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La nominación de Natasha Franceschi como embajadora de Estados Unidos en Nicaragua debe leerse como una señal positiva. Lejos de anunciar una normalización diplomática, todo indica que la administración Trump se prepara para una nueva etapa de presión contra la dictadura de Ortega y Murillo, dotando a la misión estadounidense en Managua de mayor autoridad, visibilidad y capacidad de acción.
En circunstancias normales, yo mismo estaría inclinado a leer el nombramiento de una embajadora como una señal de distensión entre Washington y las autoridades del país receptor. Pero esa lectura no corresponde ni al contexto actual ni al estilo de esta administración. Washington no suaviza su posición frente a la dictadura: eleva el rango de su representación para actuar con mayor firmeza.
El momento importa. La nominación llega poco después de que el dictador Daniel Ortega anunciara, sin ambages, su intención de impedir futuras elecciones —una declaración que provocó indignación en el Congreso y una respuesta particularmente firme del secretario de Estado, Marco Rubio—. Estados Unidos fue, además, actor decisivo en la reciente sesión del Consejo Permanente de la OEA y en la propuesta de convocar una Reunión de Consulta de Cancilleres para considerar acciones concretas frente a la dictadura.
También importa la diferencia entre un encargado de negocios, un enviado especial y una embajadora. Un enviado especial puede coordinar acciones desde Washington o desplazarse entre capitales; un encargado de negocios puede dirigir con solvencia una misión. Pero una embajadora confirmada por el Senado representa personalmente al presidente de Estados Unidos y cuenta con una plataforma política, institucional y pública muy superior. Esto resulta especialmente relevante ante los numerosos indicios de que la dictadura de Ortega y Murillo busca restringir la movilidad, los contactos y el margen de acción de los diplomáticos acreditados en Nicaragua. Puede intentar aislar a cualquier representante extranjero, pero el costo político de hostigar, limitar o expulsar a una embajadora designada por el presidente Trump y confirmada por el Senado sería, sin duda, mucho mayor.
En términos jurídicos, todo diplomático acreditado merece igual protección. En términos políticos, en cambio, no es lo mismo limitar a un encargado de negocios que confrontar directamente a una embajadora estadounidense. La dictadura de Ortega y Murillo cometería un error garrafal si confundiera presencia diplomática con debilidad, o si convirtiera cualquier restricción contra la misión en una afrenta directa a la Casa Blanca, al Departamento de Estado y al Senado.
Expulsar a un encargado de negocios también tiene un costo político para la dictadura, pero ese costo es de otra magnitud. Expulsar a una embajadora —o impedirle moverse libremente por el país— la obligaría a calcular de antemano si está dispuesta a convertir una decisión administrativa en una crisis diplomática de primer orden con Washington.
El perfil de Franceschi refuerza esta lectura. No estamos ante una funcionaria escogida para administrar una relación bilateral apacible, sino ante una diplomática de carrera con experiencia en Siria, Irak, Pakistán, Rusia, Bosnia, Túnez y otros escenarios de alta complejidad. Ha trabajado en contextos de conflicto, autoritarismo, transición política y negociaciones marcadas por sanciones. Su trayectoria habla de preparación para circunstancias difíciles, no de una normalización protocolar con una dictadura.
La decisión introduce, además, un componente de incertidumbre estratégica. La administración Trump suele preservar deliberadamente la ambigüedad sobre sus próximos pasos, y la dictadura no podrá saber con certeza si la nueva embajadora llega para presentar condiciones, coordinar sanciones, fortalecer una coalición diplomática, ampliar contactos con distintos sectores del país o preparar respuestas ante eventuales escenarios de sucesión y crisis interna.
Esa incertidumbre obliga a la dictadura a calcular con más cuidado cada movimiento.
Tampoco descartaría que Washington aliente a otros países democráticos que hoy carecen de embajadores residentes a elevar, ellos también, su representación en Nicaragua. Una presencia diplomática coordinada, activa y visible podría ampliar la observación internacional, acompañar a los sectores democráticos y encarecer el costo de cualquier nueva arbitrariedad de la dictadura.
Es una decisión inusual, poco convencional, y por eso mismo debe leerse dentro del estilo y la estrategia propios de esta administración. No parece un gesto de confianza hacia Ortega y Murillo, sino una forma creativa de fortalecer la capacidad de acción de Estados Unidos dentro de Nicaragua.
Más presencia diplomática no significa mayor cercanía con la dictadura. En este caso, parece significar exactamente lo contrario: más vigilancia, mayor visibilidad, más capacidad de presión y un costo político mucho más alto para quien pretenda limitar o desafiar a la representante del Gobierno estadounidense.
El autor es exiliado nicaragüense, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Virginia.