El senador estadounidense Lindsey Graham se dirige a los medios durante una conferencia de prensa en una exposición al aire libre de equipo ruso destruido en Kiev, tras reunirse con altos funcionarios ucranianos el 26 de mayo de 2023. El senador Lindsey Graham, aliado clave del presidente Donald Trump, falleció el sábado a los 71 años tras una «enfermedad breve y repentina», según informó su oficina. (Foto de Sergei SUPINSKY / AFP)

Murió el senador de EE.UU. Lindsey Graham, aliado de Trump y defensor de Israel y Ucrania

Graham, conocido por su trabajo en política exterior, fue un firme partidario de la guerra de Irak y en los últimos años instó tanto a Trump como al gobierno de su predecesor Joe  Biden a respaldar la lucha de Ucrania contra la invasión rusa.

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El senador estadounidense Lindsey Graham, aliado del presidente Donald Trump, murió a los 71 años tras una «enfermedad breve y repentina», indicó este domingo su oficina.

Graham, conocido por su trabajo en política exterior, fue un firme partidario de la guerra de Irak y en los últimos años instó tanto a Trump como al gobierno de su predecesor Joe  Biden a respaldar la lucha de Ucrania contra la invasión rusa.

La oficina del senador republicano por Carolina del Sur dijo en un comunicado en su cuenta X que Graham «falleció a causa de una enfermedad breve y repentina».

«Su familia agradece las oraciones en estos momentos y pide privacidad durante este período increíblemente difícil», añadió.

NBC News indicó que los servicios de emergencia respondieron a un llamado por un «paro cardíaco» procedente de la casa de Graham en Capitol Hill, de acuerdo con un audio de la policía obtenido por ese y otros medios estadounidenses.

Graham fue elegido miembro de la Cámara de Representantes en 1994 y senador en 2002. 

Posteriormente, renovó su escaño en el Senado en 2008, 2014 y 2020, y llegó a presidir el Comité de Presupuesto de la Cámara Alta.

«Un verdadero patriota»

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, rindió homenaje al senador en una publicación en su red Truth Social.

«¡El senador Lindsey Graham, una de las mejores personas y senadores que he conocido, ha fallecido! Siempre estaba trabajando y era un verdadero patriota estadounidense. ¡Lindsey será muy echado de menos!», escribió Trump.

Graham hizo un intento fallido de llegar a la presidencia en 2016, advirtiendo en ese momento que los republicanos no debían apoyar a Trump porque era un «instigador racial, xenófobo y fanático religioso». 

Su relación tuvo otro momento de fuerte tensión por la insurrección de partidarios de Trump en el Capitolio del 6 de enero de 2021, cuando Graham dijo que sus colegas republicanos no debían contar con él para defender al magnate. «Basta ya», dijo en ese momento.

Sin embargo, posteriormente votó en contra de condenar a Trump en su juicio político.

Graham restableció su relación después y apoyó su campaña de reelección.

Amigo de Israel

Graham también fue un firme defensor de Israel.

«Lindsey entendía que la seguridad de Israel y de Estados Unidos son inseparables (…) Israel ha perdido a uno de sus mayores amigos», declaró el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, según un comunicado difundido por su oficina.

El presidente de Israel, Isaac Herzog, aseguró por su parte en la red X que «nunca olvidaremos cómo estuvo al lado del pueblo de Israel en nuestros momentos más difíciles».

La muerte de Graham se produce en un momento en que la hospitalización, ya de varias semanas, del exlíder republicano del Senado Mitch McConnell sacude al partido en los últimos meses de su extensa carrera en el Congreso. 

Los republicanos tienen una estrecha mayoría de 53 a 47 escaños en el Senado, y cuentan con muy poco margen para ausencias en las votaciones o deserciones. McConnell fue ingresado en el hospital el mes pasado y no ha votado desde el 11 de junio.

Lindsey Graham se desempeñó como abogado militar y alcanzó el rango de coronel de la Fuerza Aérea, una experiencia que dio forma a su postura intervencionista en política exterior. 

En 2002, votó a favor de la acción militar contra Irak tras los atentados del 11 de septiembre y posteriormente respaldó una presencia prolongada de Estados Unidos en Afganistán. 

Fue un crítico frecuente de la política exterior del presidente Barack Obama, al que calificó en 2015 de «débil oponente del mal» por su negociación de un acuerdo nuclear con Irán.

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COMENTARIOS

  1. Hace 2 meses

    Hay una etapa de la vida en la que uno deja de gastar energía tratando de convencer a quienes ya decidieron no escuchar. A mi edad, he aceptado muchas cosas con absoluta tranquilidad.

