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«Si vos volvés a poner algo más en contra del comandante o la compañera Rosario en tus redes sociales mañana te vengo a matar», le advirtió un civil a Oscar Bonilla, delante de sus tres hijos y su esposa, en su casa, en Nandaime. Era octubre de 2021.
Bonilla, junto con su familia, habían resistido por casi tres años, desde abril de 2018, amenazas de muerte, asedio, disparos en su casa y persecución. Bonilla y su hijo de 18 años, en una ocasión fueron encarcelados por participar de las manifestaciones contra el gobierno. Como familia vieron en la migración una solución.
«Dejé Nicaragua en contra de mi voluntad», dice Bonilla, de 46 años, quien partió un 26 de octubre de 2021 hacia Estados Unidos confiado en que con los 3,500 dólares que le pagó al coyote por cruzarlo llegaría hasta Los Ángeles, en California y luego podría seguir su camino hacia Canadá.
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Se despidió de su familia y durante abordaba un bus en Managua hacia Guatemala «la película de mi vida en Nicaragua quedó paralizada», dice mientras llora. Hasta su cruce por México, que duró mes y una semana todo iba bien. Bonilla llegó hasta la frontera de Arizona, con ayuda del coyote que había contratado, el mismo que lo dejaría abandonado después.

Coyote lo abandonó
Bonilla esperaba en un hotel en la frontera de México para cruzar el desierto de Arizona. Una mañana el coyote llegó y le dijo que era su turno. Se lo llevó a San Luis, Río Colorado, en México, junto con otros migrantes. Eran unos 120, calcula Bonilla.
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El plan era que llegarían a un portón donde se entregarían a Migración, pero unos cinco kilómetros antes de ese lugar el coyote los dejó solos. “Mi trabajo hasta aquí llega, nos dijo él y nos quitó el poquito dinero que llevábamos. Yo llevaba unos 20 dólares y algunos pesos mexicanos”, dice.
Se fueron solos, llegaron al primer portón que les había indicado el coyote y no había nada. «Yo lo agarré a puntapiés el portón para que se encendieran las alarmas y llegaran a traernos y nunca llegaron», relata Bonilla, quien se queja del exilio forzado y el peligro al que estuvo expuesto por culpa de la dictadura.
Bonilla se frustró, no sabía qué hacer. Otro grupo de migrantes se le acercó y le aseguraron que a unos 15 kilómetros, siempre sobre el muro fronterizo, había otro portón y que allí se podía entregar. De los que iban en su grupo no quisieron acompañarlo, así que se fue solo. “Como yo siempre he sido aventado quise ir a averiguar, en medio de la desesperación”, cuenta. Tampoco logró nada en el segundo portón, así que intentó regresar a buscar a su grupo, pero ya no los encontró. Entonces empezó a caminar solo por el desierto. «Se me hicieron como las 10:30 de la noche y comencé desde ese momento a recorrer el desierto solito. Yo veía unas luces cerca y creía que ya iba a llegar, pero era un espejismo», recuerda.
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En los primeros kilómetros, relata, se tomó el litro de agua que llevaba, en total, caminó, corrió casi 50 kilómetros. Ese trayecto le llevó toda la noche y madrugada. «En ese desierto tu propio cuerpo te estorba para correr, tu propio peso te estorba. Yo sentía que mis canillas se me dislocaban de las paletas, porque no podía correr más. Ya no llevaba agua. Cada vez que no podía respirar, me detenía», cuenta.
Corría y caminaba, y agarraba aire, según su cuerpo le permitía, dice. Asegura que sentía que sus piernas se le iban a zafar. “A veces no me las sentía, fue demasiada distancia la que corrí, tenía que correr para poder llegar al lugar, yo iba perdido”, dice. Bonilla iba con un pantalón de mezclilla, unos tenis y una chaqueta. Iba sin dinero, solo cargaba sus documentos.
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«Sentí la muerte en mi espalda», dice mientras recuerda que su mayor temor era encontrarse con un cártel. El abogado caminó a la par del muro fronterizo, y cuando se desorientaba dice que usaba Google Maps para guiarse. Él había activado el Maps desde que salió del hotel California y asegura que siempre tuvo señal. «¿Cómo me pasó? No me pregunte, pero Dios hace milagros. Cada vez que me separaba del muro fronterizo, yo me volvía a juntar con ayuda del mapa», cuenta.
Amaneció y Bonilla llegó hasta el final del muro, donde ya no había barrotes, otros migrantes que se había encontrado en el camino le aseguraban que ahí era donde iban a cruzar. Caminó y se encontró con unos plantíos de lechugas. Estaba en Yuma, Arizona.
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Allí descansó y se sacudió toda la arena y el polvo que traía encima. Tenía hambre y frío, dice. Estando en Yuma, se contactó con su familia en Nicaragua para que le enviaran dinero y poder irse a Los Ángeles. Estuvo en Los Ángeles un mes y trabajó en construcción. Después decidió cruzar a Canadá. «Nunca dejé de llorar porque mi familia la dejé en Nicaragua y yo sabía que estaban en riesgo. A pesar que yo ya me había venido, siempre llegaba la guardia, los amenazaba que les iban a tomar la casa, que los iban a asesinar. Y todo eso me partía la vida», relata.

Llegó a Canadá y en la frontera un agente de Migración lo recibió, le brindó una cobija y comida. Contó que era abogado y que sufría persecución en Nicaragua, firmó un documento, y luego lo trasladaron a un hotel donde estuvo tres días. No conocía a nadie y por recomendación de otros migrantes se mudó a Toronto donde viven más latinos.
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Después de estar un mes en un refugio consiguió trabajo en una fábrica, ahorró dinero y contrató a otro coyote para llevarse a su familia desde Nicaragua: su esposa, tres hijos y su nuera. Ellos cruzaron el río Bravo y se entregaron a las autoridades migratorias en Texas, en agosto de 2022. Estuvieron detenidos unos días y luego fueron liberados. De ahí, se movieron a Nueva York y abordaron un bus para Canadá donde volvieron a entregarse.
Hace ocho meses que Oscar Bonilla está con su familia en Toronto. Él y su esposa trabajan limpiando edificios y removiendo nieve. Está a la espera de su residencia en Canadá. Él tiene la esperanza de algún día volver a Nicaragua, mientras su familia dice que ya no quieren regresar.

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