Cristiana Chamorro Barrios

Don Fabio y la dignidad de la política

Asistir al primer mitin de plaza pública de don Fabio Gadea en Corinto es un encuentro de frente con la esperanza y angustia del pueblo nicaragüense. A mi lado camina sola una mujer humilde de unos 60 años, vestida con falda roja hasta los pies. Le pregunto ¿con quién y por qué anda allí?: “Están exportando los frijoles rojos a El Salvador y nosotros comiendo negros, mire cómo ando el estómago de hinchado”, se toca el vientre y sigue adelante bajo un sol infernal.

Otra me cuenta que vino de El Viejo a esa manifestación, porque “don Fabio representa libertad y futuro para el hambre que viera cómo vive mi gente, los chavalos desnutridos peor que África”. Caminamos bajo un mar de banderas rojas que no representan a toda la oposición. Uno de los dos únicos hombres que porta la Bandera de Nicaragua se me acerca y me explica que él ya dejó la liberal en su casa, porque con ésa ya no se gana: “La azul y blanco es la que hay que levantar para ganar como en los noventa, va a ver usted sólo azules y blancos vamos a ser cuando esto agarre viaje”.

En ese típico ambiente de folclor político, en medio del desorden de una campaña por arrancar, don Fabio con entusiasmo y seguridad le dice sí a Nicaragua. De una caravana custodiada por la Policía Nacional, pasa a una camioneta de tina y después del recorrido a una tarima desvencijada a tomar el lugar que le corresponde. Se dirige a los manifestantes como uno más de nosotros, pide perdón por la asoleada y ver tanta gente abajo llena de polvo. Pareciera no querer dejar de ser uno más de todos, pero decidido a ser el primero en las próximas elecciones.

Su nominación como candidato, de amplio consenso nacional y expresión de reivindicaciones democráticas de luchas anteriores, es sin duda resultado del agotamiento político de un país que toca fondo como en 1989. Al final de cuentas, es también una victoria de la determinación de una mayoría de nicaragüenses radicalmente opuestos al continuismo corrupto y antidemocrático de Ortega o de Alemán, que son la misma oferta en diferente paquete para el 2011.

Escuchar a don Fabio es presenciar un acto de reivindicación de la política. En su persona se ve una concreción de dignidad personal, sentido común, con aires de ingenuidad campesina, cuya simplicidad induce a confiar en sus buenas intenciones y ver como genuinas su búsqueda de compromisos. Ser digno en política es ser consecuente con una forma de vida, impregnada por un fuerte carácter moral. En la antigua Roma la condición principal para ser ciudadano digno era la acción política y en consecuencia un cargo de elección popular.

La “dignita” de don Fabio es la que ahora recibe un reconocimiento público, la que sorpresivamente lo sacó del “chagüital” para colocarlo como candidato de unidad nacional. Los romanos también establecieron que se es digno no sólo para recibir honores, sino representar a los demás, porque cuando un político es nominado a un cargo, su dignidad deja de ser personal y pertenece al pueblo.

El grado de ciudadano “digno” de ser Presidente, que la sociedad le ha otorgado, es a cambio que le dé a la política la oportunidad de poner el Poder al servicio de la ciudadanía, de la democracia que es la que hace más dignos a los hombres y mujeres sometidos a ella. Y eso es lo que ofreció don Fabio en Corinto en un entorno político difícil, liderado por la malicia del güegüense y un electorado mayoritariamente de jóvenes e independiente que no le conocen, históricamente escéptico a figuras públicas y políticas de corte tradicional como es el perfil de este empresario radial.

Tampoco tiene partido, maquinaria, ni dinero sólo ese sitio que representa la dignidad política de todos los que nos oponemos a la continuidad de su consuegro Alemán con Ortega y viceversa. El lugar digno con que hoy la opinión pública premia a don Fabio no lo compró con dinero. Mantenerlo no es un asunto de liquidez, sino de un alto grado de capacidad de consenso, disciplina, modernismo social y puesta en práctica de una eficaz moral colectiva.

Confiamos que en la búsqueda de un vehículo seguro a la Presidencia, no entregue su autoridad moral y en la acción política tenga valentía suficiente para no someter las esperanzas democráticas y el hambre de un pueblo que camina asoleado por las calles, a una subasta privada por las mismas curules en la Asamblea Nacional. Ante su desafío por la dignidad política de Nicaragua ojalá don Fabio piense como dijo el presidente Lincoln una vez: “Es difícil hacer a un hombre miserable, mientras sienta que es digno de sí mismo”.

La autora es periodista.

Columna del día Opinión Fabio Gadea Mantilla Ortega archivo
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí