¿Por qué Nicaragua parece no levantar cabeza? ¿Por qué salimos de unas dictaduras para caer en otras? ¿Por qué nuestra historia ha estado tan plagada de guerras civiles, intervenciones extranjeras y despotismos? ¿Por qué, tras más de doscientos años de independencia, no hemos podido construir un país pacífico y democrático como nuestra vecina Costa Rica? ¿Estaremos condenados a la maldición de Sísifo, el personaje de la mitología griega que cada vez que lograba subir una pesada piedra a la cima de un monte esta siempre rodaba hacia abajo obligándolo a repetir su esfuerzo por toda la eternidad?
Hay muchos países en nuestro continente que han sufrido graves guerras y tiranías. Pero ninguno como Nicaragua. Salvo Haití y Cuba, el nuestro podría encabezar la lista de países fallidos de la región. Gran parte de nuestra historia ha sido trágica y repetitiva: océanos de sangre derramada en vano, tiranías, piñatas (repartición masiva de bienes ajenos), exilios, emigraciones forzadas, etc. Lo curioso y triste es que, si pudiésemos graficar en una tabla estadística los altibajos de nuestras dolencias y opresiones, la línea no mostraría tendencia al descenso, sino lo contrario.
En los primeros tres decenios de nuestra historia destruimos ciudades, vidas y haciendas con seis guerras civiles. Luego tuvimos el paroxismo de la guerra nacional, en que una facción política trajo a un filibustero, Walker, que casi se apropia del país. Después el relativamente breve interludio conservador, donde la oligarquía granadina gobernó ella sola aunque con relativa paz, para desembocar en otra guerra que llevó al poder al dictador Zelaya quien aplastó la democracia por 14 años. Luego otra guerra civil, intervención extranjera y otro interludio conservador que terminó con el golpe de Estado de Emiliano Chamorro y otra y muy destructiva guerra constitucionalista que provocó otra intervención y la guerrilla de Sandino.
Tras dos elecciones democráticas, bajo supervisión norteamericana, entramos a la dinastía Somoza; dos golpes de Estado y tres presidentes de la misma familia que controlaron el país 42 años. Luego la destructiva guerra anti somocista y una revolución, la sandinista, que instauró una nueva dictadura y desató otra muy cruenta guerra civil. En 1990 elecciones libres con supervisión internacional dieron paso a una breve transición democrática con la presidenta Chamorro, sucedida por el gobierno corrupto y pactista de Alemán, el civilista de Bolaños y, desde 2007 hasta la fecha, viendo la entronización de dictadura más total y feroz que haya sufrido el país.
¿Por qué ese rosario de tragedias y retrocesos? ¿Por qué no hemos podido construir una democracia estable, pacífica y duradera? No es la mala suerte o la arbitrariedad del destino. Como todo fenómeno social hay causas que deben indagarse. Cuando uno lee el relato bíblico sobre las tribulaciones del pueblo judío se encuentra una constante: esas desgracias—matanzas, exilios, opresiones— han sucedido porque el pueblo ha abandonado a Dios; porque se ha sumido en el pecado y despreciado la ley divina. Decía el respecto el autor ruso Solzhenitsin, que preguntada su abuela por los terribles acontecimientos provocados por la revolución Bolchevique y el stalinismo, ella dijo: “Todo esto ha ocurrido porque el pueblo se ha olvidado de Dios”.
¿Será este nuestro caso? Aún para el no creyente la pregunta podría reformularse como ¿serán nuestras desgracias producto de fallos éticos de sus ciudadanos? Pues algo indiscutible es que la calidad de los gobiernos e instituciones están muy influenciadas por la calidad de sus habitantes. ¿Será el nuestro un problema de nuestra base cultural, es decir, de nuestros valores o antivalores, costumbres, hábitos de conducta y pensamiento?
Son preguntas que deben plantearse con seriedad con el ánimo de buscar remedios que permitan cambiar de rumbo y llegar a la tierra prometida; aquella donde se pueda vivir en paz y libertad con gobiernos honrados donde nadie esté por encima de las leyes, donde se respete la propiedad, donde su población no busque emigrar, donde el empleado público no tema ser despedido por sus opiniones, donde nadie trate de eternizarse en el poder, donde el voto popular sea el único que pone y quita presidentes. Pero, sobre todo, lograr que este ideal prevalezca hasta bien entrado el siglo siguiente.
¿Podrá lograse una Nicaragua así, con los ciudadanos de hoy y siempre, o habrá que forjar, ciudadanos distintos?
El autor es sociólogo e historiador, autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.