893, la Costa de la Mosquitia permaneció como una reserva de tipo monárquico, gobernada por el rey mosco, con instituciones judiciales, policía, y “un desarrollo económico mayor que en el Pacífico”, asegura Alfred.
Como desde años atrás existía la intención de construir en Nicaragua un canal interoceánico, Estados Unidos, España e Inglaterra habían firmado acuerdos o tratados, para declarar reserva a la Mosquitia y establecieron que los indígenas eran los dueños de las tierras y debían mantener autonomía, administrando sus recursos y manteniendo sus formas tradicionales de vida.
“De ahí es que nace la demanda de la autonomía”, expresa Alfred.
En los tratados quedó abierto un apéndice que dejaba abierta la posibilidad de que la Mosquitia se podía anexar al Estado de Nicaragua “de forma voluntaria”.
Sin embargo, el dictador José Santos Zelaya invadió la Mosquitia en 1898 y “la anexó de manera forzada e ilegal”, pasando a ser parte de Nicaragua.

Desde entonces, lamenta Alfred, los políticos nicaragüenses solo han sabido “saquear” el Caribe del país. “Las políticas estatales son para ver qué se puede sacar (del Caribe), pero no para velar por los derechos de los indígenas”, dice.
En 1987, con los sandinistas en el poder, por primera vez en la Constitución Política del país se reconoció la existencia de los pueblos indígenas y como dueños de sus tierras, pero fue producto de la resistencia militar, a lo que se le conoció como la Contra “indígena”. Además, un año después, en 1988, se aprobó la Ley 28, que estableció la autonomía para los pueblos del Caribe del país.
No obstante, todavía no había una demarcación y titulación de las tierras indígenas. Tuvo que nacer una nueva ley, en diciembre de 2002, cuando la Asamblea Nacional aprobó la Ley 445, Régimen de propiedad comunal para pueblos indígenas y comunidades étnicas en la Costa Atlántica y los ríos Bocay, Coco y Maíz.
Hubo fuertes discusiones por esa ley, recuerda Alfred, porque a los indígenas solo se les quería otorgar el usufructo de las tierras, pero no reconocerlos como dueños totales.
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Alfred concluye diciendo que las tierras indígenas tienen tres características: son inalienables, imprescriptibles e inembargables. “No están para el comercio”, sentencia.
El origen del problema
Los indígenas identifican tres grandes momentos que explican las invasiones de las tierras por parte de los colonos, empezando por la aprobación de la Ley 445, porque producto de la misma en 2003 inició el proceso de titulación de las tierras indígenas y el Estado mandó a sus funcionarios, mestizos todos, a que «mapearan» las tierras indígenas y descubrieron las enormes riquezas naturales que había en las mismas.
Casi inmediatamente, llegaron al Caribe empresas madereras que sacaron los árboles más grandes que encontraron y luego salieron de la zona, pero se quedaron sus trabajadores, que vieron que había mucho más por explotar.
Un segundo momento ocurrió en 2007, con el paso del huracán Félix, el que botó una enorme cantidad de árboles, que quedaron caídos en el suelo, atrayendo a más mestizos para extraer esa madera.

