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¿Qué tuvo que pasar en la vida de una niña de 14 años para que a esa edad terminara en la sala de emergencias de un hospital de Estelí, tapada completamente con una sábana blanca, con el cuerpo deshidratado y con el corazón cansado y dañado debido a una sobredosis de cocaína?
Se trata de María José Lanuza Mendoza, cuyo cadáver fue dejado abandonado el 18 de marzo pasado en un hospital de Estelí, donde certificaron que el fallecimiento se debió a una “intoxicación severa por cocaína”.
La tragedia inicia en el 2021, cuando a la madre le diagnosticaron cáncer de mamas y la niña, entonces de 11 años de edad, comenzó a sufrir emocionalmente, pensando en que su progenitora se iba a morir, contó esta última en un juzgado.
Al año siguiente, 2022, Lanuza, ya convertida en adolescente, empezó a tomar pastillas que conseguía en la escuela. Era tramadol, un analgésico de la familia de los opioides, llamados así por estar relacionados con la droga opio y que al ser ingeridos cambian la forma en la que el cerebro siente el dolor, generando alivio, pero tienen un problema: causan una fuerte adicción. La heroína, la morfina, la codeína, el fentanilo y la metadona son parientes de la tramadol.
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La niña se tomaba las tramadol con un energizante que es conocido como Raptor, una bebida que elimina la sensación de cansancio y sueño, y reanima, pero daña al corazón, afecta la presión arterial y produce ansiedad.
Cada vez era más frecuente el consumo de esa pastilla por parte de María José, quien comenzó a llegar a la casa con los ojos rojos cuando regresaba de la escuela. La madre, María Auxiliadora Mendoza, actualmente de 45 años de edad, explicó que su hija también se lastimaba físicamente, por lo que empezó a buscar ayuda para la menor, pero no daba con la “tecla” adecuada para resolver el problema.
En marzo pasado, cuando Lanuza Mendoza murió, en el hospital en que la recibieron ya fallecida, el Adventista de Estelí, el médico Kevin Francisco Flores Chavarría le detectó lesiones ya cicatrizadas en el antebrazo izquierdo, cerca de la muñeca, propias de heridas causadas con cuchilla Gillette. Una hermana de Lanuza Mendoza afirmó que esta última se realizaba esas cortaduras para “sentirse bien”.

Las cosas eran muy complicadas para la madre, pues debía prestar atención a su hija, pero también recibir tratamiento de quimioterapia por el cáncer, razón por la cual dejaba a sus hijas con el papá.
Poco a poco, el comportamiento de Lanuza Mendoza empeoraba. Era malcriada y no hacía caso a lo que le orientaban los padres. Todo fue más preocupante cuando la Policía tuvo que investigar una probable agresión sexual contra Lanuza Mendoza.
Los padres no podían más con el caso de su hija y no hubo más remedio que internarla. La llevaron al centro de rehabilitación Don Divino, ubicado en la comunidad La Garnacha, siempre en Estelí, donde estuvo hasta que los terapeutas dijeron que ya estaba bien, que se la podían llevar.
Lanuza Mendoza salió de Don Divino en diciembre de 2023.
Un “novio” y “amigos”
Para Wilmar José Delgado Espinoza, de 20 años de edad, hubiese sido mejor quedar preso cuando la Policía lo detuvo con 0.9 gramos de cocaína, frente a su casa, en el barrio José Dolores Estrada de Estelí, en la madrugada del sábado 27 de enero de este año 2024.
Ya eran las 2:45 de la madrugada. Iba llegando a su casa, por donde está un busto de José Dolores Estrada, cuando por el lugar pasó una patrulla policial, los agentes lo vieron sospechoso y lo arrestaron.
Como la cantidad de droga que le encontraron era pequeña, lo acusaron solo como una falta y no como un delito grave, razón por la que un juez ordenó su liberación seis días después, el 2 de febrero pasado. Y como Delgado Espinoza llegó a una mediación con la Policía, de que no volvería a consumir drogas, el mismo juez que lo liberó cerró el caso el 20 de febrero.
