Continuando con el tema de los dioses de la mitología nórdica, según solicitud de Melba Ruth Reyes Muñoz, me referiré ahora a Thor, el segundo más importante de los antiguos dioses escandinavos (el primero era Odín).
Thor era hijo de Odín y Jord, la diosa original de la tierra, de cuando ésta se encontraba desolada e inhabitada, pues los humanos aún no habían sido creados. La figura de Thor era imponente: la barba de un rojo flamígero, ceñido con un cinturón de fuerza y blandiendo un colosal martillo mágico con el que aplastaba a sus enemigos y el cual después de ser arrojado siempre retornaba a las manos de su dueño.
Thor se movilizaba en un carruaje halado por dos grandes cabras, de cuyos cascos y dientes brotaban chispas. Thor lanzaba llamaradas por los ojos y su cabeza estaba coronada de estrellas. Pero a pesar de su aspecto feroz y de su carácter terrible cuando combatía, Thor tenía también un carácter apacible y bondadoso. Por eso se le consideraba como dios de la primavera, el dominador de los gigantes del crudo frío invernal.
La esposa de Thor era Sif, quien tenía la cabellera de oro y era también diosa de la tierra, pero de cuando ésta ya estaba poblada por los humanos. Además Thor tuvo relaciones extra matrimoniales con Jarnsaxa, con quien procreó a Magne y Mode, dioses secundarios que simbolizaban la fuerza y la valentía.
Heinrich Niedner, eminente filósofo, humanista y mitólogo de Dinamarca, quien nació en 1875 y murió en 1932, escribió en su libro Mitología Nórdica que el reino de Thor se llamaba Thrudvag (la nube de los truenos) y su palacio era conocido como Bilskirner (el rayo que ilumina el cielo). Agrega Nierdner que Thor poseía tres objetos extraordinariamente valiosos. El primero era un maravilloso martillo de combate llamado Mjolner, con el que combatía y derrotaba a los gigantes del frío. El segundo era un cinturón mágico denominado Megingjarder, que le daba la fuerza y la valentía; y el tercero un guante de hierro que se debía poner siempre que tenía que esgrimir y usar el martillo.
Por su parte, el eminente mitólogo francés a quien cito a menudo en esta columna, Jean Francois Michel Noël (1755-1841), escribió en su monumental Diccionario de Mitología Universal en dos volúmenes que Thor es “la más poderosa y más grande de las divinidades inferiores (pues la superior es Odín, su padre), mediadora entre el ser supremo y los hombres. Reina en los aires, lanza el rayo, distribuye las estaciones, excita o calma las tempestades”.
Sin embargo Thor no era inmortal, puesto que las divinidades de la mitología escandinava y nórdica no poseían el atributo de la inmortalidad. De manera que cuando llega el crepúsculo de los dioses (Ragnarok), o sea el momento de la destrucción total que es al mismo tiempo la hora de la regeneración de los dioses y de los hombres, Thor muere al igual que Odín y todas las demás divinidades.
Thor mata a la monstruosa serpiente Midgard, la representación del mal. Pero de las fauces del maligno monstruo brota una arrolladora corriente de veneno que ahoga a Thor. La simbología de esto es que, como dice el antes mencionado mitólogo danés, Heinrich Niedner: “El viaje a través de la vida ha sido largo, y no obstante, aún no hemos alcanzado el fin, pues el fin es también el principio”.
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