Por Alejandro Serrano Caldera.- Recientemente vi en el cine la película Up in the air (Amor sin escala) que me produjo muchas interrogantes y reflexiones.
Tres personajes a través de los cuales se expresan las principales contradicciones del sistema de la especulación y el consumo, encarnan los ejes de la trama y tejen los hilos que dan forma a la estructura social y moral que, en el fondo, pienso, es el sentido principal de la película.
El primero de ellos, Ryan Bingham, llamémosle el funcionario de la compañía, representado por George Clooney, es el prototipo de la eficiencia e insensibilidad, de la concepción instrumental y mecánica de la relación de trabajo, orientada a vender y convencer de las bondades de la sociedad de consumo, por encima de cualquier otra consideración humana o moral.
Su vida, que es su trabajo, se caracteriza por los constantes viajes en avión, que lo llevan a ganar un premio en pleno vuelo al imponer un récord en millas recorridas, y por las frecuentes conferencias en las que “vende” la idea de despojarse de todo lo que no sea la acción bursátil y consumista, dejando de lado cualquier tipo de sensibilidad ajena al negocio.
El mensaje es categórico: hay que deshacerse de todo lo que ocasione problema. Hay que aliviar la mochila que nos impide caminar con celeridad, desprendiéndonos de lo que no tenga que ver con el beneficio material.
El otro personaje es una jovencita, Anna Kendrick, que ingresa a la empresa gracias a sus elaboradas y eficientes técnicas de despido que concluye con un discurso que ella, y por supuesto Clooney, considera de gran eficacia y por el cual debe persuadir al inminente desempleado acerca de que el desempleo es una fortuna, siempre que se le asuma como un reto que implica nuevas y mejores oportunidades en la vida.
El tercer personaje, Vera Farmiga, es la amante del funcionario con quien se encuentra en los aeropuertos que ambos transitan, implacable pero a la vez solícita y gentil, quien con su belleza y su sonrisa aligera el peso de las responsabilidades del funcionario, y con su presencia acompaña a su amado en las arduas y largas tareas que su trabajo le impone.
Pero resulta que el funcionario de la compañía se humaniza por el amor que ya profesa a su amante, se vuelve sensible a tal grado que iniciando una exposición en la cual, como en todas, usa la metáfora de la mochila, no puede seguir hablando, abandona el pódium y se dirige a buscarla.
Lo que encuentra destruye su sueño al descubrir que su amante tiene una familia constituida con esposo e hijos. A través del teléfono celular le reclama por haber ido a buscarla y le dice que para ella esa relación no ha sido otra cosa que un paréntesis, una forma de diversión para romper la rutina y que no piensa dejar a su familia.
El funcionario, que ha priorizado el amor sobre el sistema, queda desconcertado y busca y encuentra la restauración de sus lastimados sentimientos en el regreso a su trabajo, en los interminables viajes aéreos, en fin, en su reinserción en el sistema del que los sentimientos estuvieron a punto de sacarlo.
La amante, por su parte no experimenta ningún cambio ni enfrenta ninguna crisis. Para ella la aventura con el funcionario no altera ni sus sentimientos ni su estabilidad, son momentos de diversión y pasión que no tienen nada que ver con el amor ni modifican su sistema de vida.
En cuanto a la jovencita experta en despidos, es sacudida por el suicidio de una de las despedidas por ella, que además le dijo que se iba a suicidar si la despedía, advertencia que por supuesto no la detuvo. El impacto del hecho, sin embargo, la llevaría renunciar y buscar otro trabajo. ¿Podrá cambiar en el futuro por el recuerdo permanente de lo acontecido, o será reabsorbida y mimetizada por el sistema?
A esta pregunta para el caso de la joven empleada se suman otras referidas al sistema, la realidad y las posibilidades de cambio. ¿Se puede luchar para realizar un cambio personal dentro del sistema sin que éste, a su vez, cambie? (La persona se reforma pero el sistema sigue igual). ¿Se puede cambiar al sistema?
Ante éstas y muchas otras preguntas, habría que decir que sólo se puede cambiar la sociedad y el sistema, si las personas cambian y solo pueden cambiar las personas si cambian sus valores éticos, pues si bien es cierto que las estructuras determinan al ser humano, no menos cierto es que el ser humano crea las estructuras.
Para cambiar la estructura de cualquier sistema se debe saber primero qué se quiere cambiar y qué cosa debe sustituir aquello que se quiere cambiar. Ser realista no significa aceptar la realidad como un hecho inevitable; ser realista significa conocer la realidad para poder transformarla.
Sin pretender ir más allá de la intención perseguida por el film, creo que éste deja el mensaje de que las personas pueden cambiar aunque esto no conlleve de manera inmediata el cambio del sistema, pero también nos dice que estas personas que cambiaron, corren el riesgo de ser reabsorbidas de nuevo por el sistema y que otras, ni siquiera fueron conmovidas en su sensibilidad y en ningún caso experimentaron ninguna transformación.
Los mundos individuales que nos presenta la cinta, coinciden y difieren entre sí, en medio de una estructura económica, social, conceptual y moral, que, en primera instancia, pareciera inamovible, pero que luego, como todo lo que existe, presenta las contradicciones que son las de los seres humanos que las habitan, y desde las cuales se puede vislumbrar el horizonte de otros mundos posibles que sustituyan una actualidad que pareciera inconmovible.
Filósofo y escritor nicaragüense
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