Paul Anthony Moreno, hijo del exjefe contra, el comandante Rigoberto, Tirzo Moreno.

El nicaragüense condenado a cadena perpetua que lucha por salir de una cárcel de EE. UU.

Paul Moreno se vio envuelto en un tiroteo en 1999 con la Policía de California, en el que murió su mejor amigo. Fue acusado de asesinato y atentar contra la autoridad y condenado a cadena perpetua. Hoy dice ser un hombre diferente y busca la libertad.

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Paul Antonio Moreno Gámez, hoy conocido como Paul Anthony Moreno, es un nicaragüense de 46 años, de los cuales los últimos 24 los ha pasado en una cárcel que está en la ciudad de Soledad, en el condado de Monterrey, en el Estado de California, en Estados Unidos.

Está encarcelado porque en la noche del 23 de diciembre de 1999, cuando tenía 21 años, manejaba su Jeep Grand Cherokee blanco, en el que le acompañaban tres amigos. La Policía los detuvo porque dos de sus acompañantes tenían parecido con jóvenes que ese día, más temprano, habían protagonizado una balacera entre pandillas, en un semáforo de la ciudad de Inglewood, en el condado de Los Ángeles.

Una patrulla de la Policía les puso las luces y los oficiales le dieron la orden de alto, pero los dos acompañantes que iban en el asiento trasero le pidieron insistentemente a Moreno que no se detuviera. Moreno aceleró el jeep, iniciando una persecución policial a alta velocidad durante 800 metros, la cual luego se convirtió en una balacera que parecía “una guerra”, según declaró una vecina de la cuadra 100 de Oak Street, en Inglewood, al diario Los Ángeles Times.

Al final, el jeep de Moreno fue detenido por una patrulla policial al chocar de frente, pero el incidente produjo en total dos policías heridos, uno de ellos con una mano fracturada, dos de los acompañantes de Moreno también heridos y con Roberto Valdez, el mejor amigo del nicaragüense, muerto.

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Moreno huyó de la escena del hecho, pero fue detenido 10 meses después y posteriormente condenado por varios cargos o delitos, en total a 125 años de cárcel más vida, es decir, a cadena perpetua.

En la actualidad, Moreno dice que es una persona diferente a la que protagonizó ese intento de fuga, en una época en la que era un joven “inmaduro”, “resentido” con su padre, y desde niño había tomado decisiones “incorrectas”, explica en entrevista con la Revista DOMINGO, vía telefónica, desde la cárcel Centro de Formación Penitenciaria de California, conocida en inglés como Correctional Training Facility (CTF).

Así es por dentro la cárcel en Soledad, California, donde está recluido Paul Moreno. FOTO/ LA PRENSA/ CORTESÍA

Moreno deja claro que él no es víctima en esta historia, sino que asume su responsabilidad, es consciente de que cometió un delito. Su lucha se basa en que, a pesar de ello, en su momento, el castigo judicial que recibió fue excesivo, pues no disparó contra los policías, ni fue su intención que falleciera su amigo Roberto Valdez, sino que su único “pecado” fue huir de los policías.

Nuevas leyes, que aún no existían en Estados Unidos en el año 2003, cuando finalizó su juicio, le permiten ahora pedir ser re-sentenciado a una pena menor.

Como estudió leyes, aunque aún no es abogado, en 2014 él mismo pidió a la Corte Suprema de California que le quitara el cargo de asesinato y los judiciales accedieron, porque quedó claro que, a pesar de que Moreno incidió en la muerte de Valdez, no era su intención matarlo.

Luego, en 2016, también le quitaron cargos por pandillas y su condena quedó reducida al intento de asesinato contra los policías que le dieron persecución en diciembre de 1999.

Una ley juvenil le permitió a Moreno en 2020 pedir la libertad condicional, basándose en que se debía considerar dar una segunda oportunidad a quienes cometieron delitos cuando eran menores de 26 años de edad, pero le negaron esa segunda oportunidad.

