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Durante las últimas semanas los he escuchado denunciar la represión actual en Nicaragua y reclamar a la comunidad internacional por el “olvido” hacia nuestro país. Toda denuncia contra el autoritarismo es necesaria. Pero cuando quienes la hacen fueron parte de un proyecto que también restringió libertades y cometió abusos, surge una pregunta inevitable: ¿Dónde queda la responsabilidad histórica?
Esta carta no cuestiona su talento literario ni su capacidad intelectual. Tampoco desconoce que hoy viven en el exilio y han sido perseguidos por el régimen actual. Pero si aspiran a ser referentes éticos, es indispensable mirar hacia atrás con la misma severidad con la que hoy miran hacia afuera.
Ustedes fueron figuras centrales del sandinismo de los años ochenta, un período marcado por hechos que dejaron cicatrices profundas en miles de familias nicaragüenses. Los documentos de la época muestran un discurso oficial que justificó persecución política, exilios forzados, encarcelamientos, hostigamiento y persecución a la Iglesia, confiscaciones, servicio militar obligatorio que envió a miles de jóvenes a la muerte, y graves violaciones a los derechos humanos documentadas por organismos internacionales. Entre ellas, la tragedia de la Navidad Roja contra comunidades indígenas misquitas. También hubo ejecuciones extrajudiciales y desapariciones, registradas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y por organizaciones humanitarias de la época. Y fuera del país, la acción armada que terminó con la vida de Anastasio Somoza en Paraguay, atribuida históricamente a un comando sandinista. No se trata de justificar a Somoza ni su régimen, sino de reconocer que la justicia no puede ejercerse por mano propia, y que estos hechos forman parte de la historia que ustedes integraron. También otros más registrados en la historia.
A esto se suma otro episodio que no puede quedar fuera de la memoria: el atentado de La Penca, donde una bomba explotó durante una conferencia de prensa en la ribera del río San Juan, causando la muerte de varios periodistas y dejando heridos a muchos otros. Aquel ataque, dirigido contra Edén Pastora, fue uno de los actos más graves contra la prensa en la historia contemporánea de Centroamérica. No les importó —según esas investigaciones— que hubiera periodistas presentes. No les importó que la prensa estuviera haciendo su trabajo. Ese hecho, como tantos otros, sigue esperando verdad y justicia.
Los recortes de prensa de esos años muestran declaraciones que hoy resultan difíciles de conciliar con el discurso democrático que ustedes enarbolan. Amenazas de retirar la nacionalidad a opositores. Señalamientos de “conspiración internacional” contra empresarios, sindicatos y partidos. Retórica de enemigos internos. Justificación de medidas represivas en nombre de la Revolución, etc., etc., etc.
Todo esto no es interpretación: es registro histórico.
A esto se suma otro elemento que no puede ignorarse: su admiración pública, en aquellos años, por Fidel Castro y por el modelo cubano, un régimen señalado durante décadas, como autoritario, sin democracia, etc., señalado por organismos internacionales por violaciones sistemáticas a los derechos humanos. Su silencio actual sobre Cuba o su distancia insuficientemente explícita, genera una tensión moral evidente cuando se escucha su crítica hacia otros actores políticos contemporáneos, como ahora lo hacen con el presidente actual de EE. UU., Donald Trump.
Y hay un punto adicional que, por su simbolismo, merece ser dicho con claridad: ustedes formaron parte de un gobierno que censuró, hostigó y cerró medios de comunicación, incluyendo a LA PRENSA, el mismo periódico que hoy les abre sus páginas para que escriban libremente.
Ese contraste no es menor. Es un recordatorio de que la libertad que hoy ejercen fue negada a otros cuando ustedes estaban del lado del poder.
No se trata de ideologías. Se trata de coherencia
Quien participó en un proyecto que restringió libertades, justificó abusos y ejerció poder sin contrapesos, no puede hoy presentarse como referente ético sin antes hacer un gesto fundamental: reconocer el daño causado, pedir perdón a las víctimas y estar dispuesto a someterse a procesos de verdad y justicia, como cualquier otro actor histórico.
Ese es el punto central de esta carta. No es un ataque personal. Es una invitación a la honestidad
Nicaragua necesita voces que denuncien la represión actual, sí. Pero también necesita voces que hablen con humildad, que miren de frente su propio pasado y que entiendan que la credibilidad moral no se construye solo con palabras: se construye con verdad, con memoria y con responsabilidad.
Por eso, antes de exigir coherencia democrática hacia afuera, es indispensable practicarla hacia adentro. Reconocer los errores cometidos en los años ochenta, pedir perdón a quienes sufrieron sus consecuencias y asumir la posibilidad de responder ante la justicia histórica sería un acto de grandeza.
Un acto que los colocaría del lado correcto de la historia, no solo por lo que dicen hoy, sino por lo que estarían dispuestos a reconocer de ayer. Nicaragua merece esa verdad. Y ustedes, si aspiran a ser referentes éticos, también la necesitan.
El autor de esta carta abierta es expresidente de Hagamos Democracia. Miembro del Bloque de Centro Derecha. Concertación Democrática Monteverde. Miembro Conservador de Ciudadanos por la Libertad (CxL) Exilio.