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El Caribe se destaca por sus casas de tambo, es decir, son construidas sobre pilotes de madera y quedan alzadas sobre el suelo.

Familias azotadas por Eta: lo perdieron todo y ahora temen morir de hambre

En Wawa Bar, las familias pobres han quedado más pobres y aquellos que contaban hasta con tres fuentes de ingreso, lo han perdido todo. Las cosechas de la comunidad, parte de la sobrevivencia del día a día, quedaron destruidas

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En sus 58 años, doña Magda Allen dice que nunca había visto de cerca la furia de un huracán. Ni con Félix en el 2007, cuando también azotó el Caribe Norte de Nicaragua. A una semana del paso de Eta, a pesar de dar gracias por sobrevivir y no haber tenido luto en su familia, confiesa que no se siente bien. No está enferma —aclara—  sino en un estado de shock, “mi mente no me deja pensar”.

Doña Magda perdió todo. No puede ni siquiera buscar los pedazos de tablas que sostenían su casa, los colchones o su ropa entre el camino o los escombros. Todo lo que tenía yace al fondo de una poza que socavó el huracán Eta, ahí se hundió su vivienda, en la comunidad de Wawa Bar, en Bilwi, una de las zonas más devastadas de la Costa Caribe Norte de Nicaragua, donde no quedó una casa de madera en pie.

Su rostro afligido y asoleado —de tanto caminar por lo que ha quedado de la comunidad, entre basura, fango y animales muertos— mira con melancolía lo que fue su hogar. Por ahora, doña Magda se encuentra albergada en una casa más “arriba” de la comunidad. Esa construcción de concreto, a la que Eta también le arrancó el techo, refugia a otras personas que quedaron sin nada. “Me siento rara, no me siento bien, no sé qué hacer porque ahorita no tengo nada, no hay nada, no hay agua ni comida”, expresa.

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La mayor preocupación de doña Magda es que como no puede volver a levantar su casa con las tablas caídas, ni utilizar su cocina, cama o ropa, su familia debe mantenerse en los albergues de Puerto Cabezas. “No sé para dónde agarrar y no puedo traer a mis niños porque no tengo dónde estar”, declara.

Donde ahora está esa poza, antes era la casa de doña Magda Allen. Sus pertenencias están al fondo del agua, en ese hueco profundo. LA PRENSA/L. LÓPEZ

Doña Magda tiene cinco hijos, dos varones y tres mujeres, y ocho nietos. Parte de sus hijos ya habían comprado madera para construir sus viviendas, pero con la llegada de Eta todo se perdió.

“Mi casa era grande, comíamos los tres tiempos, éramos pobres pero teníamos nuestras cositas”, manifiesta. Los hijos de doña Magda trabajan de la pesca, ese era el ingreso para sustentar a la familia.

“Vivimos peor”

En Karata, también al sur de Bilwi, doña Elsa Inglish —una viuda de 80 años— se siente aún con miedo y nervios. Dice que está psicológicamente afectada porque no deja de pensar en los estragos que dejó Eta.

También se siente triste porque lo poco que tenía en su humilde casita se lo llevaron los fuertes vientos del huracán. Sin techo, sin cocina, sin cama y sin las herramientas para que sus hijos vayan a pescar, la anciana dice que si antes vivía en pobreza ahora “vivimos peor”.

“Estoy triste pero agradezco a Dios por seguir con vida luego del huracán. Yo le pido al Gobierno que me ayude con la alimentación y el techo”, declara.

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Doña Elsa señala que necesitan ayuda lo más pronto. Sus hijos no han salido a pescar, sus lanchas están dañadas, por lo que por ahora están dependiendo de la caridad de los comunitarios o de la poca ayuda que lleva el líder territorial de Karata.

Sin ganado, ni trabajo ni casa

Don Ramón Cedeño da gracias a Dios porque él y su familia sobrevivieron al huracán Eta en Wawa Bar, pero también se lamenta por la pérdida de sus negocios, y sobre todo porque era una fuente de empleo para 40 familias de la comunidad, que al igual que él ahora ya no tienen nada.

Cedeño lanza una mirada profunda tratando de escanear los daños de su casa y rápidamente agrega que ahora lo que queda es trabajar lo más pronto y salir adelante. Don Ramón sobrevivía de la venta de ganado, tenía 13 vacas, además la pesca y una venta en su vivienda, sin embargo perdió nueve vacas con Eta y las cuatro que quedaron tuvo que venderlas porque si no “van a morir de agua y hambre”.

En cuanto a la pesca, los motores de las lanchas se dañaron así como las redes. Su casa quedó sin techo y los productos de su venta se fueron con las corrientes de agua. Don Ramón calcula que los daños ascienden a un millón de córdobas, pues su día a día era la pesca y venta de camarones, pepinos de mar o langostas.

En la vivienda de Ramón Cedeño había una pequeña venta. Aparte de los daños en su casa, perdió todo la mercadería de su negocio. Debajo de su casa llegaron a parar las pertenencias de otras casas. LA PRENSA/L. LÓPEZ

“Nadie está saliendo al mar a trabajar porque se perdió todo (…) Cada día agarro cantidad de pescados, camarones, a veces agarramos 500 libras”, expresa don Ramón, quien señala que sus trabajadores ganaban al día unos 300 córdobas, “a veces menos a veces más”, pero nunca les faltó la comida.

El Caribe se destaca por sus casas de tambo, es decir, son construidas sobre pilotes de madera y quedan alzadas sobre el suelo. Don Ramón se siente frustrado porque quiere empezar a limpiar su casa, pues debajo de ella hay pertenencias de otras viviendas que las corrientes de agua las llevaron hasta ahí.  Hay lanchas, ropa, colchones, basura, palmeras y la mayor parte de su techo.

Necesita evacuar lo más rápido para que su familia regrese a Wawa Bar, pero no tiene motosierras, machete u otras herramientas para iniciar el proceso. “Necesitamos limpiar poquito a poquito, necesitamos ayuda del Gobierno”, clama don Ramón.

Buscar, recoger y lavar

La realidad de Wawa Bar es tétrica. Las únicas casas que quedaron en pie fueron las de concreto, pero aún así estas presentan grandes daños. Lo demás está totalmente destruido: casas, árboles y cosechas.

Debido a los potentes vientos, las humildes casas de madera fueron desbaratadas, otras movidas y en algunos casos hundidas, como le pasó a doña Magda. La comunidad es una escena revuelta.  Las personas que han vuelto a Wawa Bar comparten que está “irreconocible”, y una vez que ubican dónde estaban sus casas, se dedican a buscar sus pertenencias.

“Aquí han venido a llevarse sus cosas”, dice don Ramón, señalando el patio de su casa.

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Una vez que recogen la ropa de los escombros, fango y hasta de árboles caídos, las mujeres la lavan y la tienden sobre troncos para volver a usarla. LA PRENSA/JADER FLORES

Desde vasos, colchones y ropa interior, los comunitarios lo recogen todo y lo llevan a sus casas para lavarlos y “reutilizarlos”, no tienen otra opción.

En cuanto a las pérdidas de sus cosechas, las personas temen que se desate una crisis de hambre, puesto que sus siembras, principalmente yuca y plátano, se han perdido, y los árboles frutales como mango y coco, están caídos. También porque han recibido poca ayuda del régimen de Daniel Ortega, y a una semana del paso de Eta siguen clamando por agua y comida.

En medio de este paraíso en desgracia, los cocos tirados en el suelo son la solución para calmar el hambre y la sed de esta comunidad.

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