El brillante futuro de Europa

Nací en Alemania, estudié en Suiza y el Reino Unido, y presté servicio como oficial de reserva en la Armada francesa. Hoy soy ciudadano francés y dirijo una empresa francesa que opera en más de 50 países. Soy, ante todo, europeo.

Mi historia personal refleja los logros de Europa: países que lucharon entre sí durante siglos forjaron una unión caracterizada por la paz, la libertad y la prosperidad, basada en la democracia y el Estado de derecho, y comprometida con la solidaridad y la protección social. Sin embargo, nos hemos acostumbrado tanto a estas condiciones que a menudo las damos por sentadas. Mientras que quienes no forman parte de la Unión Europea siguen considerándola, en gran medida, un modelo de libertad y oportunidad, los europeos tendemos a centrarnos en nuestras debilidades: una burocracia engorrosa, poblaciones envejecidas, inercia tecnológica y escasez de líderes mundiales en sectores clave.

Estas debilidades son reales, pero difícilmente insuperables si actuamos ahora. Cuanto más tardemos en afrontar los desafíos que se nos presentan, menos confianza tendremos en nuestra capacidad para hacerlo. A medida que la rápida transformación tecnológica y la intensificación de las rivalidades estratégicas generan una profunda incertidumbre e incluso un riesgo existencial, lo último que necesita Europa es perder de vista sus fortalezas.

Estas fortalezas son considerables. La UE representa alrededor del 20 por ciento del consumo mundial: es el mayor mercado único del mundo, con normas y reglamentos transparentes. Gracias a tasas de ahorro tres veces superiores a las de Estados Unidos, los europeos acumulan 35 billones de euros (39 billones de dólares) en ahorros. La eurozona presenta una tasa de ahorro media estructuralmente alta, que históricamente oscila entre el 12 por ciento y el 15 por ciento (e incluso es superior en países como Francia y Alemania). Tan solo las aseguradoras europeas gestionan unos 10 billones de euros en activos.

El reto consiste en movilizar una mayor parte de este capital para la educación y la investigación, la innovación, las transiciones ecológica y digital, y la defensa. Para ello, la UE debe culminar su Unión de Ahorro e Inversión, largamente debatida, cuyo objetivo es fomentar el desarrollo de los mercados bancarios y de capital compartido. Sin embargo, la inversión por sí sola no bastará para lograr un sector tecnológico de vanguardia, considerado esencial para la competitividad futura de Europa.

Como señaló Mario Draghi, según el informe de 2024 sobre la competitividad europea la brecha de productividad entre la UE y EE. UU. se debe en gran medida a la divergencia entre sus sectores tecnológicos. La pregunta es qué ha impulsado esta divergencia. ¿Por qué Europa se especializa en la innovación incremental —mejorando lo que hemos construido durante décadas, como los automóviles— en lugar de generar innovación disruptiva?

Parte de la solución reside en la regulación, en particular de los mercados laborales. Con algunas excepciones —sobre todo las economías escandinavas, con su modelo de “flexiseguridad”—, se busca proteger a los trabajadores del desplazamiento. Esto hace que la introducción de nuevas técnicas y el desarrollo de nuevas actividades sean más difíciles en los países europeos que en Estados Unidos o China.

El modelo social europeo es una de sus mayores fortalezas, y la protección social constituye la esencia de la identidad europea. Sin embargo, garantizar la seguridad no debe convertirse en una búsqueda para eliminar todo riesgo. En lugar de frenar la innovación con el fin de preservar todos los empleos tal como existen hoy, Europa debe ayudar a las personas a afrontar las transiciones venideras.

Con demasiada frecuencia, el modelo social europeo interviene demasiado tarde, cuando los trabajadores ya han perdido sus empleos y sus habilidades se han vuelto obsoletas. En lugar de adoptar una postura defensiva, deberíamos intervenir activamente a medida que surgen las innovaciones. Los europeos deben estar protegidos de los riesgos del cambio, pero también del riesgo del estancamiento. Al esforzarnos demasiado por evitar la disrupción, desalentamos la experimentación, la inversión y el espíritu emprendedor.

Es fundamental preservar el modelo de bienestar europeo, por lo que debe modernizarse y financiarse de forma sostenible. Entre las prioridades se incluyen el aumento de la edad de jubilación, el incremento de las tasas de empleo mediante un mejor acceso a la formación continua y el apoyo a las transiciones profesionales, así como la mayor disponibilidad de planes de ahorro a largo plazo asequibles. Invertir en salud preventiva —fundamental para que las personas se mantengan sanas e independientes durante más tiempo— y desarrollar servicios de atención a largo plazo adaptados a una población que envejece también son esenciales.

Estos esfuerzos tranquilizarían a todos los europeos, asegurándoles que no serán abandonados a su suerte, y darían a los jóvenes más motivos para albergar la esperanza de un futuro seguro y próspero. Abordar todos estos desafíos —desde la modernización de la economía hasta la reforma del Estado de bienestar— debe implicar el diálogo con los interlocutores sociales. Dicho diálogo puede legitimar reformas difíciles en sociedades que a menudo están profundamente polarizadas.

Todo esto depende de que Europa recupere su capacidad de acción. La creación de la UE comenzó cuando seis países, decididos a ofrecer a sus jóvenes un futuro pacífico, aunaron los recursos necesarios para librar una guerra: carbón y acero. Deberíamos emular este modelo hoy, identificando las iniciativas que garantizarían eficazmente un futuro caracterizado por la libertad, la soberanía y la solidaridad; concentrando la voluntad política y la inversión en ellas; y avanzando junto a quienes estén dispuestos a actuar.

Es posible que esto no incluya a los 27 países de la UE. De hecho, en los principales proyectos industriales, tecnológicos y de defensa, a menudo no será así. Las coaliciones de países dispuestos a colaborar deben allanar el camino, y otros se sumarán una vez que las iniciativas demuestren su éxito.

La plena autonomía europea no es realista, pero mediante una combinación de pensamiento estratégico, políticas audaces y flexibilidad regulatoria, Europa puede impulsar empresas líderes en sectores clave, como hicimos con Airbus en 1970. En inteligencia artificial, si bien Europa va a la zaga de Estados Unidos y China en el desarrollo de modelos de vanguardia, podría liderar su adopción gracias a una sólida base industrial. Su incentivo para hacerlo es sin duda fuerte: a medida que el envejecimiento de la población reduce la fuerza laboral, las mejoras en la productividad impulsadas por la IA podrían suponer un cambio radical.

Las perspectivas de futuro de los jóvenes, la reconversión profesional y la creación de empleos de mayor valor deben ser prioridades absolutas. También es necesaria la inversión en infraestructuras críticas y locales, así como en aplicaciones prácticas de IA, sobre todo para fortalecer nuestra soberanía tecnológica.

Creer en Europa no significa defender el statu quo. Significa tener la ambición de impulsar la transformación. Un claro sentido de propósito al frente —plasmado en un discurso convincente centrado en la prosperidad, la seguridad y la democracia— ayudaría a los ciudadanos a vislumbrar un futuro positivo, en lugar de refugiarse en la nostalgia. Y una acción decisiva convertiría ese propósito en progreso.

Puede ser que a los europeos no les guste el nuevo entorno global, más fragmentado y competitivo, en el que nos encontramos, pero este es el mundo al que la UE debe enfrentarse. Ningún país miembro puede hacerlo solo, y ningún bloque de países está mejor posicionado para tener éxito.

El autor es director ejecutivo de AXA.

Copyright: Project Syndicate, 2026.
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