Querida Nicaragua: Los ciudadanos deberíamos conocer sin mayores dificultades los nombres de nuestros representantes diplomáticos en los países con los que tenemos relaciones. Sin embargo, el secretismo con que aquí se nombra a los embajadores impide que el pueblo pueda enterarse de sus nombres y sus características generales. Los nicaragüenses tenemos el derecho de saber quiénes son nuestros embajadores y el Gobierno tiene la obligación de cumplir con la ley, enviando al Congreso la respectiva solicitud para nombrar a determinada persona en un cargo diplomático, tal como lo hizo con el nombramiento del distinguido ciudadano Francisco Campbell Hoocker como Embajador de Nicaragua en los Estados Unidos de América.
Esto es lo correcto. Esto es cumplir con la ley y con la Constitución de la República.
A mí no me da vergüenza confesar que conozco a poquísimos de los señores que nos representan diplomáticamente en una cantidad de países. Conozco, porque es mi amigo, al Embajador en Guatemala, profesor Silvio Mora, conozco, por haberse mencionado tanto en los medios, al Embajador en Costa Rica, don Harold Rivas Reyes, pero no sé quién nos representa en Honduras, ni en El Salvador, ni en Méjico, ni en Panamá, ni Colombia, ni Venezuela, ni Ecuador y resto de países del Cono Sur. Y mucho menos conozco a los embajadores de Nicaragua en Europa, pues no ha sido público su nombramiento y se ha hecho ilegalmente, es decir, sin la ratificación de la Asamblea Nacional de Nicaragua.
De estas irregularidades y faltas a la ley resulta que seamos representados en Europa por un supuesto embajador itinerante sin mayor calificación para el cargo. Un señor de apellido Robelo, que vino por estos lares a fundar un Banco Europeo que al final quebró. Este mismo señor quiso incursionar en política y ser candidato a la Presidencia de la República. Con una astucia increíble y con muy poca vergüenza organizó un partidito que se llamó “Arriba Nicaragua”.
Comenzó una campaña publicitaria con una cancioncita pegajosa que la gente comenzaba a cantar por todas partes y que seguramente hubiera producido muchos adeptos para un demagogo astuto como este señor. Gracias a Dios le fue inhibida su participación en la campaña electoral de ese año y Nicaragua se pudo salvar a tiempo.
Pero resulta que el señor del cuento se volvió íntimo de don Humberto Ortega y probablemente de don Daniel, y logró que lo propusieran como Embajador en Italia, país que conoce a fondo la hoja de vida de cada solicitante; Italia no le dio nunca el beneplácito correspondiente. Entonces el Gobierno nicaragüense lo nombró enviado personal del Presidente para los países europeos, algo así como un cargo seguramente bien remunerado y sin responsabilidad alguna.
Además, los hijos de este señor gozan de otros cargos en Europa. Un hijo suyo de nombre Álvaro Robelo Raffone nos representa en Ginebra, es jefe de la misión de Nicaragua ante la oficina de las Naciones Unidas en Ginebra, Suiza, y es quien hace unos días expresó ante ese prestigioso foro que los ataques de las turbas gubernamentales, que con tan frecuencia ocurren en nuestro país, no son más que manifestaciones del pueblo de Nicaragua, que no tienen relación alguna con el Gobierno.
Ése es el resultado de nombrar individuos incondicionales con el Gobierno, sin la autorización legal del Congreso de la República. Así se explica que este Gobierno evite presentar nombres para los cargos diplomáticos. Más claro no canta un gallo.
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