En total, fueron 15 los policías que realizaron la persecución, pero a Moreno solo lo condenaron por atentar contra nueve de ellos. De esos nueve, en 2020, dos enviaron cartas a la Corte para que no le den la libertad a Moreno. Esa fue la razón principal para que le denegaran la libertad.

“Paul está en la cárcel porque hubo policías involucrados” como víctimas, resume a la Revista DOMINGO su esposa Marilú Moreno, de origen mexicano, de Michoacán.

Hijo de un jefe de la Contra

Paul Anthony Moreno es hijo del exjefe de la Contra, el comandante Rigoberto, a como se le conoció a Tirzo Moreno Aguilar, un campesino originario de Yalí, en Jinotega, quien se unió a la Contra desde el nacimiento de este ejército de campesinos que luchó contra la primera dictadura sandinista, iniciada en 1979.

El comandante Rigoberto tenía 18 años de edad cuando ya era comerciante de ganado y se unió maritalmente con Thelma Gámez Avilés, con quien procreó sus primeros cuatro hijos, el segundo de ellos, Paul Antonio, nacido en 1978.

En 1980, cuando Paul Moreno solo tenía 2 años de edad, tuvo que salir con su madre hacia Honduras, porque su padre ya se le había rebelado a los sandinistas, quienes lo buscaban para apresarlo y para ello acosaban a su familia.

En 1986, cuando el comandante Rigoberto ya había juntado a toda su familia en Honduras, les consiguió visa estadounidense y los mandó a ese país norteamericano, mientras él, con los contras que eran apoyados por Estados Unidos, seguía combatiendo en las montañas de Nicaragua contra el régimen sandinista.

“Mi papá era mi héroe. Yo era un niño y quería ser como él. Solo me decían que andaba en la montaña y yo ya sabía que eso significaba que andaba en la guerra”, cuenta Paul Moreno desde la cárcel.

Tirzo Moreno Aguilar, el comandante Rigoberto, en una imagen reciente. LA PRENSA/ ARCHIVO

En Estados Unidos, Moreno, su madre, y sus otros hermanos vivieron en casa de una pariente de su padre, Blanca Aráuz Moreno. Su mamá ganaba apenas 4.25 dólares por hora, que era el sueldo mínimo en 1986 en Estados Unidos, recuerda, y la veía trabajando duro para poder suplir todas las necesidades de la familia.

Moreno esperaba que, cuando terminara la guerra, su padre regresaría con ellos, pero no fue así. Luego se dio cuenta que se había casado con otra mujer. “Me sentí abandonado, traicionado”, dice Moreno, y desde entonces comenzó a tener resentimientos contra su padre.

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Luego, la familia entera se trasladó a vivir en un proyecto habitacional para personas de escasos recursos en Los Ángeles, pero en ese lugar vio lo que nunca vivió en Honduras: violencia, drogas y racismo.

El lugar era tan violento que las autoridades californianas demolieron el complejo habitacional para que la gente se fuera de ahí, y a la madre de Moreno le dieron un dinero como indemnización.

Las cosas mejoraron económicamente un poco, pero Moreno dice que aún estaba expuesto a la violencia, especialmente a las pandillas, y también a las drogas.

Terminó en las pandillas porque vio que sus miembros tenían circunstancias similares a las suyas: eran inmigrantes, habían nacido en la pobreza y todos provenían de hogares “rotos”. Además, vio que en ellos había algo de propósito en la vida. “Solo era una máscara, por dentro todos sufrían”, recuerda Moreno.

La captura

El 23 de diciembre de 1999, Moreno recién había comprado su jeep porque trabajaba como mecánico. En la noche se fue con su mejor amigo Roberto Valdez a recoger a otros dos amigos, Víctor Manuel Flores y Daniel Arellano, todos rondando los 20 años de edad o un poquito más.

Estuvieron en una cantina, jugando billar, entre las calles La Brea Avenue y Regent Street, de la ciudad de Inglewood.

A esa hora, la Policía ya buscaba a los ocupantes de un jeep blanco que en el día se habían agarrado a balazos con miembros de otra pandilla en un semáforo de la ciudad y había un herido en el Hospital Robert F. Kennedy, en Hawthorne.

