Y Además
La escritora, historiadora y novelista estadounidense Margaret George, cuenta en su libro Helena de Troya el episodio cuando aquella mujer, que según la leyenda ha sido la más bella del mundo y de la historia, hija de un dios (Zeus) y de una mortal, siendo todavía una niña de nueve años fue iniciada en los misterios del culto a la diosa Deméter.
Helena era princesa de Esparta, y su romance con el príncipe troyano Paris, con quien huyó dejando burlado a su esposo Menelao, causó la guerra de Troya a la que cantó Homero en La Ilíada.
La diosa Deméter (llamada Ceres por los romanos y de cuyo nombre derivó la palabra cereal) era la diosa de las siembras y las cosechas, de los granos y demás alimentos producidos por la tierra. Por lo tanto, su culto estaba muy difundido entre los antiguos griegos (pero también entre los romanos), particularmente en Esparta, donde las tierras eran muy fértiles y productivas y los espartanos lo atribuían al favoritismo de Deméter.
Sin embargo el centro del culto a Deméter no estaba en Esparta, sino en un lugar llamado Eleusis (por eso el culto a Deméter era llamado “los misterios de Eleusis”), en la península de Ática, muy cerca de Atenas. Allí, en una cueva sagrada, una vez al año, al llegar la primavera, Deméter se reunía con su hija Perséfone, esposa de Hades, el dios del mundo de los muertos donde la joven diosa pasaba siempre el otoño y el invierno.
Cada año, al llegar la primavera, Deméter se llenaba de alegría pues podría reunirse con su hija. Entonces todo florecía y la tierra daba sus abundantes frutos. En cambio, al llegar el otoño y aproximarse el helado invierno, Deméter se entristecía porque su hija Perséfone tenía que irse de nuevo al inframundo. Y la tierra se volvía inhóspita y estéril.
Sobre la iniciación de Helena en los “Misterios de Eleusis”, cuenta Margaret George en su libro antes mencionado que la joven princesa fue hasta el santuario de Deméter con su familia: su padre, Tíndaro, rey de Esparta; su madre, Leda (a quien Zeus poseyó sexualmente convertido en cisne y la embarazó de Helena); su hermana Clitemnestra (quien sería la esposa de Agamenón, el rey de Argos y Micenas que comandó a los ejércitos griegos en la guerra contra Troya); y sus hermanos Cástor y Pólux, los mellizos que al morir fueron convertidos en estrellas y ahora son los Géminis del Zodíaco.
A pesar de que Tíndaro y Leda eran reyes y Helena y sus hermanos príncipes, todos ellos tuvieron que subir al santuario de Deméter en medio de la multitud de peregrinos. Y en el trayecto fueron víctimas de toda clase de insultos, incluso los más vulgares, de parte de la chusma.
—¿Por qué es necesario esto?— preguntó o más bien se quejó Helena a su padre.
—Para que todos seamos iguales— le respondió Tíndaro —y agregó: —Reyes y reinas deben soportar los insultos como todo el mundo, y no importa lo que digan, nunca podemos castigarlos por ello.
—Nos enseña la humildad— explicó la r
eina madre, Leda. —Todo mundo necesita saber lo peor que se cuenta de ellos, y mucho más aún si está siempre rodeado de halagadores».
Una hermosa lección sobre la modestia del poder, que lo dignifica. Esa era la grandeza de los griegos. Contraria a la bajeza de los poderosos de hoy, que se enfurecen con quienes los critican y hasta los mandan a matar o dejan morir a los que se atreven a criticarlos. Como en Cuba.
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