Para entonces, Delgado Espinoza ya tenía más de un mes de ser el novio de María José Lanuza Mendoza, quien ya había cumplido 14 años de edad. Iniciaron una relación el 10 de enero del 2024, cuando Lanuza Mendoza tenía un mes de haber salido del centro de rehabilitación Don Divino.
“No le va a gustar la pinta”, le dijo Lanuza Mendoza sobre su novio a su madre, cuando esta última le pidió que lo llevara a la casa. La madre no conoció en persona al novio de su hija, sino hasta que la menor falleció.
En vez de llevarlo a su casa, la adolescente se iba con Delgado Espinoza donde unos amigos que él le presentó: Julissa Fabiola Ruiz Rodríguez, de 21 años de edad y Joshua Alexander Talavera Acevedo, de 20. Los cuatro comenzaron a reunirse en un apartamento que rentaba Ruiz Rodríguez desde el 20 de diciembre de 2023.

El apartamento está en la segunda planta de un edificio en el barrio Alfredo Lazo de Estelí, de donde fue el cine Nancy, una cuadra al norte. Ruiz Rodríguez vivía en el cuarto número cinco, donde solo tenía una cama, un escritorio, una silla y un abanico.
El dueño del edificio, Óscar Reynel Hernández Godoy, veía que Ruiz Rodríguez era educada y siempre pagaba en tiempo y forma, pero le llamaba la atención que era de Estelí y no comprendía por qué rentaba. Fue la misma joven quien le explicó que lo hacía porque “tenía problemas con su mamá”.
En el caso del otro amigo, Talavera Acevedo, también tenía problemas familiares, incluso, estuvo recibiendo atención psicológica durante algún tiempo porque su padre, José Ángel Duarte Vallejos, casi no tenía comunicación con él y, cuando lo veía, le daba maltrato.
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La madre, Keyrin Adith Talavera Acevedo, tuvo que acusar en 2018 al padre de su hijo por violencia intrafamiliar y el hombre, para no quedar preso, dos años después, en 2020, se comprometió a modificar su conducta, a mejorar la relación con el menor, a tener más comunicación con él, a respetarlo y a corregirlo sin violencia.
Un centro de consumo de drogas
Julissa Fabiola Ruiz Rodríguez se sentía sola en el apartamento que rentaba. Entonces, a través de las redes sociales, invitaba a sus amistades a que llegaran a verla.
Eran reuniones para conversar y mitigar la soledad, pero especialmente para consumir drogas, aprovechando que ella vivía sola y no estaba bajo la mirada de su madre.
El día que la Policía allanó el inmueble rentado por la joven, tras la muerte de María José Lanuza Mendoza, encontraron seis envases de energizante Red Bull; dos botellas de Flor de Caña, una de ellas etiqueta verde; tres botellas verdes de vidrio y siete latas de cerveza. Todos los recipientes estaban vacíos, pues el contenido ya había sido consumido.
También hallaron un molino triturador, de metal amarillo, con el que molían marihuana hasta dejarla fina, y un cenicero.
La joven quedó delatada como una persona con cierta capacidad económica cuando los policías le hallaron un teléfono celular Iphone 15 Pro Max, así como por relatos de sus amigos, quienes decían que Ruiz Rodríguez era la que casi siempre invitaba. A eso se le suma el testimonio del dueño de la casa, que decía que era buena paga.
Uno de los varios amigos que llegaba a consumir drogas, invitado por Ruiz Rodríguez, era Anthony Brayan Díaz Martínez, de 19 años de edad, quien era amigo de la joven porque había sido novio de una prima de ella. Además de consumir drogas, el joven también jugaba Nintendo en el apartamento de su amiga.

El pasado 12 de marzo, Díaz Martínez vio por primera a la “niña”, así le llama, en el apartamento de Ruiz Rodríguez. Era María José Lanuza Mendoza, quien ya estaba ennoviada con Wilmar José Delgado Espinoza. La miraba normal, tranquila. En el apartamento, Lanuza Mendoza “solo se mantenía sentada, viendo televisión”, recordó el joven en el juicio por la muerte de la adolescente, porque la vio en tres ocasiones.
Delgado Espinoza y Lanuza Mendoza ya tenían días de estar llegando donde Ruiz Rodríguez. La madre de la adolescente cuenta que su hija había cambiado demasiado y estaba muy agresiva. Como no la dejaba irse con el novio, la muchacha “se tiraba por las tapias del patio”. Cuando la llamaba, le contestaba el celular, pero luego lo apagaba.
