Decirlo es fácil, demostrarlo es el reto. Esto es lo que dejó pendiente un representante del presidente Daniel Ortega, que afirmó en las Naciones Unidas (ONU) que Nicaragua es hoy el país “menos desigual” de Centroamérica.
Ortega no se atrevió a dar la cara y envió a un secretario de la Presidencia, ni siquiera ministro, para que lo dijera ante cientos de presidentes y representantes de las naciones del mundo que revisaban en Nueva York los avances hacia los objetivos de desarrollo del milenio.
La desigualdad entre los habitantes de un país se reduce cuando hay más oportunidades económicas para todos, acceso mayor y equitativo a salud y educación y plena participación política, sin discriminación ni sometimiento.
Es difícil, por tanto, explicar cómo el país “menos desigual” del área ha dejado fuera del sistema educativo, cada año, a más de medio millón de niños en edad escolar (25 por ciento); y su presupuesto para educación es inferior a 4 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), cuando el mínimo ideal sería 7 por ciento.
Si la desigualdad es menor en Nicaragua, menor debería ser la emigración de su gente. Pero la fuga de fuerza laboral persiste y, aparte del medio millón de nicaragüenses asentados en Costa Rica, más de cien mil se han ido a El Salvador y otros miles buscan oportunidades en Panamá, Estados Unidos y España. Cinco de cada diez nicaragüenses desean emigrar y seis de cada diez admiten tener familiares en el exterior, según la última encuesta de M&R Consultores.
El Informe de Desarrollo Humano 2010, de Naciones Unidas, indica que en Latinoamérica “las mayores pérdidas en desarrollo humano se observan en Bolivia, Nicaragua y Honduras, donde el IDH pierde más de 20 puntos porcentuales cuando se incorporan al cálculo las desigualdades existentes en estos países”. Luego precisa que la desigualdad le cuesta a Nicaragua casi la mitad del valor de sus índices originales de bienestar.
En Costa Rica son típicas las historias de maestras nicaragüenses que han ido a laborar a ese país como domésticas, ofreciendo a las familias que las contratan la ventaja de que una educadora cuide a sus niños. En El Salvador, las enfermeras nicaragüenses tienen demanda, para atender ancianos en casas de familia.
¿Por qué han emigrado miles de maestras nicaragüenses? Por el ingreso, entre otras razones, porque en eso están en una tremenda desigualdad frente a sus colegas del resto de Centroamérica. Los salarios para el magisterio en Costa Rica, Guatemala, Panamá y El Salvador oscilan entre 400 y 560 dólares por mes. En Nicaragua ganan menos de 200 dólares.
En Costa Rica todos los niños van a la escuela y el 90 por ciento termina el primer ciclo, afirmó la presidenta Laura Chinchilla, quien sí fue a la ONU a explicar los avances de su país.
El Gobierno de Nicaragua, en cambio, sólo fue a lanzar propaganda. Éste es el país “menos desigual” y su progreso dependerá “de la innovación más genial” de financiamiento, “gracias a la solidaridad” de Venezuela. Y mientras decía eso el secretario de Ortega, Paul Oquist, más nicaragüenses cruzaban las fronteras en busca de una vida mejor.
Ver en la versión impresa las páginas: 9 A