Por último, entre 2013 y 2014, llegaron más colonos, esta vez, ganaderos de Chontales y otros departamentos, en busca de tierras porque las de ellos ya estaban agotadas y no daban más pasto.
Los indígenas no notaban tanto el problema porque los colonos estaban aún lejos de las comunidades indígenas, internos en el extenso bosque, pero luego el problema se agudizó porque ya los colonos arribaron a las comunidades y a los ríos donde suelen pescar los indígenas y las mujeres lavar la ropa.
“Tu hija va a ser mía”
La vida se ha tornado insoportable para los indígenas con la llegada de los invasores colonos, porque, al aproximarse a las comunidades indígenas, las quemaron y también los cultivos de los indígenas, para que estos últimos abandonen sus hogares y quedarse los colonos en posesión de sus tierras.
Solo en los últimos cinco años ha habido tres enormes masacres contra indígenas, la primera en enero de 2020, en la comunidad Alal, en el territorio mayangna Sauni As, donde los colonos abrieron fuego contra los comunitarios, matando a cuatro de ellos, e incendiaron 16 casas, por lo que los indígenas tuvieron que huir.
En agosto de 2021, el ataque de los colonos fue también en el territorio mayangna Sauni As, donde mataron a 13 de 37 indígenas misquitos y mayangnas que realizaban labores de minería artesanal en la mina de Kiwakumbaih, en el cerro Pukna.
La más reciente de las masacres ocurrió en marzo de 2023, igualmente en el territorio mayangna Sauni As, esta vez en la comunidad Wilu, donde fueron asesinados seis indígenas a manos de los colonos.
Katy, misquita que conversó para la Revista DOMINGO para este artículo, indica que los colonos llegan a las comunidades indígenas a caballo y lanzan balazos al aire, amenazando a los habitantes y los niños se asustan, por lo que corren a meterse debajo de las camas, para protegerse de “los diablos”.
“Para ellos, matar a un indígena es como matar a un animal”, explica, recordando que hace pocos días encontraron a un misquito muerto en el bosque y antes a una muchacha asesinada en el río, después de que un colono se la había llevado a la fuerza para hacerla su mujer.
“Tu hija va a ser mía”, suelen decirles los colonos a los padres misquitos, cuando ven a una adolescente.
Como los indígenas no tienen armas, porque todas se las han quitado los policías de la dictadura, y solo tienen machetes, la única manera que se pueden librar de ser asesinados es tirándose al río, porque los colonos no saben nadar.

La afectación para los indígenas es enorme debido a los colonos, porque desde siempre los misquitos han vivido de la tierra. “Por eso le decimos nuestra madre tierra”, dice Katy, quien cuenta que antes un indígena se iba al bosque, cortaba unos cuantos árboles, especialmente caoba, y luego hacía su casa.
“Ahora, cómo van a hacer sus casas nuestros hijos”, expresa Katy, señalando que los indígenas no están acostumbrados al concreto, y por eso se les hace difícil ir a trabajar a la ciudad o al Pacífico, en labores de construcción.
Como se ven impedidos de trabajar sus propias tierras, algunos misquitos han ido a la zona de Estelí a buscar trabajo, como ayudantes de construcción, pero se les hace difícil porque no están acostumbrados a ese tipo de labores. “A veces regresan a la casa diciendo que no van a volver a ese trabajo, pero hay necesidad, niños que alimentar”, cuenta Katy.
Las invasiones de sus tierras les han afectado hasta la alimentación, porque al no poder cosechar, con el poco dinero que obtienen compran comida en Puerto Cabezas, pero los niños rechazan esa comida.
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Katy afirma que antes a los niños se les alimentaba con el arroz cosechado en las tierras indígenas. Ahora, los niños rechazan el arroz comprado en las pulperías. “Es arroz también, pero no tiene el mismo sabor que nosotros cosechamos, que es tierno y no viejo como el de las ventas”, explica.
De la yuca y del plátano, los misquitos hacen harina, con la que después le hacen tortillas a los niños. Ahora, los colonos han introducido la tortilla de maíz y también el queso, la cuajada y la crema.
Un exilio doblemente duro
Slilma es otra indígena misquita que habló con la Revista DOMINGO para este artículo. Solo que ella no está en Nicaragua, sino en Costa Rica.
“Salí de mi país por defender mis tierras y mi vida”, expresa Slilma, quien afirma que su familia era dueña de mucha tierra en la comunidad en la que creció, a la cual no le menciona el nombre por razones de seguridad.
Ella vive en un barrio de San José donde hay otras 23 mujeres misquitas, algunas con hijos, pero no tienen empleo. “Conseguir papeles para trabajar acá es muy difícil y cuando voy a buscar trabajo solo me dicen: Te llamo, tráeme tantos papeles”, indica.
Slilma comenta que ella “medio habla español”, pero sus amigas ni siquiera pueden pedir un vaso de agua en castellano, lo cual dificulta más la vida en el exilio para los misquitos.

Las rentas son muy caras y los dueños de casas muchas veces no les permiten hijos. “Los niños lloran y es normal. Pero los caseros no quieren que lloren”, manifiesta Slilma. En la Costa Caribe, añade, los niños andan al aire libre, mientras que en Costa Rica deben estar encerrados.
Acostumbrada a andar descalza en su comunidad, Slilma ha tenido que adaptarse al calzado. También a comprar agua, mientras que en su comunidad iba al río cada día a lavar ropa y a bañarse.
“Si para los mestizos el exilio es duro, para nosotros los misquitos es más duro”, finaliza diciendo Slilma.
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