Moreno cuenta que la Policía los estaba esperando a la salida de la cantina. Eran cerca de las 11:30 de la noche. “Yo fui el único que no tomó esa noche”, dice el nicaragüense, porque andaba conduciendo.

Cuando los cuatro jóvenes iban subiendo al jeep, se acercó una patrulla policial, los oficiales les pusieron las luces y les ordenaron el alto. Pero, instigado por los dos acompañantes de atrás, que le pedían que no se detuviera, y sintiéndose acorralado y temeroso, Moreno aceleró.

Paul Moreno, a la derecha, escribiendo, durante una transmisión de CNN. LA PRENSA/ REPRODUCCIÓN DE VIDEO

La esposa de Moreno, Marilú, cree que su cónyuge aceleró porque se puso nervioso al ver que los policías los estaban increpando.

Moreno dice que dio una vuelta y chocó una primera vez contra una patrulla, y fue cuando un policía resultó con una mano quebrada. Otro policía se bajó del asiento del copiloto de la patrulla con la que chocaron y comenzó a disparar contra el jeep.

“Se armó una balacera. Alguien de los que iban atrás en mi vehículo también disparó”, dice Moreno.

Margaret Wilson, una jubilada que vivía en el lugar donde se produjo el tiroteo, dijo al periódico Los Ángeles Times que la balacera le recordó a la guerra civil que le obligó a huir en 1998 de Liberia, un país ubicado en el oeste de África. “No pensé iba a encontrarme con una guerra en mi propio patio trasero”, dijo la mujer.

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Moreno siguió tratando de huir, pero finalmente, dice el reporte de Los Ángeles Times, chocó con una acera y se volcó. Moreno cree que el choque final fue contra otra patrulla, pero no lo recuerda muy bien, sino solo que al momento del impacto su amigo Roberto Valdez salió por la puerta del copiloto y, luego de rodar en el suelo, el jeep se volcó y le cayó encima de la cabeza. Murió instantáneamente.

“No recuerdo mucho tras el vuelco. Solo que estaba acostado en el suelo, escuchando la balacera y vi a Roberto muerto, cerca de mí. Me levanté, brinqué una barda y corrí y corrí. Me ayudaron dos personas que pensaban que otros pandilleros me estaban siguiendo. Luego, me fui”, relató Moreno.

Los otros dos amigos, Flores y Arellano, también intentaron huir, pero la Policía les disparó y lograron capturarlos. Uno de ellos brindó toda la información que le pidieron las autoridades.

Moreno estuvo 10 meses prófugo. Se trasladó a vivir a otro Estado, dejando atrás a la madre de sus hijos, ahora exesposa, y trabajó como mecánico, pero no le pagaban en cheque, para que no tuviera que ir a un banco, sino en efectivo.

Los policías, cuenta Moreno, encontraron luego una cuenta de su entonces esposa y así dieron con la casa donde vivía y fue capturado el 20 de octubre del 2000.

La cárcel

Desde octubre de 2000 hasta mayo de 2003, Paul Moreno estuvo en la cárcel central del condado de Los Ángeles, mientras era enjuiciado.

Lo condenaron a 15 años de cárcel por la muerte de su amigo Roberto Valdez y a otros 20 por tenencia de armas, aunque él no andaba armas el día de los hechos. A 10 años más por pandillas que  acompañan cada cargo de intento de asesinato hacia un policía.

En total se hicieron 125 años de cárcel a vida. Esa frase “a vida” es en Estados Unidos el equivalente a lo que se conoce en Nicaragua como “cadena perpetua”. En mayo de 2003, fue trasladado a la cárcel de máxima seguridad Folsom State Prison, en Sacramento, California, donde estuvo encarcelado más de 15 años, y después fue trasladado al Centro de Formación Penitenciaria de California, en la ciudad de Soledad, donde permanece hasta hoy.

Al principio de su encarcelamiento, Moreno se sentía mal y estaba en estado de “negación”. “Me sentía víctima, pero la verdad es que desde niño había tomado decisiones equivocadas. Andaba en malos pasos, con amistades equivocadas, en pandillas”, indica.

