El bucle de los caudillos

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En Nicaragua el tiempo no corre, se revuelve. Parecemos atrapados en un cuarto de espejos donde cada generación cree estar viendo un horizonte nuevo, cuando en realidad solo está mirando al reflejo de un pasado que no termina de morir. Nuestra historia es una aritmética de ciclos: de la autocracia de Zelaya pasamos al largo paréntesis de los Somoza; de la euforia revolucionaria de los 80 caímos en la decepción, solo para despertar décadas después frente a una nueva versión del mismo caudillismo. Es la rueda de Nicaragua: un giro de 360 grados que siempre nos devuelve al punto de origen, donde el poder se concentra en un solo apellido y la ley se convierte en el testamento de un solo hombre.  

Pero esta rueda no gira por casualidad. Gira porque, una y otra vez, hemos permitido que la corrupción y la violencia no tengan costo. Cuando la justicia se convierte en ficha de negociación, la política deja de ser competencia de ideas y se vuelve administración de miedo, favores y silencios. Y allí nace la cultura del caudillo: no como mito, sino como resultado lógico de instituciones débiles y de una impunidad que deforma sociedades.

El “pecado original” de nuestras transiciones

¿Por qué se repite el ciclo? Porque cada vez que hemos tenido la oportunidad de romper la rueda preferimos el “parche” sobre la cirugía profunda. Tras la caída de Zelaya, no construimos instituciones que limitaran al próximo autócrata; tras el fin de la dictadura somocista, no edificamos justicia; tras la transición de los 90, negociamos la impunidad en nombre de una paz de papel. En lugar de cerrar la puerta, la dejamos entornada.

Cada etapa de nuestra historia ha tenido su propio “pacto de cúpulas”. Esa es la enfermedad: creer que la estabilidad se compra perdonando el abuso. La impunidad, lejos de “pasar página”, escribe una lección práctica en la conciencia colectiva: si tenés poder, no pagás. Así, la justicia deja de ser balanza y se vuelve trueque; deja de ser regla común y se vuelve premio para los leales y castigo para los incómodos. No es que las leyes falten, es que han sido reemplazadas por una justicia de conveniencia.

Por eso, salir del dictador no garantiza salir de la dictadura. Si la justicia sigue siendo una moneda en una mesa de negociación y no una columna firme en un juzgado, la próxima autocracia ya está a la vuelta de la esquina.

Sin justicia, el tejido social se deshilacha. La confianza se reemplaza por sospecha, crece la autocensura, y el silencio pasa a ser una estrategia de supervivencia. Una sociedad así no solo sufre autoritarismo: se acostumbra a él.

Romper el nudo desde las aulas 

Cuando el sistema enseña que el abuso no tiene consecuencias, el próximo dictador no aparece por accidente: “Se fabrica”. Se fabrica en juzgados que obedecen, en policías que obedecen al patrón no a la ley, en burocracias creadas para promover la corrupción. Se fabrica también en la ciudadanía que aprende a vivir con la cabeza agachada, a “resolver” por contactos, a callar para sobrevivir. Esa es la continuidad más peligrosa: la dictadura no solo manda; educa.

La impunidad no es un concepto jurídico abstracto; es una fuerza que reordena la vida diaria. Cuando la ley no protege, la gente deja de apostar por reglas y empieza a apostar por atajos: por mordidas, por lealtades, por silencios. Se normaliza el abuso y se vuelve virtud lo que debería ser vergüenza. El costo no se mide solo en presos políticos o exiliados; se mide en ciudadanos que aprenden a desconfiar y al menos de forma subconsciente, normalizan patrones de abuso y violencia estatal.

Aquí entra un factor que hemos subestimado: la educación como infraestructura democrática, no como consigna. Nos han enseñado a memorizar fechas de batallas, pero no a entender cómo se sostiene una institución, cómo se defiende un derecho o por qué un juez independiente vale más que mil discursos. El círculo se repite porque cada generación hereda el trauma, los relatos de violencia y las pérdidas, pero rara vez recibe mecanismos para tramitar ese dolor en forma de ciudadanía activa.

Educar no es solo entregar un libro de historia: es entrenar hábitos. Es enseñar debate y pensamiento crítico; es practicar ciudadanía en la escuela y en la comunidad; es aprender a fiscalizar lo público, a organizarse sin miedo, a distinguir propaganda de información, a conocer lo básico del debido proceso y la rendición de cuentas. Debemos formar ciudadanos que no busquen salvadores, sino que exijan servidores; que no celebren al “hombre fuerte”, sino que protejan reglas fuertes. La verdadera libertad empieza cuando un joven entiende que su voto, su voz y su participación cotidiana pueden ser más potentes que el fusil del caudillo de turno.

Esta vez el ciclo se detiene

Como parte de una oposición que busca algo distinto, nuestro reto no es solo quitar a esta dictadura. El reto es desmontar la rueda. No podemos ser otro capítulo más en el libro de los fracasos: una transición que calma la superficie y deja intacto el mecanismo para el siguiente dictador. Esta vez el compromiso tiene que ser con una institucionalidad a prueba de egos.

Nicaragua no es un círculo condenado. Puede ser una línea ascendente si decidimos que la justicia no es negociable y que la educación es nuestra primera línea de defensa. Detener la rueda implica decisiones difíciles: renunciar a atajos, resistir pactos de impunidad y aceptar que la estabilidad verdadera nace cuando nadie está por encima de la ley. No estamos aquí para esperar al próximo giro de la rueda; estamos aquí para detenerlo, para que nuestros hijos no tengan que escribir, dentro de treinta años, este mismo artículo.  

El autor es abogado y defensor de Derechos Humanos, miembro del Consejo Ejecutivo de la Alianza Universitaria Nicaragüense.


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