Hace 31 años, los millares de nicaragüenses que se congregaron en la Plaza de la República, para recibir a los guerrilleros triunfantes, lo hicieron de manera espontánea, eufóricos por el advenimiento de una nueva era, ansiosos por vivir en libertad y democracia.
Hoy, gran parte de los que asistan al acto que organiza el gobierno de Daniel Ortega van obligados. Son empleados públicos a los que el partido Frente Sandinista (FSLN) pone en una disyuntiva: van a la plaza o pierden el empleo. Otros, sin trabajar en el Estado, van por las “ayudas” que el FSLN dispensa a quienes le obedecen sin reparos.
Dudo que alguien haya llegado a la plaza aquel julio de 1979 con la intención de oír un discurso trillado, ver a músicos de moda o recibir dinero o cualquier regalía, como sí sucede ahora que el FSLN también compra conciencias y votos.
En aquella ocasión un hecho históricos era suficiente para congregar a la gente. La dictadura de Anastasio Somoza, una dinastía de más de 40 años, había caído y Nicaragua estaba ante su gran oportunidad: desarrollar un sistema democrático, similar o mejor que el de su vecino Costa Rica, en que la educación y las elecciones libres sean pilares del progreso.
El nuevo gobierno de Reconstrucción Nacional traía ese propósito, según proclamara semanas antes en Costa Rica, pero nunca realizó lo básico de su programa: pluralismo político, no alineamiento y economía mixta.
Más de tres décadas después, una joven profesional que labora en una institución pública en Managua me relata que los activistas del FSLN reúnen a los empleados al menos una vez por semana para recordarles que tienen empleo gracias a Ortega y deben agradecerle. Luego les advierten que si se niegan a participar en las actividades del partido (marchas, plantones en rotondas o concentraciones en las plazas) perderán el puesto, porque la principal cualidad de un empleado público debe ser la fidelidad al FSLN.
¿Fue para eso que murieron decenas de miles de nicaragüenses, la mayoría sin pertenecer al FSLN, en la guerra contra la Guardia Nacional de Somoza? ¿Y miles más en la guerra civil de la década de 1980, cuando los campesinos se alzaron contra el régimen del FSLN y éste reclutó a los jóvenes para enfrentar a la Contrarrevolución?
La población que se sublevó contra Somoza buscaba libertad, sobre todo, para que cada ciudadano pudiera actuar según su criterio, sin miedo, sin imposiciones ni chantajes de presidentes, funcionarios públicos, comisarios políticos o militares. Por razones similares el campesinado enfrentó después, con las armas, al régimen del FSLN. Sin embargo, el cambio esencial sigue pendiente; y un indicio es que Ortega, como Somoza, aún humilla a los empleados del Estado.
La joven empleada inconforme por esas presiones no vivió aquella época, pero sabe qué quiere: “Me gustaría que en el trabajo nos dijeran ‘ustedes están aquí porque son buenos profesionales, buenos técnicos, y van a seguir aquí mientras demuestren calidad en su labor’. Pero no, no importa cuánto sepamos ni cuanto produzcamos, sino a cuantas manifestaciones vamos”.
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