Humberto Belli Pereira

El legado de un político excepcional

En ocasión de este recién pasado 25 de febrero, aniversario del triunfo electoral de doña Violeta en 1990, se rindió un homenaje póstumo a Antonio Lacayo, su ministro de la Presidencia. En él me tocó destacar su excepcionalidad política, cosa que aspiro a repetir en este artículo.

Comparándolo con los políticos que le precedieron, Antonio Lacayo es, posiblemente, uno de los políticos más atípicos, más distintos, de nuestra historia. Quizás el más. Él rompió con tradiciones de nuestra cultura, o comportamiento político, profundamente arraigadas; entre ellas la propensión a sustituir el diálogo por las armas, a excluir o aplastar el contrario, lo que ha dejado un historial de caudillos y líderes sectarios y violentos. Nuestros héroes nacionales han sido usualmente hombres con las manos manchadas de sangre. Nuestros oradores más aplaudidos han sido los del discurso exaltado y el dedo acusador.

Antonio Lacayo, en cambio, fue profundamente pacífico y conciliador. Muy parecido a Gandhi, el líder hindú que predicó la resistencia pacífica, forma de lucha política, inspirada en los valores evangélicos del amor al enemigo y la renuncia a todo tipo de violencia, incluyendo la verbal y mental. Antonio albergaba un respeto íntimo y genuino hacia sus adversarios. Su oratoria; serena, racional, era reflejo de su espíritu. Él buscaba persuadir, no imponerse. Practicó el diálogo con todos, enfrascándose, con paciencia de santo, en sesiones interminables con adversarios desconfiados y hostiles. Algunos, influenciados por la cultura tradicional, machista, consideraron su actitud como “blandengue”. Pero la verdad es que, tras llegar al poder con doña Violeta, en una sociedad polarizada, que recién emergía de su más cruenta guerra civil, él y ella abrieron sus brazos a todos logrando la más genuina reconciliación de nuestra historia.

Otro actuar de Antonio, que confirma su excepcionalidad política, fue el haber roto con la arraigada y nefasta costumbre de poner al partido por encima de la nación; de reservar puestos y privilegios para el partidario y discriminar o excluir al adversario; de someter las instituciones y poderes del Estado al servicio del partido dominante. Tras ganar doña Violeta, Antonio advirtió que ella no sería presidente solamente de la UNO, la coalición política que la respaldó, sino de todos los nicaragüenses. Y fue algo que ambos cumplieron a cabalidad. No persiguió ni discriminó por razones partidarias, y para integrar su gabinete utilizó criterios de competencia profesional, nombrando incluso algunos sandinistas.

Corolario de su espíritu nacional, y no partidario, fue su esfuerzo por despolitizar y profesionalizar las fuerzas armadas. Nunca antes, en la historia de Nicaragua, los gobiernos precedentes habían permitido la existencia de ejércitos o policías no partidarios. Mas cuando Antonio dejó el gobierno en 1995, ambos se habían convertido en “nacionales”; habían logrado ya el primer relevo del mando, conforme las nuevas leyes, y avanzaban hacia su auténtica profesionalización. Por eso su féretro fue cubierto con la bandera azul y blanco; porque esa fue la única suya.

Igualmente, otro de sus más valiosos legados, y muestra también de su “atipicidad”, fue el haber respetado la independencia de los poderes en lugar de buscar cómo subordinarlos al ejecutivo. Al terminar el período de doña Violeta, Nicaragua contaba también por primera vez, con un poder judicial verdaderamente plural e independiente, y con un Consejo Supremo Electoral profesional y apolítico.

Fueron conquistas excepcionales de un político excepcional, cuya memoria hay que honrar; no con palabras, sino con el compromiso de luchar por ellas. Creo que, si Toño pudiese hablarnos hoy, nos diría: “¡No dejen perecer mi legado!”

El autor fue ministro de Educación en el gobierno de doña Violeta.
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Opinión Antonio Lacayo legado archivo
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