El martes y miércoles de esta semana (27 y 28 de octubre) se realizó en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma una conferencia científica internacional denominada La Santa Sede y los sistemas totalitarios en el siglo XX.
Según información del medio católico Religión Digital, la conferencia fue inaugurada por el secretario de Estado del Vaticano, cardenal Pietro Parolin, quien habló en nombre del papa León XIV. Y aunque el título de la conferencia se refería a los sistemas totalitarios en el siglo XX, en la conferencia se precisó que el totalitarismo persiste en el siglo XXI, en diversos países. Ha cambiado algunas formas, pero su contenido maléfico es el mismo.
Uno de esos países es Nicaragua, donde el régimen totalitario reprime la libertad de religión y decenas de religiosos y religiosas (entre ellos 4 obispos de la Iglesia católica) han sido desterrados por la dictadura que además les ha confiscado numerosas propiedades.
Es que, como lo subrayó el cardenal Parolin, “si bien los regímenes totalitarios históricos, como el nacionalsocialismo, el comunismo y el fascismo, ya pertenecen al pasado, no ocurre lo mismo con el fenómeno totalitario en sí, que surge de la tentación humana de querer ser como Dios, controlar la forma de vivir y de pensar de la humanidad e imponerle las propias convicciones ideológicas”.
Tal es el caso de Nicaragua, donde los endiosados codictadores Daniel Ortega y Rosario Murillo con invocaciones religiosas tratan de justificar su régimen despótico, la represión policial y las medidas institucionales y constitucionales para perpetuarse en el poder y heredarlo a su familia.
Parolin advirtió que los regímenes totalitarios prometen “la realización de una utopía social en este mundo”, dando vida a “religiones políticas, con sus propias liturgias, profetas, mártires y normas ética que disolvían —y disuelven— a la persona humana en el colectivo omnicomprensivo. Y, además, desencadenando “una ola de persecuciones contra la Iglesia católica”.
El cardenal también habló sobre la actitud de la Iglesia ante los regímenes totalitarios, desde los tiempos del papa Pío XI (1857-1939) que lidió con los regímenes nazi fascista y comunista de Europa. Pío XI, quien fue el sumo pontífice desde 1922 hasta su muerte en 1939) “en un intento por proteger a los católicos europeos que vivían bajo esos regímenes, optó en un primer momento por ‘la vía de la concertación’ tanto con la Unión Soviética como con la Italia fascista (los Pactos de Letrán) y con la Alemania nazi (el Concordato). Solo con Italia se mantuvo la relación, pero se trataba, en cualquier caso, de relaciones frágiles con socios sometidos a ideologías enemigas del cristianismo”.
Ni Hitler ni Stalin dejaban de perseguir a la Iglesia, de manera que “en marzo de 1937 Pío XI publicó tres cartas encíclicas que condenaban el nacionalsocialismo, el comunismo y el régimen liberal-socialista anticatólico de México”. Según aseguró el pontífice, «todas esas desviaciones heréticas derivaban del mismo materialismo que, al negar a Dios, pretendía traer al mundo una nueva salvación a través de medios humanos revolucionarios”.
Más adelante, con el mismo buen propósito de aliviar el sufrimiento de los católicos perseguidos por el totalitarismo comunista, el papa Pío XII hizo intentos por lograr acuerdos con las “democracias populares”, como se denominaron los regímenes impuestos por la Unión Soviética en Europa del Este, al finalizar la II Guerra Mundial. Buscando cómo “aliviar el sufrimiento de los católicos perseguidos”, Pío XII intentó negociar con Checoslovaquia, Hungría y Polonia, pero los regímenes comunistas interrumpieron todo diálogo… Esto condujo a los decretos de excomunión entre 1949 y 1951, con los que se condenaba cualquier colaboración con la ideología comunista, expresando, no obstante, solidaridad espiritual y concreta con la ‘Iglesia del Silencio’”, como se llamó a las comunidades católicas clandestinas de los países comunistas.
Sobre Juan Pablo II, a quien llamó “el papa de la caída del muro” de Berlín, el cardenal Parolin recordó que mantuvo las negociaciones con Europa del Este. Pero, “convencido de la debilidad de los regímenes comunistas, centró sus energías en la movilización de las conciencias cristianas, en el fortalecimiento de la identidad histórica y cultural de los pueblos europeos, anclada en el cristianismo, y en la renovación de la unidad del continente, que debía volver a respirar con ambos pulmones”.
Parolin no mencionó a ningún país totalitario de la actualidad. Pero la posición de la Iglesia católica es la misma. Rechaza el totalitarismo, pero se mantiene abierta a lograr acuerdos que permitan a los católicos, lo mismo que a los creyentes de cualquier otra religión, practicar libremente su fe.