“Yo pondré la guerra”
Para 1898 Cuba luchaba por su independencia de España, cuando un acorazado norteamericano anclado en la Bahía de La Habana sufrió una explosión, aparentemente accidental. El magnate norteamericano de los medios de comunicación, William Randolph Hearst, considerado el padre del amarillismo, envió al lugar a su dibujante, Frederick Remington, quien al poco tiempo le avisaba en un telegrama: “Todo está en calma. No habrá guerra. Quiero volver”. Hearst contestó: “Usted facilite las ilustraciones que yo pondré la guerra”. El titular del periódico de Hearst fue: “El Maine partido en dos en La Habana por un infernal artefacto del enemigo”. Con esta cobertura Hearst logró que Estados Unidos le declarara la guerra a España y que los periodistas tengamos presente cada día la responsabilidad que cargamos cuando caemos en la tentación de “construir” la realidad más que “contarla”, como nos corresponde.
Fiscalía
Da asco ver cómo en la Fiscalía se reparten los casos según el interés político, lo que demuestra que estos señores están ahí no para proteger a las víctimas, como debería ser, sino para servirse de los casos, ya sea acusando con saña a los enemigos, o limpiando descaradamente cuando son amigos. Y por esa razón vemos cosas extrañísimas como el empeño enfermizo que le han puesto a uno solo de los acusados por los Cenis, y la ceguera que de pronto les agarra cuando los acusados son orteguistas.
Injusticias
Hay que recordar las palabras de Francisco Quevedo: “Donde no hay justicia es peligroso tener razón”. Y peligroso les ha resultado tener la razón a Leonor Martínez, Jaime Chavarría y el jovencito Eliézer Marín. Por sus ideas, la una resultó con el brazo quebrado, el otro con la cabeza rajada y el tercero con la columna vertebral fracturada. ¿Alguien está preso por estos delitos cometidos en pleno día ante abundantes testigos? Ni uno solo. Y hay que reconocer el esfuerzo de los fiscales para no encontrar pruebas en estos casos, a pesar de que las mismas les estallan en las narices. Una y otra vez.
Disparate
Y como por docena es más barato, al mismo tiempo que la justicia le cerró las puertas a los apaleados por el orteguismo, también hizo lo suyo con los miskitos que sostenían una demanda por crímenes de lesa humanidad contra el propio Ortega y varios más. La explicación que dio la fiscal adjunta, Ana Julia Guido, para no haber encontrado méritos para acusar es digna de una antología de disparates: “Le preguntamos a los testigos si ellos habían visto a los acusados dar la orden de cometer el asesinato o las torturas” y ninguno pudo confirmarlo. ¡Qué bárbara! Es como que en el juicio de Nuremberg se hubiese exonerado a Hitler y sus compinches porque ningún judío vio cuando dieron la orden de que los gasearan en los campos de concentración.
Mordidas
Ojo, Policía. Ojo, Irtramma. Tan “normales” se han vuelto las mordidas de parte de policías e inspectores, que conductores y taxistas ya saben que cada parada tiene un precio, haya cometido o no una infracción. Tanto es así, que hace poco un programa humorístico de televisión disfrazó a alguien de inspector de Irtramma para que le inventara problemas a un asoleado taxista, que no tuvo más remedio que dejarle 20 tristes córdobas, a pesar de que era una sarta de tonterías de lo que se le acusaba. ¿Por qué entregó dinero si sabía que todas las acusaciones eran falsas y disparatadas? Porque eso es lo que sucede diario en las calles de Managua. Se paga por circular.
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