Vivimos en una sociedad que exalta la comodidad, la rapidez y el consumismo. Ofrecen la casa, el carro, el horno o la tableta de tu sueño; el mercado lucha por la prontitud en su servicio, por eso escuchamos términos como: comida rápida, costura rápida, muchas veces sacrificando el producto; o bien, la tentación abrumadora de las “ofertas” nos hacen perder la cabeza y comprar de manera impulsiva.
Toda esta actividad contribuye a que la ciudad se vuelva cada vez más ruidosa y acelerada. Hemos sacrificado tiempo familiar y búsqueda de Dios por cada uno de los afanes que a diario se nos presentan. La aspiración desenfrenada de competir para no quedar atrás, de correr para ser el primero o el mejor en el trabajo, en el negocio o en la universidad, nos ciegan y nos hacen indiferente a lo que en realidad es importante.
En estos días de reflexión, donde los cristianos debemos estar atentos a lo que sucede a nuestro alrededor, me pregunto: ¿Qué se convierte en lo más importante de mi vida, lo cual no cambiaría por nada, ni siquiera por dinero? Y en función de eso es que debo dirigir mi camino, mi esfuerzo y mi tiempo. Pero muchas veces el ruido, el afán, las distracciones y las aspiraciones desenfrenadas por la comodidad y el éxito en la vida nos apartan de lo que en realidad es importante.
Lo más significativo en mi vida es el señor Jesucristo, cumplir con su voluntad, darlo a conocer para provocar la fe en los que no le conocen, esa es la convicción más arraigada que tengo en mi ser.
Gracias a mi fe, reconozco que mi familia, mi vida y mi trabajo son las bendiciones que Él me ha dado. La presencia de Jesús en mi vida y cada uno de los regalos que Él me ha permitido gozar, se convierten en lo principal para mí, por lo que debo luchar con esmero, esfuerzo y tiempo.
Todo ello lo expreso porque estoy seguro que ese pensamiento lo ha puesto Dios en el corazón de cada uno de sus Hijos. Él quiere que vaciemos nuestra vida de los distractores que se apoderan de nuestro mundo y centremos nuestra vida en lo que en verdad es importante. Sin embargo, debemos considerar que los distractores no solo son externos, sino que también pueden albergarse en lo interno de nuestro ser.
Un corazón distraído de la presencia de Dios, es aquel que no solo busca el afán material, sino que usa su boca para herir, expresar descontento, enojo y pesimismo. Sumado a que cuando le damos la espalda a la fe en Cristo, nuestro mundo se abandona en las preocupaciones, presiones, tristezas, egoísmos y falta de perdón.
Abramos nuestro corazón al Señor Jesucristo, que no pase un solo día en nuestra vida en el que no anhelemos su presencia, porque solo cubiertos con el poder de su Espíritu Santo, esa Santa Presencia que prometió mandar a quienes le sigan con amor, es que podremos despojarnos de la inmundicia que nos distrae.
El amor de Cristo nos llenará de paz, de palabras bondadosas, gratitud, esperanza, optimismo, confianza, alegría, compasión, perdón y reconciliación. Busquemos un tiempo para encontrarnos con Cristo en oración, para estar en calma por un instante, para despojarnos de las distracciones y abrir el corazón a nuestro Salvador.
El autor es presidente de Asociación Cristiana Jesús está Vivo