La tarde del viernes 8 de junio de 1979, el aire en Managua sabía a pólvora. El humo de las llantas quemadas en las barricadas se mezclaba con la humedad de las primeras lluvias del invierno. Por esas calles solitarias solo circulaban las patrullas de la Guardia Nacional de Somoza y la resistencia urbana de jóvenes guerrilleros.
Ese fin de semana marcó el inicio de las semanas más duras de la guerra. La suerte de Somoza estaba echada: la comunidad internacional le dio la espalda y el presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter, le cortó los suministros de armas y municiones. Al dictador solo le quedaba el respaldo de los fusiles de la Guardia Nacional.
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Los insurgentes ocupaban todos los rincones del país. Esto desató la paranoia de la Guardia Nacional, que comenzó a combatir a unos guerrilleros equipados con armas, municiones, soldados y estrategia militar. El frente de combate contaba, incluso, con una pequeña fuerza aérea de suministro durante el conflicto.
El ejército somocista sabía que se enfrentaba a un enemigo muy poderoso. Para ese momento, los insurgentes ya no combatían con bombas de mecate y molotov; esas armas caseras habían quedado atrás. Los guerrilleros estaban dotados de buena fusilería y artillería.
Durante los días de la ofensiva final, la Guardia comenzó a colocar retenes en las principales cabeceras departamentales. Desde esos puntos controlaban las entradas y salidas urbanas, bajaban a los pasajeros de los autobuses y vehículos particulares para hacer requisas. También comenzaron a catear viviendas barrio por barrio, asesinando a quien consideraban guerrillero sandinista. A medida que pasaban los días, la Guardia Nacional se vio desbordada: una mañana combatían en Managua y ese mismo día terminaban enfrentándose a los rebeldes en otro departamento.
Sin el suministro militar de los Estados Unidos, Somoza Debayle cobró una vieja deuda a Israel, originada cuando Nicaragua votó en las Naciones Unidas a favor del Estado judío. Así fue como llegaron fusiles Galil con sus municiones para que la Guardia hiciera frente a la guerrilla. Sin embargo, esa ayuda resultó insuficiente, ya que el régimen no disponía de suficientes soldados para contener la ofensiva militar de los insurgentes.
El 19 de julio la guerra llegó a su fin. Dos días antes, Somoza había huido del país y dejó a la Guardia Nacional abandonada a su suerte, acéfala y sin ningún jefe que la guiara. Algunos guardias lograron huir a otros países, mientras que otros fueron hechos prisioneros. Ese día Nicaragua se libró de una dictadura, sin darse cuenta de que nacía una nueva.





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