El empeoramiento de la conducta de la adolescente se le atribuyó a Delgado Espinoza, porque de él dicen que “ejercía actos de control sobre la vida” de Lanuza Mendoza, aprovechando que era mayor que ella.
Mientras tanto, el apartamento que rentaba Ruiz Rodríguez se había convertido en un centro de consumo de drogas: alcohol, bebidas energizantes como Red Bull, benzodiacepinas como clonazepam, marihuana y cocaína. Se sospecha que utilizaban hasta LSD, las siglas en inglés de la droga llamada dietilamida de ácido lisérgico.

Dos días consumiendo
La última vez que María Auxiliadora Mendoza vio con vida a su hija fue el 16 de marzo pasado. Fue un sábado. La adolescente estaba en la casa, pero la llamaron por teléfono y cerca de las diez y media de la mañana, antes de salir a la calle, dijo que iba con el novio y con unos amigos.
Ese día no llegó a dormir, pues se quedó en el apartamento de Ruiz Rodríguez con Delgado Espinoza. Se supone que en ese momento Ruiz Rodríguez andaba en León. La madre la estuvo llamando, pero solo le contestaba mensajes de texto.
Al día siguiente, 17 de marzo, igual, solo mensajes de texto. “Estoy bien, no se preocupen por mí”, respondía. O argumentaba: “Estoy con mis amigos”.
La madre la fue a buscar al parque central de Estelí y también fue al Ministerio de la Familia (Mifamilia) y a la Policía a pedir ayuda. Hasta una foto de su hija le entregó a los oficiales.
En el apartamento de Ruiz Rodríguez, quien ya había regresado de León, los jóvenes consumían drogas. Y si se acababa, mandaban a Joshua Alexander Talavera Acevedo a comprar más.
Hay unos mensajes de texto, que recuperó la Policía del celular de Ruiz Rodríguez, en la que ella le pregunta a dos personas, Anderson y Samuel, si tenían “weed”, que en inglés significa hierba, refiriéndose a marihuana. Otra conversación decía así:
–¿Tenes LSD?
–Siempre.
–¿A Cuánto?
–Vale 20 dólares cada una.
–Tráeme ocho.
–Ok.
–Tráeme solo 140 (dólares, es decir, siete unidades), para que te ganes 20 (dólares).
En otro mensaje de texto, alguien de nombre Silvio les advierte:
–“Tengan cuidado con la coca y el LSD, eso no se mezcla”.
–Ok.
–Cuidado te quedas en el viaje, eso no se combina.
Los jóvenes no hicieron caso de las advertencias y siguieron consumiendo y al siguiente día, 18 de marzo, le pidieron a Talavera Acevedo que les llevara más alcohol. Todavía ese día, Lanuza Mendoza le envió fotos de ella a su mamá por el celular. La madre, desesperada, le ordenó que regresara a la casa, pero la adolescente insistió en que estaba con su novio y sus amigos.
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No se sabe cuánta droga consumió Lanuza Mendoza ese último día de su vida, si fue más o menos que sus compañeros de consumo, pero los forenses indicaron que debió ser más de medio gramo de cocaína, más las otras drogas, como alcohol y marihuana.
Lanuza Mendoza no tenía la misma capacidad de consumo de sus “amigos”, pues era menor de edad. Solo había cumplido 14 años. Era mujer, de baja estatura y pesaba solo 120 libras. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las personas entre los 13 y los 16 años de edad, como era el caso de Lanuza Mendoza, todavía están en etapa de desarrollo, por tanto, dijo la representante de la Fiscalía en el juicio, la adolescente no podía resistir los “cócteles” de drogas que tomó el grupo ese día.
Por la edad, el metabolismo de Lanuza Mendoza era más rápido que el de sus compañeros, por tanto, también procesó más rápido la cantidad de cocaína que ingirió, que, por ser excesiva, le afectó los músculos del corazón.
“Cuando se consume este tipo de drogas, afecta el sistema nervioso central. El abuso de la sustancia entrando rápidamente en la sangre produce una afectación a nivel de los músculos y el sistema nervioso central. El estímulo produce movimientos descontrolados y afectación porque no llega el oxígeno al cerebro, por exceso de dopamina, y agiliza las palpitaciones del corazón, produciendo un espasmo que finaliza con un infarto por una dosis alta de cocaína, excesiva”, explicó la forense que revisó el cadáver de Lanuza Mendoza, Ruth Indiana Reyes Escorcia.
A las dos de la tarde de ese 18 de marzo fue la última vez que Lanuza Mendoza le envió un mensaje de texto a su madre. Después, ya no contestaba el celular.
Abandonada en un hospital
El 18 de marzo pasado, Anthony Brayan Díaz Martínez pasó la mañana despachando en un quiosco que tiene uno de sus hermanos frente a un centro de salud. Pero, a las dos de la tarde, lo llamó Julissa Fabiola Ruiz Rodríguez para que fuera al apartamento que ella rentaba.
Cuando Díaz Martínez llegó al apartamento, tocó la puerta. Nadie le abrió, pero vio que alguien se asomó. Identificó que era María José Lanuza Mendoza. Como no le abrieron, se fue a su casa. Tal vez fue fatal que no lo hayan dejado entrar.
Luego, en el apartamento, Ruiz Rodríguez, Delgado Espinoza y Lanuza Mendoza estaban totalmente drogados, tanto que la adolescente comenzó a convulsionar y seguidamente quedó inconsciente.
Ruiz Rodríguez quiso ayudarla, pero no sabía cómo. Tampoco estaba en condiciones psíquicas ni físicas para hacerlo. No llamó a ningún número de emergencia, ni a la mamá de Lanuza Mendoza, ni a otra persona más conveniente, sino que llamó a Díaz Martínez, el joven a quien temprano no le habían abierto la puerta, porque se acordó que él había estudiado un curso de rayos equis y también sabía de primeros auxilios porque algunos de sus familiares trabajan en el hospital de Estelí.

Díaz Martínez declaró que Ruiz Rodríguez lo llamó nuevamente entre las seis de la tarde y las siete de la noche, diciéndole que “la niña estaba mal y quería que le ayudara”.
Cuando llegó al apartamento, Díaz Martínez encontró a la adolescente en el piso, boca arriba. Al lado de ella estaba el novio, Delgado Espinoza, en bóxer. Y Ruiz Rodríguez estaba en la cama, haciendo nada. “Le di los primeros auxilios a María José porque los demás estaban pasados de alcohol”, dijo el joven.
Díaz Martínez subió a la adolescente a la cama y vio que no presentaba signos vitales. Procedió a ponerle el abanico para ver si volvía en sí, pero nada. Llamó a un hermano para que le dijera qué podía hacer y le contestó que la llevara al hospital. Entonces, agarró a la adolescente entre los brazos y salió para buscar un taxi, mientras Ruiz Rodríguez le pedía que en el hospital dijera que a Lanuza Mendoza la había encontrado en la calle y que no sabía quién era.
El joven le pidió al taxista que los llevara rápido al hospital Adventista, porque era el centro asistencial más cercano. Al llegar, le pidió ayuda al guarda de seguridad que le ayudara con Lanuza Mendoza. En el mismo taxi, Díaz Martínez se fue del hospital, dejando abandonada a la adolescente. “La llevé al hospital porque en ese momento no sabía que estaba muerta”, diría después.
El médico que estaba de turno en el Adventista, Kevin Francisco Flores Chavarría recibió el cuerpo cerca de las siete y media de la noche. Certificó que la adolescente estaba muerta y dio aviso a la directora del hospital, Socorro María Úbeda Herrera, quien se presentó a la sala de emergencias a ver el caso.
“Vi una niña vestida de jeans. Andaba con Converse”, recordó después la doctora Úbeda Herrera, quien se encargó de avisar a la Policía. Al día siguiente, 19 de marzo, la madre, María Auxiliadora Mendoza, recibió la visita en su casa de un policía que portaba una foto de su hija. “Acompáñeme”, dijo el oficial. Y la llevó al hospital.
Ahí estaba su hija, tapada con una sábana blanca. Había muerto con el corazón cansado por una sobredosis de cocaína.
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