El libro de Róger Matus Lazo, Nuestro idioma al día , es un sugerente estudio sobre el lenguaje, visto desde las propias fuentes que lo producen y construyen: los seres humanos. Es también un ameno ejercicio que evidencia las formas a través de las cuales la lengua se va creando en los haceres y decires de la comunidad humana y, de manera particular, nicaragüense.
El ser humano al nombrar crea y al crear designa con la palabra la identidad de lo creado en una indisoluble dialéctica en la que la acción da origen a la palabra en la que habrá de discurrir su existencia.
“El lenguaje es la casa del ser”, dice Martín Heidegger en su Carta sobre el Humanismo , pues el ser habita en las palabras que dice, en los gestos rituales y en toda forma de expresión a través de la cual se comunica.
Pero el lenguaje, entendido como palabra, o cualquier otra forma de comunicación, no sólo es la casa del ser sino el ser mismo, pues éste se da en la medida en que es posible su relación con los otros en cuya interacción, hecha de coincidencias y discrepancias, se forma el tejido de su existencia en el que se entrelazan en identidad indisoluble, el ser y el existir, el pensamiento y la acción.
Lo esencial de la Ética intersubjetiva se basa en la idea de que el yo se realiza en los demás, que el ser humano deja de serlo, o no llega a serlo, si se ve privado de esa relación intersubjetiva y social con los otros, la sociedad, la comunidad, el contexto en el que cada individualidad se alcanza como resultado del quehacer social.
Aristóteles enuncia esta idea cuando dice: “El hombre es un animal político”, que significa que el hombre es un animal social, si tenemos en cuenta que la polis era un concepto y una realidad abarcante que comprendía tanto la política y lo político, el aparato institucional, y el Estado encargado de realizarla, como también la sociedad, comunidad humana, integrada en el Estado-Ciudad y sus instituciones.
De esa forma, lo biológico venía en él subordinado a lo político, social, cultural e histórico, elementos en los que se entretejía la condición humana, en la que el lenguaje, la palabra hablada, escrita o gestual, e inclusive los a veces elocuentes silencios, venían a constituir la verdadera naturaleza del ser humano. La naturaleza del hombre es la historia, decía Hegel, afirmación que adquiere un significado fundamental si tenemos en cuenta que para él la historia era el resultado del desarrollo y desenvolvimiento del espíritu.
Cuando la persona pierde toda posibilidad de comunicación se deshumaniza y vuelve al estado de naturaleza, a la condición pre humana anterior al lenguaje. En cambio la palabra cuando nombra para designar e identificar, crea, no sólo la identidad del objeto o sujeto nombrado, sino el ser de quien nombra.
Como síntesis de lo expresado podríamos decir que el ser se forma por la palabra que crea cuando nombra. Que en la palabra se preserva la acción y la memoria de lo actuado. Que el hombre es un ser social por la palabra y en la palabra. Y que el ser crea por la palabra y es creado por ella. En eso consiste su condición de humanidad.
En el libro de Róger Matus Lazo, subyacen estas realidades y nos recuerda, desde el título mismo, que el idioma se enriquece por la confluencia de múltiples expresiones idiomáticas de diferentes sociedades que en su diversidad comparten una lengua común, es algo que se preserva porque cambia, pero al mismo tiempo nos recuerda también que sólo cambian las cosas que se preservan, que están ahí y que por lo mismo tienen presencia. Si algo se pone al día es porque existe y porque necesita cambiar e incorporar esos cambios a su existencia, pues de lo contrario perecería inmovilizado.
Para que las aguas del río de Heráclito cambien, se necesita que existan, a la vez que sólo existen cambiando constantemente, pues nadie se baña dos veces en el mismo río porque las aguas ya son otras. Y aunque el lenguaje cambia mucho más lentamente es necesario que lo haga, pues de lo contrario perecería estancado.
Entre muchas otras cosas, Matus Lazo en su libro se refiere a la juventud frente al idioma, la que al hablar frecuentemente transgrede, pero al transgredir puede también, en algunos casos, crear nuevas formas de expresión que desplacen las formas tradicionales.
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De igual manera el autor trata la influencia de otros idiomas en el español y, particularmente en el español de Nicaragua, estableciendo así un nuevo contexto cultural debido al avance de la tecnología que trasciende a un determinado grupo humano y a una determinada cultura, al hacer del mundo, como dice Marshall McLuhan, una “aldea global”.
Por eso, comenta, “algunas personas, en un alarde inusitado de anglomanía, se sienten mejor comprando en un shopping center, un automarket o un minimarket, porque centro comercial, automercado y minimercado, aún cuando son términos españoles perfectamente adecuados, los sienten de poca categoría. Por eso —dice— no me sentí extrañado cuando vi en una tortillería en un barrio de Managua, cómo una señora promociona su producto con un rótulo de lata clavado en un viejo tronco de guanacastón: “Torty market”.
Así, Róger Matus Lazo, a través de su libro y de sus artículos periodísticos, nos recuerda en los ejemplos y anécdotas lo que las teorías lingüísticas y filosóficas tratan de demostrar en sus observaciones empíricas y en sus construcciones racionales: que el lenguaje, hablado, escrito o gestual, es el signo más relevante de humanidad y, en todo caso, la prueba de la existencia del ser, y que además de lugar en donde habita el ser como lo decía Heidegger, es la esencia del mismo que se construye en la acción y la palabra, mediante la cual se conserva y renueva el idioma.
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