Su ahora esposa, la mexicana Marilú Moreno, pues lleva el apellido de casada, cuenta que desde que estaban en séptimo grado era enamorada de Moreno. Y él también de ella. Pero nunca se ennoviaron porque ella miraba que Moreno era “bien tremendo”.

Moreno se casó con otra mujer y ella también hizo su vida con otro hombre. Pero, con los años, cuando ambos se habían separado de sus respectivas parejas, a través de las redes sociales de amigos que tenían en común, ella se enteró que él estaba preso y contactó a la familia para saber más. Por un año solo se hablaron por teléfono, pero después pudo verlo en persona en la prisión.

“Fue algo muy emocional. Creo que a los dos se nos hicieron mariposas en el estómago”, cuenta Marilú sobre la primera vez que se vieron nuevamente, hace 14 años.

Con su esposa actual, Marilú Moreno.

La mujer cuenta que lo encontró muy cambiado. “Él es totalmente una persona diferente. No merece estar todavía en la cárcel. Siga o no con él, seguiré ayudándolo hasta verlo libre”, dice Marilú, quien revela que se casaron hasta en 2020, cuando una ley permitió el casamiento para personas que cumplen condena “más vida”, es decir, cadena perpetua.

“Yo me he rehabilitado”, dice Moreno, por su parte.

El cambio comenzó cuando él sintió que había estado equivocado en muchas cosas durante mucho tiempo. Ya en prisión, comenzó a trabajar en la biblioteca de la cárcel, donde pudo leer bastante, especialmente de la historia de Nicaragua y la guerra de los ochenta, en la que peleó su papá. También leía sobre la historia de Latinoamérica y la de los migrantes latinos que han llegado a Estados Unidos.

Igualmente, comenzó a estudiar leyes en la cárcel, para aprender más de su caso.

En una ocasión, revisando su expediente, se enteró que en la noche en que él y sus amigos protagonizaron el tiroteo contra los policías, una niña llamó al 911, el teléfono de emergencias en Estados Unidos, pidiendo ayuda porque había intentado suicidarse cortándose las venas. Minutos después de la llamada de la niña, entró la otra en la que se pedía refuerzos porque estaban atacando a tiros a unas patrullas, que fue el incidente de Moreno y sus amigos.

A partir de entonces, los policías se concentraron en atender el tiroteo y Moreno dice que no logró saber si la niña fue atendida o no, porque todos los recursos de emergencia se focalizaron en el tiroteo.

El hecho impactó a Moreno, le dio remordimiento y no pudo dormir por las siguientes dos semanas, porque él es padre de una niña y se imaginó que la niña que pidió auxilio pudo ser la suya y tal vez no fue atendida porque unos malandros se estaban liando a balazos con la Policía.

Nunca supo del final de la niña, si la salvaron o no, pero darse cuenta de la tragedia de esa adolescente le ayudó a reflexionar aun más dentro de la prisión y comenzó a asistir a grupos de crecimiento personal, como sesiones de Alcohólicos Anónimos, entre otros muchos espacios similares que existen en la prisión. Poco a poco, se dio cuenta que había tenido “pensamientos erróneos”.

Él mismo, junto con otros dos reclusos, inició un grupo de inteligencia emocional, mediante el cual se ayuda y también a otros compañeros de prisión. Los otros compañeros con que fundó el grupo también tenían cadena perpetua, pero ya están libres, y él cree que también puede lograrlo.

Tras estudiar leyes, aunque aún no es abogado, Moreno se certificó como asistente legal dentro del penal y ha ayudado a otros reclusos a obtener beneficios legales, y también para él mismo.

En 2014 logró que la Corte Suprema de California le quitara el cargo por la muerte de su amigo y, en 2016, los cargos por pandillas y armas, que son delitos también muy graves en California.

Actualmente, Moreno cree que por la gravedad de los hechos que cometió, no es digno de obtener la libertad, pero sí es merecedor de una segunda oportunidad.

