Querida Nicaragua: El por fin reconocido como el escritor vivo de mayor relieve en la lengua española, el insigne novelista don Mario Vargas Llosa que acaba de recibir, por fin, el Premio Nobel de Literatura, acaba de escribir un artículo en la sección Domingo de LA PRENSA de Managua y que se titula “La derrota de Chávez”.
En ese artículo presenta todos los detalles de las elecciones últimas de Venezuela, en las cuales Chávez hizo todo tipo de trucos para poder salir como salió, aunque no logró su cometido. Ahora no podrá jugar con el Congreso pues no alcanza los dos tercios requeridos.
En ese artículo hay un párrafo que me permito transcribir a ustedes por lo que tiene que ver con la historia antigua y actual de nuestro país. Dice así: “Se reprocha a la oposición venezolana carecer de líderes, no tener al frente a figuras carismáticas que arrebaten a las masas. Pero, cómo, ¿todavía hay que creer en los caudillos? ¿No han sido ellos, esos horripilantes payasos con las manos manchadas de sangre, embelecos inflados de vanidad por el servilismo y la adulación que los rodea, la razón de los peores desastres de América Latina y el mundo? La existencia de un caudillo carismático supone siempre la abdicación de la voluntad, del libre albedrío, del espíritu creador y la racionalidad de todo un pueblo ante un individuo al que se reconoce como ser superior, mejor dotado para decidir lo que es bueno y lo que es malo para todo un país en materia económica, política, cultural, social, científica, etcétera. ¿Eso queremos? ¿Qué venga un nuevo Chávez a librarnos de Chávez?”
Y sigue expresando que está convencido de que América Latina sólo será verdaderamente democrática, cuando la inmensa mayoría latinoamericana esté vacunada para siempre contra la idea irracional de que sólo un superhombre puede gobernarla.
Estoy totalmente de acuerdo con el pensamiento del admirado novelista.
El caudillismo ha sido otra de las plagas ligadas al continuismo y a las reelecciones en nuestra Nicaragua. Desde el siglo pasado lo estamos viendo. Ni el conservatismo pudo liberarse del afán caudillista del general Emiliano Chamorro.
Y en el liberalismo ha sido una constante la proliferación de caudillos. Cuando el glorioso partido liberal hizo la revolución del 93 para transformar y modernizar Nicaragua, el general José Santos Zelaya no resistió la tentación, violó su propia Libérrima y se reeligió cuantas veces pudo. Jocosamente se afirma que en los tiempos de Zelaya había siempre tres candidatos que eran: Uno, José, el otro, Santos, y el tercero, Zelaya.
Después del Zelaya surgió inevitablemente el caudillaje de Emiliano hasta dar el lomazo de 1925.
Al rato nos vino el caudillo mayor, don Anastasio Somoza García, quien con sus hijos formó una dinastía que duró 45 años.
En el 79, cuando creímos liberarnos para siempre de tanto caudillaje surgió don Daniel como coordinador de la Junta de Gobierno, luego en el 85 como Presidente hasta que por presiones de la Resistencia tuvo que adelantar las elecciones que ganó doña Violeta. Sin embargo don Daniel siguió ejerciendo su caudillaje partidario “gobernando desde abajo” y ha seguido siendo caudillo de su partido sin darle oportunidad a nadie más. Hoy lo tenemos en la Presidencia como caudillo que quiere reelegirse y seguir gobernando el país por los siglos de los siglos. Es obligación de todos acabar con el sistema del nefasto caudillaje.
El autor es director general de Radio Corporación.
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