La filosofía y la política

Por Alejandro Serrano Caldera.- No me cabe duda que más de alguna persona esbozará una piadosa sonrisa al leer el título de este artículo que pretende relacionar dos categorías aparentemente irreconciliables por su naturaleza, método y objetivos, pues mientras la filosofía, se dice, busca la verdad a través de la razón, la política busca el poder a través de lo que sea y, por ello, con no poca frecuencia, poder y razón resultan dos disciplinas lejanas la una de la otra y contrapuestas entre sí.

Si trasladamos esta consideración de carácter general a la realidad particular de nuestro país, resulta todavía más evidente para quienes así piensan, y probablemente para muchos otros, la incompatibilidad de naturaleza entre poder y razón, pues la contradicción entre ambos es evidente, a menos que tomemos la razón únicamente como un medio instrumental sin ninguna relación con los valores contenidos en la finalidad que se persigue, y, por lo tanto, motivada y justificada de antemano y de manera exclusiva, por el objetivo de alcanzar, reproducir y multiplicar el poder, siguiendo la “enseñanza” de Maquiavelo de que el fin justifica los medios.

Los más recientes acontecimientos ocurridos en la Asamblea Nacional con la publicación de la Constitución en La Gaceta, para no mencionar más que un caso, nos muestran la falta de racionalidad en el ejercicio político y nos demuestran que en Nicaragua los medios se han transformado en fines y la excepción en nuestro país es la regla general. Además, las prácticas usadas por el poder han perdido, no sólo el mínimo de las formas jurídicas, sino hasta las apariencias con las que a veces se pretende ocultar comportamientos considerados poco adecuados. En cuanto a la oposición, ésta casi nunca cumple con lo que anuncia, y la regla general de su ejercicio político en la Asamblea pareciera ser la de decir lo que no se hace para hacer lo que no se dice.

No obstante esta permanente falta de racionalidad política en la que la violación de la ley se hace en nombre de la ley, no se puede dejar de reafirmar la racionalidad que exige el quehacer político y en este sentido recordar que en la civilización occidental desde sus orígenes griegos hasta hoy, la filosofía ha pretendido ser la razón de la política y ésta la práctica de la razón. Una deseada unidad entre teoría y práctica, razón y acción, logos y praxis, de tal manera que la una no sea posible sin la otra.

La razón es una forma de la realidad y la realidad es la forma tangible de la razón. La razón sin acción es teoría hueca, el espectro de la idea vaciada de contenido, y la acción sin razón es comportamiento mecánico, sin sentido, dirección y finalidad de naturaleza verdaderamente social y política. Me viene a la mente aquella frase de Henri Bergson, el gran filósofo francés, que dice: “piensa como hombre de acción y actúa como hombre de pensamiento” que sintetiza de manera admirable esta doble condición entre el pensamiento y la acción, la teoría y la práctica.

Ahora bien, desde Sócrates, Platón y Aristóteles, la realidad por excelencia es la realidad política. De la misma manera filósofos contemporáneos como Ortega y Gasset recuerdan que el yo es también la circunstancia, lo que nos circunda, el medio en que estamos inmersos (“yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”), o Heidegger que nos habla del ser como ser ahí (dasein), un estar siendo en un medio específico, o el concepto de praxis de Marx que enseña que el ser no es algo predeterminado sino que se construye a través de lo que hace.

La política para los griegos es la forma más elevada de lo social y esto es la condición de la vida humana. De ahí que relacionar la política con el bien común, definir la vida individual como resultado de la vida social, determinar las formas y sistemas de gobierno y tratar de justificar el poder como una forma necesaria de cohesión social regida por la voluntad comunitaria y el derecho, es y ha sido tarea de la filosofía. Por eso su intrínseca e indisoluble unidad.

Como expresa Paul Ricoeur en su obra Historia y Verdad , “toda gran filosofía quiere comprender la realidad política para comprenderse a sí misma… pues bien, la política no revela su sentido más que si su objetivo —su telos— puede vincularse a la intención fundamental de la filosofía misma, al bien y a la felicidad”. Y en otra parte expresa: “Lo que sigue siendo admirable en el pensamiento político de los griegos es que ningún filósofo entre ellos —a no ser, quizás, Epicuro— se resignó a excluir la política de lo razonable que ellos exploraban…”

Aristóteles en el inicio de La Política dice: “Todo Estado tal como lo conocemos es una sociedad, la esperanza de un bien y su principio, como lo es toda asociación, ya que todas las acciones de los hombres tienen como fin lo que ellos juzgan que es un bien…”

El genio de los griegos consistió, precisamente en transformar la política en una categoría filosófica, en pensarla como una creación de la razón para alcanzar el bien y la felicidad como fin universal de toda la sociedad.

Esta dimensión universal de la política es hija de la filosofía que nace con los griegos y se desarrolla con la Ilustración, la Escuela Clásica del Derecho Natural y las Teorías Modernas del Contrato Social. Ningún poder ejercido al margen de la ley, que debe ser expresión normativa de la razón, tiene justificación, ningún Estado o poder del Estado que se aleje de la racionalidad y de la voluntad general para satisfacer sus intereses particulares, tiene legitimidad.

La filosofía ha dado dignidad a la política en tanto le ha asignando un fin universal como proyecto de la inteligencia y la voluntad. Cualquier práctica fuera de la razón, la voluntad, la ley y el fin colectivo carece de legalidad formal y de legitimidad histórica.

La política, pues, aunque haya degenerado mil veces en prácticas que desmienten su finalidad, o quizás, precisamente por eso, debe ser lucha para recuperar su dignidad y superar la ambición, la corrupción y el ejercicio ciego e ilegítimo del poder.

Ningún mecanismo, llámese Estado Absoluto o Mercado Total puede sustituir el concepto y práctica de la política como expresión de libertad, voluntad y razón. Ése es el sentido que le imprimieron los filósofos griegos del siglo IV antes de Cristo al definirla como el arte del bien común y ésa es la lucha que en medio de victorias y derrotas, miserias y grandezas, ha combatido y sigue combatiendo el pensamiento y la filosofía por la humanidad de la política y la dignidad del ser humano.

Filósofo y escritor nicaragüense

Columna del día Opinión
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