Hoy, 29 de junio, se celebra en Nicaragua el Día del Maestro, ocasión propicia para rendir el homenaje que merece el magisterio nacional y reflexionar sobre la situación en que se encuentra el magisterio y el rol que desempeña en la sociedad. Se dice que desde la época de la civilización sumeria, la primera de la historia humana, hasta ahora, tres elementos fundamentales han constituido la esencia de la escuela y por lo tanto de la educación: uno, protección y seguridad; dos, ambiente humano acogedor que facilite el desarrollo de la cohesión social; y tres, espacio y oportunidad del aprendizaje y la iluminación intelectual.
Sin embargo es necesario agregar que esos elementos esenciales de la escuela y la educación, no podrían existir y funcionar sin el factor humano, si no fuera por el maestro y sobre todo la maestra ya que la mayor parte de las personas que ejercen el magisterio son mujeres.
En un país como Nicaragua, donde abundan las injusticias y arbitrariedades y escasea el reconocimiento y respeto a los méritos y los derechos de la persona, en cada Día del Maestro se habla de la deplorable situación material de los docentes como una de las causas principales de la baja calidad de la educación nacional.
En realidad, no se puede esperar que maestras y maestros maltratados profesionalmente y pésimamente remunerados, puedan impartir a sus discentes una educación de óptima calidad. De manera que no solo porque necesitan mejorar su remuneración sino por la imperiosa necesidad de mejorar la calidad de la educación, se debe retribuir el trabajo de los maestros con un salario digno y legalmente garantizado.
También es justo, por eso mismo, el reclamo de las organizaciones de la sociedad civil de que la asignación presupuestaria para la educación pública sea de por lo menos el equivalente al siete por ciento del Producto Interior Bruto (PIB), porcentaje que según los organismos internacionales es indispensable para promover efectivamente el desarrollo y reducir los índices de pobreza.
E igualmente por eso es correcta la demanda de que para poner fin a las inequidades del sistema educativo y atender como se debe las necesidades de los sectores primario, secundario y técnico de la educación, el presupuesto global educativo tiene que ser redistribuido.
De modo que no es solo por las necesidades materiales de los maestros que ellos merecen ser reconocidos y respaldados. Los maestros no son trabajadores comunes y corrientes que ejercen el magisterio solo para ganar un salario. Ellos ejercen el magisterio como una vocación de servicio. A su cuidado y atención los padres de familia ponen a sus niños, que es su más valiosa posesión, a fin de que los instruyan en las materias indispensables para desarrollar una carrera laboral y que los eduquen en los valores humanos, sociales y cívicos.
Por cierto que esto último es algo que bajo un régimen que irrespeta la libertad la democracia, como es el que impera actualmente en Nicaragua, es muy difícil, por no decir imposible, que los maestros lo puedan cumplir tal como mandan los principios de la educación democrática.