Por Silvio Avilez Gallo
La diplomacia es un arte y una ciencia que requiere dedicación, estudio y profesionalismo para cumplir con su principal propósito: ser instrumento de negociación en la búsqueda de armonía y paz entre los pueblos. Es un arte que demanda refinamiento, intuición e inspiración, pero también es una ciencia con principios, métodos y reglas de estricta observancia por parte de quienes se dedican al noble oficio de representar a sus países y ser al mismo tiempo puentes humanos de unión entre pueblos hermanos.
En la diplomacia tradicional, la mesura del lenguaje es una condición esencial, en tanto que el arte de negociar exige no sólo prudencia, sino y sobre todo reserva. Cuando un asunto importante y delicado trasciende al conocimiento público, su manejo se hace sumamente difícil porque intervienen generalmente elementos extraños que hacen más complicada la búsqueda de un acuerdo satisfactorio. La diplomacia de plaza pública es enemiga acérrima de aquélla que hace de la discreción la principal virtud de la negociación.
Por desgracia, los tiempos que corren han cambiado el concepto de la verdadera diplomacia, que hoy en día se caracteriza por el histrionismo populachero y por la procacidad del lenguaje de quienes deberían servir de ejemplo para sus conciudadanos.
El chafarota de Hugo Chávez nos tiene acostumbrados a su habitual verborrea a tal punto que ha inaugurado, como parte del “combo” del Alba, lo que podría denominarse “diplomacia del siglo XXI”. Y así vemos con tristeza cómo el arte y la ciencia de manejar las relaciones entre Estados soberanos no sólo las ha convertido en vocinglería propia de un mercado pueblerino, sino que también ha creado una escuela que cuenta con seguidores. ¡Cuán lejos estamos de la elegancia y el refinamiento del diplomático tradicional, como reflejo del respeto que se deben los Estados!
Hace poco, el gobernante de Nicaragua llamó “pirata holandés” al presidente de la Internacional Liberal porque tuvo la “osadía” de cuestionar algunas acciones anticonstitucionales de su gobierno, en tanto que su Canciller llamó “paisucho” a Holanda por la misma razón, sin reflexionar que los Países Bajos fueron una de las potencias marítimas de la época de los grandes descubrimientos y actualmente son uno de los integrantes más dinámicos de la Unión Europea que han cooperado generosamente con Nicaragua. Si Holanda es un “paisucho”, entonces Nicaragua todavía se halla en la etapa de proyecto de país
- Live While Were Young
- Diamonds
- More Than Friends
- Locked Out Heaven
- Feeling Alive
- Scream And South
- Party Aint Over
- Limbo
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Para no ser menos que Chávez, que calificó de “desgraciado”, “mafioso”, “bastardo” y “traidor” al presidente Uribe de Colombia por cadena (obligada) de radio y televisión, el presidente García del Perú hizo recientemente alusión a Chile como una “republiqueta” a propósito de un presunto caso de espionaje que ha tensionado aún más las relaciones siempre difíciles entre países limítrofes, que además mantienen un diferendo pendiente de resolución en la Corte de La Haya. Ni la condición de mujer salvó a la presidente Bachelet de ser blanco de sus insultos y sarcasmos, pero a diferencia de su homólogo, ella prefirió mantener una actitud digna y respetuosa e instó al gabinete de Gobierno a conservar la calma mientras se investigan los hechos denunciados en el voluminoso expediente entregado por el gobierno peruano a la Embajada chilena en Lima.
Pero esta crisis de la diplomacia tradicional también ha afectado a los organismos internacionales, que han dejado de lado la moderación característica de los foros mundiales para convertirse a veces en verdaderos energúmenos injerencistas, como se vio en el caso de la crisis hondureña. El Secretario General de la OEA y el entonces Presidente de la Asamblea General de la ONU obviaron el lenguaje circunspecto de rigor y se convirtieron en denigradores de la dignidad de un pueblo orgulloso de su civilidad, como demostró ser Honduras a propósito de la sucesión constitucional del depuesto presidente Zelaya. Lejos de mostrar la imparcialidad que se esperaba de ellos, pretendieron convertirse en fiscales de un reo condenado de antemano sin gozar del derecho de defensa y del debido proceso. Tampoco escapó de esta tendencia el presidente Arias de Costa Rica en su rol de mediador, ya que desde un principio tomó partido sin ambages por el depuesto mandatario y buscó —sin lograrlo— poner de rodillas al presidente Micheletti al querer obligarlo a aceptar una negociación que violaba la Constitución y la institucionalidad hondureñas.
Lo grave en este caso es la transgresión a las normas e instrumentos de la diplomacia, como sucedió con el ingreso irregular del ex presidente Zelaya a la sede diplomática del Brasil en Tegucigalpa sin que se hubieran observado los requisitos que el derecho diplomático y las convenciones internacionales exigen en estas circunstancias. Todavía sigue sin definirse la situación jurídica del incómodo “huésped”, en tanto que Itamaraty —considerada con justicia una de las academias diplomáticas de mayor prestigio del mundo— permite que el “visitante” lleve a cabo, desde su refugio, actividades políticas a todas luces incompatibles con la permanencia de Zelaya en la embajada brasileña.
Muchas cosas han cambiado para peor desde que el comandante Chávez, con su singular estilo chabacano y su lenguaje de cuartel, decidió botar la careta de demócrata con la que fue elegido por el pueblo venezolano, para finalmente convertirse en un auténtico dictador que irrespeta no sólo las leyes de su país, sino que se ha erigido en abanderado de una nueva diplomacia que consagra el insulto, la vulgaridad y la ordinariez, aplicados sin el menor reparo a cualquier mandatario o país que no esté de acuerdo con sus sueños hegemónicos de dominación del mal llamado “bolivarianismo”, que en sí constituye una profanación y un irrespeto a la figura del Libertador de América del Sur.
La diplomacia estilo Chávez no sólo ha dejado de forjar vínculos entre los países, sino que se ha dedicado hasta a destruir los puentes físicos que se construyeron precisamente para unirlos e integrarlos.
El autor es diplomático, fue Embajador de Nicaragua en Chile
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