¿Qué es lo que más necesita Nicaragua?

A veces lo macro no nos deja ver lo micro. Vemos el bosque, pero no los árboles. Nicaragua tiene un gran problema político, es verdad. Sufre la tiranía más atroz e inmoral de su historia y removerla es una necesidad imperiosa. Pero debajo de esa superestructura maligna hay todo un universo de familias, de hombres y mujeres, cuya conducta deja mucho que desear; una infraestructura podrida cuyo cambio es aún más imperativo.

La razón es doble: por una parte, porque ambas estructuras se influyen mutuamente. Un liderazgo político corrupto corrompe a la ciudadanía, y una ciudadanía corrupta alimenta liderazgos corruptos. La triste historia política de Nicaragua no es producto de la mala suerte. Sus repetidas dictaduras, guerras civiles y malos gobiernos no han sido accidentes históricos o algo sobrepuesto a una ciudadanía justa y honrada. Al contrario, en gran parte han sido producto de una población con graves déficits éticos. El famoso dicho de que todo pueblo tiene el gobierno que se merece, aunque en cierto caso exagerado, suele tener cierta dosis de verdad.

Basta escarbar un poco nuestra realidad cotidiana para advertir la frecuencia con que el engaño, el robo, el oportunismo y una letanía de vicios y defectos están presentes en una proporción muy grande de personas. Es cierto que existen también los casos de personas virtuosas, generosas y leales, pero difícilmente encontraremos quien piense que son mayoría.

La otra razón es porque buena parte de los sufrimientos, abusos y opresiones que viven los nicaragüenses son independientes de los gobiernos y proceden más bien de factores culturales dañinos y muy persistentes. La vida de un considerable porcentaje de nuestras familias, con particular agudez en las clases pobres, es atroz. Podrá en ellas haber muchas risas y ocasiones festivas, pero también muchas lágrimas, traiciones, rupturas y violencias. Un error común es atribuir dichas patologías a las estructuras socio políticas, omitiendo el decisivo papel que juegan en ella lo que los antropólogos llaman la cultura de la pobreza; pautas de comportamiento que contribuyen a perpetuarla y que obstaculizan la creación de una ciudadanía responsable.

La mejor descripción de lo que es esta cultura se la debemos a Oscar Lewis, autor de su famosa obra Los hijos de Sánchez. Entre sus muchos rasgos él menciona la alta incidencia de alcoholismo, de violencia al zanjar dificultades y contra sus niños y esposas, la temprana iniciación en la vida sexual, uniones libres o matrimonios no legalizados, una incidencia relativamente alta de abandono de madres e hijos. Una consecuencia neta es al alto porcentaje de niños que crecen sin padre, y la sobrecarga financiera y psicológica que sufren las madres.

Si se trata de liberar al pueblo y procurarle una vida más feliz no basta con los cambios en la superestructura política. Se necesita encontrar remedios para estos factores que van más allá de los esfuerzos gubernamentales. Ese pasa por el esfuerzo de cambiar los valores. Y aquí llegamos a un factor que muchos científicos sociales seculares, entre ellos Ivan Vallier consideran clave: “La religión es única, entre las instituciones humanas, en su potencial y capacidad de crear estándares universales de conducta socio ética”. El cristianismo, en particular, ha sido la fuerza civilizadora más grande que ha conocido la humanidad. Más espacio permitiría ilustrar esta verdad.

Algunos se mofarán de esta afirmación señalando que Latinoamérica tiene siglos de ser cristiana sin lograr los ideales éticos deseados. Pero la verdad, documentada, es que el esfuerzo evangelizador del continente ha sido tremendamente insuficiente. No sólo la asistencia a misa en una cuarta parte de la que medida en Estados Unidos, sino que buena parte de su religiosidad en ritualista sin alcanzar la conducta. Lewis observaba como sus habitantes “raramente acuden a la confesión o la misa y, en cambio, rezan a las imágenes de santos que tiene en su propia casa y hace peregrinaciones a los santuarios populares.” Pablo Antonio Cuadra decía, por su parte, que “el pueblo nicaragüense en su mayoría tiene sentimientos cristianos, pero no moral cristiana”.

La evangelización del país está en gran parte pendiente. Nicaragua necesita para cambiar desde abajo hasta arriba una profunda renovación moral y el mejor instrumento para lograrla es la religión cristiana. Una nueva, profunda y mantenida evangelización, es lo que más necesitan sus habitantes y el país entero. Aún más que el necesario cambio político.

El autor es sociólogo e historiador. Autor de En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

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