    Durante años me llamé sandinista y perdí incontables horas intentando explicar una diferencia que para mí siempre fue evidente: una cosa es el sandinismo y otra muy distinta el danielismo. Quien quiera entender esa diferencia, la entenderá; quien no quiera, jamás la entenderá. Hoy ya no me preocupa. Soy, he sido y seguiré siendo un militante de la causa sandinista, completamente divorciado de lo que representa el orteguismo y el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

    También acepté que muchos me llamen “zurdo”. Ese término, convertido en insulto por algunos líderes políticos, pretende descalificar a cualquiera que no comparta determinada visión del mundo. Pues bien, sí: soy un hombre de izquierda liberal, y no tengo el menor problema en decirlo. Lo afirmo con absoluta naturalidad y sin complejos.

    Lo mismo ocurre con otra etiqueta: “sionista”. Mi apoyo a Israel es claro, abierto e incondicional. No porque considere que todo gobierno israelí sea perfecto, sino porque creo firmemente en el derecho de Israel a existir y defenderse frente a quienes proclaman abiertamente su destrucción y respaldan organizaciones terroristas. Las críticas a Israel pueden discutirse con personas de buena fe; con quienes justifican el terrorismo o niegan el derecho mismo de Israel a existir, simplemente no hay debate posible. Si por eso me llaman sionista, entonces lo digo con orgullo: sí, soy sionista.

    Toda esta introducción tiene un motivo: la muerte del senador Lindsey Graham.

    Estados Unidos atraviesa uno de los momentos políticos más intensos de su historia reciente. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la política estadounidense se ha polarizado hasta extremos preocupantes. Mis diferencias con Trump son profundas y públicas. Lo considero una persona ególatra, propensa a exagerar y mentir, alguien cuyo comportamiento ha degradado la dignidad que tradicionalmente representaba la Presidencia de los Estados Unidos. Tampoco olvido que fue declarado responsable en un juicio civil por abuso sexual y que ese fallo fue confirmado tras las apelaciones correspondientes. Ni olvido aquella escena vergonzosa en la que se burló públicamente de un periodista con discapacidad mientras una multitud reía y aplaudía.

    Y, sin embargo, la honestidad intelectual exige reconocer cuando uno coincide con un adversario político. En un asunto fundamental, coincido plenamente con Trump: la necesidad de enfrentar al régimen de los ayatolás en Irán. Si el precio de contener y derrotar a un régimen que considero profundamente peligroso fuera pagar diez dólares por galón de gasolina durante diez años, los pagaría sin vacilar. Hay causas que, a mi juicio, trascienden las diferencias partidarias.

    En ese contexto aparece la figura de Lindsey Graham.

    Graham fue, en un principio, uno de los críticos más duros de Donald Trump. Lo describió con palabras muy parecidas a las que yo mismo he utilizado durante años. Sin embargo, con el tiempo terminó convirtiéndose en uno de sus aliados más cercanos. Ese cambio siempre me pareció la mayor debilidad de su carrera política. Me hubiera gustado ver en él más firmeza, más coherencia y menos disposición a acomodarse al poder.

    Esa será siempre mi principal crítica hacia él.

    Pero la vida nunca viene en partes. No podemos escoger únicamente las virtudes de una persona y desechar sus defectos. La vida no es un bufé. La vida es un paquete completo, y cada ser humano llega con fortalezas y contradicciones.

    Por eso también sería profundamente injusto ignorar todo lo que Lindsey Graham representó. Fue un defensor incansable de Ucrania cuando muchos preferían mirar hacia otro lado. Mantuvo una posición firme frente al régimen iraní y frente a las amenazas contra Occidente. Defendió, con convicción, una política exterior basada en la fortaleza de las democracias y en el apoyo a sus aliados.

    Aunque él fuera un conservador republicano y yo un liberal de izquierda, nunca tuve dificultad para reconocer el valor de muchas de sus convicciones. En una democracia madura, el respeto no nace de pensar igual; nace de reconocer la honestidad del adversario cuando actúa guiado por principios.

    No compartí todas sus decisiones. Cuestioné su cambio de actitud hacia Trump y seguiré pensando que en ese aspecto le faltó carácter. Pero reducir toda su trayectoria a ese solo episodio sería una injusticia histórica.

    Las personas complejas no caben en caricaturas. Tampoco los políticos.

    Lindsey Graham fue un personaje polémico, contradictorio y, al mismo tiempo, profundamente comprometido con las causas que consideraba fundamentales para la seguridad y la democracia occidentales. Por eso creo que su ausencia dejará un vacío importante en el Senado de los Estados Unidos.

    Descanse en paz. Y ojalá que, incluso en tiempos tan polarizados como los actuales, nunca perdamos la capacidad de reconocer los méritos de quienes piensan distinto cuando esos méritos realmente existen.

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