“Hoy no le echo la culpa de lo que me pasó a mi padre, ni a los policías, ni a nadie. Hoy le pido perdón a mi padre, a todas las personas que dañé y a mi comunidad. También puedo comprender de dónde venía mi resentimiento con la autoridad. No soy la misma persona. Ahora puedo darle algo positivo a la comunidad”, dice Moreno.

Con su primera hija recién nacida, cuando aún no había caído preso. LA PRENSA/ CORTESÍA

La lucha legal

Acosado por la culpa, Moreno habla de no ser digno de la libertad, pero sí merecedor de una segunda oportunidad. Sin embargo, su esposa Marilú afirma lo contrario.

Ella considera que no se puede hablar de una “segunda oportunidad” para Moreno, sino de que se haga justicia en su caso, porque fue condenado con un castigo “excesivo” para los hechos que cometió. “Si Paul hubiera sido juzgado en la actualidad, no lo hubieran condenado a tanto”, dice la mujer.

Marilú Moreno indica que su esposo sí huyó de la Policía, pero no lo acusaron por ese delito porque no amerita tantos años de cárcel. En cambio, lo acusaron por delitos muy graves que ni siquiera cometió, pues, por ejemplo, él nunca disparó a los policías, sino que fueron uno o dos de sus acompañantes, porque el fallecido, Roberto Valdez, tampoco disparó.

Una ley juvenil aprobada durante la Administración de Barack Obama le permitió a Moreno acudir en el año 2020 a una audiencia de idoneidad para libertad condicional, ante una junta de la prisión en la que se encuentra, porque cometió delitos cuando era menor de 26 años de edad.

Sin embargo, la petición le fue denegada porque dos policías, de los nueve que figuran como víctimas en el caso, enviaron cartas diciendo que no consideraban que Moreno debía quedar en libertad.

En esa audiencia, de 2020, era obligatorio que Moreno admitiera la culpabilidad de los hechos acusados, y lo hizo no solo en la parte que le correspondía.

Moreno tiene derecho a una nueva audiencia, según esa ley juvenil, en julio de 2025, pero, una nueva ley, que indica que se debe re-sentenciar a personas que fueron condenadas por hechos realizados por otras personas, le permitirá en este próximo octubre de 2024 pedir nuevamente la libertad.

Sin embargo, indica Moreno, la Fiscalía de California quiere usar ahora la admisión de culpa que él hizo en 2020 para decir que todavía no puede salir de la cárcel, pues, de lo contrario, sería como que Moreno está evadiendo su responsabilidad en los hechos. Es decir, como que está borrando la admisión de culpa en 2020, lo cual es importante dentro de la justicia norteamericana, el admitir la culpa, especialmente durante la audiencia para obtener la libertad condicional.

Con su mamá, su abuelita y su esposa.

“Yo no estaba perpetrando un crimen, solo estaba escapando de la Policía”, insiste Moreno, quien recalca que no trata de hacerse la víctima, sino que sabe que tiene responsabilidad, pero, en la cárcel “ha hecho todo y hasta más” para merecerse otra oportunidad en la vida.

Esta nueva ley también permite que se re sentencie a quienes no actuaron con premeditación, y es algo que Moreno también alega, que nunca quiso dañar a nadie, ni siquiera fue él quien disparó a los policías.

El comandante Rigoberto dijo a la Revista DOMINGO que le ha pedido a las autoridades norteamericanas la libertad de su hijo, en vista de que él peleó por los intereses estadounidenses en la guerra de los ochenta contra los sandinistas, para que no se expandiera el comunismo en Centroamérica y, otro de sus hijos, Rafael Antonio Moreno o David Rafael Moreno, también peleó por los intereses de los estadounidenses en la guerra en Irak contra Saddam Hussein y luego también en la de Afganistán.

A los nicaragüenses, el comandante Rigoberto solo les pide apoyo moral en la causa a favor de la libertad de su hijo.

Por su parte, Moreno tiene muchas esperanzas de quedar libre en octubre próximo, porque las autoridades del penal informaron de los avances que él ha tenido en prisión, en su rehabilitación, y por primera vez en su caso el fiscal de California dijo que “iba a considerar” esas mejoras en la conducta de Moreno.

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