Luis Sánchez Sancho

Cratos, el culpable originario

El ya desaparecido periodista polaco Ryszard Kapuscinsky (1932-2007), escribió en El Sha o la desmesura del poder que frente al avance del ejercicio de un poder sin frenos eficientes el pueblo se ve obligado a soportar dolores más allá de lo que le corresponde.

Se refería Kapuscinsky al pueblo de Irán que soportó el poder despótico del Sha, desde 1941 hasta que fue derrocado en 1979, como Somoza en Nicaragua. Sin embargo, la revolución que derrocó al Sha instauró un poder opresivo igual o peor que el derrocado -lo mismo que sucedió en Nicaragua— y el pueblo ha seguido soportando dolores “ más allá de lo que corresponde”.

Por su parte, el escritor argentino Enrique Pinto ha dicho en una de sus columnas en La Nación, de Buenos Aires, que “los señores del poder, sea cual sea su color, religión o ideología, han perpetrado y siguen perpetrando espantosos episodios de crueldad gratuita contra sus propios congéneres”.

Gregorio Peltzer, a su vez, observa que la trayectoria de los poderosos que oprimen a sus pueblos y causan tantas desgracias, pasa por tres etapas: (1) “la de la conquista del poder y su consolidación, (2) la de su ejercicio tranquilo cuando no existe oposición que perturbe su marcha y (3) la de la decadencia y el dramático final”.

Y el científico político Alberto Medina Méndez señala que “algunos (de los poderosos) son solo simples forajidos. Otros, algo más perversos, son personajes siniestros que sólo intentan hacer un culto del poder y que siempre se rodean de aduladores, alcahuetes y serviles. Son ellos mismos los que componen ese entorno, los encargados de confirmarle al capanga (capataz) que se trata de un ser superior, iluminado, con una inteligencia superlativa capaz de lograr lo que desee a su paso”.

En Nicaragua hemos tenido algunos especímenes de esa odiosa fauna que ha existido en todos los pueblos del mundo, salvo, quizás, luminosas excepciones. Y los peores (pero también los mejores, para sus partidarios, porque siempre hay quienes los siguen y apoyan), han sido aquí, sin duda, los dos generales Somoza y Daniel Ortega.

Pero de esta tragedia hay un culpable originario en la mitología griega. Se trata de Cratos, quien era la personificación masculina del poder.

Cratos era hijo del titán Palas y de Estigia, ninfa del tenebroso mundo subterráneo. Según escribe Robert Graves en Los mitos griegos, Palas se casó con Estigia “y engendró en ella a Celo (fervor), Crato (vigor), Bía (fuerza) y Niké (victoria)”.

Cuando se produjo la guerra entre los dioses y los titanes, porque éstos querían adueñarse del cielo y mandar en todo el universo, Cratos tomó parte en ella. Los titanes fueron derrotados por los dioses, pero Cratos sobrevivió y junto con sus hermanos Celo y Bía pasó a formar parte del séquito de Zeus. Desde entonces Cratos se convirtió en el símbolo del poder.

De manera que fue seguramente por su índole perversa que Cratos y su hermana, Bía, ayudaron a Hefesto a capturar a Prometeo, el titán que fue castigado porque tomó un poco del fuego divino para dárselo a los humanos, a fin de que pudieran tener la luz de la inteligencia. Cuenta la leyenda que Cratos y Bía cegaron y sujetaron a Prometeo, mientras Hefesto lo encadenaba a una roca donde un águila le habría de devorar el hígado, hasta que fue liberado por Heracles o Hércules.

Así de malo era Cratos. Así de perverso es el poder.

Columna del día Opinión Luis Sánchez Sancho archivo

COMENTARIOS

  1. David Castillo
    Hace 16 años

    Maestro de la mitología no te contamines con los politicos, me es placentero leer tu columna desde hace años, pero hoy me haz decepcionado al mezclar tu vasto conocimiento con la burda politica criolla de mi patria, los nombres de aquellos que fueron plasmado en la mitología no merecen estar mezclado con los desventurados caudillos de este pais. Dolor.

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