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El fracaso de la primera ronda de negociaciones entre Estados Unidos e Irán, mediada por Pakistán, no debería haber sorprendido a nadie. Las posturas inamovibles de ambas partes y su retórica intransigente hicieron improbable un progreso significativo desde el principio. Una segunda ronda de conversaciones, que según se informa está a pocos días de comenzar, también está destinada al fracaso. La negociación bilateral no logrará la paz. Pero un marco regional integral sí podría.
Todo acuerdo viable debe lograr dos objetivos simultáneamente. Debe sentar las bases para una paz duradera y, al mismo tiempo, permitir que cada parte presente el resultado como un éxito en su propio país. Este delicado equilibrio se complica aún más por la influencia indirecta pero decisiva de actores externos, sobre todo Israel.
Fundamentalmente, la crisis actual no se origina en una sola disputa, sino en la convergencia de cuatro puntos críticos: el estrecho de Ormuz, el programa nuclear iraní, la ausencia de una arquitectura de seguridad regional que aborde los misiles y la guerra por delegación, y el conflicto israelí-palestino sin resolver. Es improbable que se produzcan avances en cualquiera de estos frentes sin que se produzcan cambios paralelos en los demás.
El estrecho de Ormuz se ha convertido en el principal foco de la crisis. Si bien ya se ha reabierto, el cierre temporal del estrecho por parte de Irán —y el posterior bloqueo naval estadounidense contra los puertos iraníes— puso de manifiesto su vulnerabilidad y el riesgo de una rápida escalada. Una solución más duradera consistiría en someter el estrecho a la administración temporal de una coalición de intermediarios de confianza, como Turquía, Pakistán, Malasia e Indonesia. En condiciones claramente definidas, podrían desplegar una misión marítima conjunta para restablecer el paso seguro.
Pero tal acuerdo requeriría que Estados Unidos se comprometiera a poner fin de inmediato a las operaciones militares contra Irán, incluidas las coordinadas con Israel. Irán, a su vez, tendría que garantizar la seguridad marítima y abstenerse de atacar a sus vecinos. Los propios países del Golfo, al verse involucrados en la guerra contra su voluntad, tendrían fuertes incentivos para apoyar dicho mecanismo.
Para garantizar su legitimidad, la iniciativa debe ser avalada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con el respaldo formal de sus cinco miembros permanentes con derecho a veto. Más allá de la estabilización inmediata, este marco también podría sentar las bases para un régimen a largo plazo que regule el tránsito por el Estrecho, incluyendo mecanismos para compensar los daños relacionados con la guerra mediante los ingresos marítimos.
Si bien las ambiciones nucleares de Irán siguen siendo un importante punto de fricción, aún existe una vía para la desescalada, siempre que ambas partes adopten un enfoque recíproco. Irán debería reafirmar su compromiso de larga data de no desarrollar armas nucleares, y Estados Unidos debería reconocer formalmente el derecho de la República Islámica a la energía nuclear con fines pacíficos. Dicho reconocimiento mutuo permitiría a ambas partes atribuirse un éxito diplomático.
El Acuerdo de Teherán de 2010, negociado por Turquía y Brasil en cooperación con el Organismo Internacional de Energía Atómica, ofrece un modelo útil. Como ministro de Asuntos Exteriores de Turquía en aquel entonces, contribuí a la mediación del acuerdo, que exigía a Irán depositar su uranio enriquecido en Turquía a cambio de combustible nuclear para uso civil. Una versión actualizada de dicho acuerdo, posiblemente facilitada nuevamente por Turquía o Pakistán, podría sentar una base prometedora para la reanudación de las negociaciones.
Una vez que se establezcan puntos en común, la atención podrá centrarse en la creación de una región libre de armas nucleares, incluidas las que posee Israel, abordando así las preocupaciones de seguridad más amplias de la región. Si bien los llamamientos a Irán para que abandone su capacidad de misiles balísticos tras los continuos ataques estadounidenses e israelíes no son realistas, aún es posible avanzar. El principal desafío reside en abordar los conflictos indirectos y la ausencia de un marco de seguridad compartido.
Este problema no puede resolverse únicamente mediante negociaciones bilaterales entre Estados Unidos e Irán. La creación de una arquitectura de seguridad regional integral requiere, en primer lugar, medidas prácticas para generar confianza entre Irán y los países del Golfo, con Turquía, Pakistán, Malasia e Indonesia como facilitadores. Una comisión conjunta podría mitigar las tensiones inmediatas y, al mismo tiempo, sentar las bases para un acuerdo más permanente.
La segunda capa es un foro de seguridad regional que reúne a Turquía, Pakistán, Egipto, Irak, Siria, Jordania, Líbano y Yemen, junto con los Estados del Golfo e Irán. Con el tiempo, este proceso podría evolucionar hacia un diálogo regional estructurado, que daría lugar a un equivalente en Oriente Medio de los Acuerdos de Helsinki de 1975.
Al igual que en la Europa de la Guerra Fría, un marco basado en la transparencia, la moderación mutua y los mecanismos de verificación podría reducir significativamente el riesgo de escalada. El Tratado de 1990 sobre Fuerzas Armadas Convencionales en Europa demostró que incluso regiones profundamente divididas pueden acordar límites a las capacidades militares cuando se reconoce la vulnerabilidad mutua.
Pero cualquier orden regional sostenible debe abordar la cuestión palestina, ya que la negación de la autodeterminación de los palestinos sigue siendo un factor fundamental de la inestabilidad en Oriente Medio. La ocupación israelí de Cisjordania durante seis décadas —a pesar de las reiteradas resoluciones de la ONU— y sus operaciones militares en Gaza han imposibilitado un entorno de seguridad estable. Los intentos de eludir el conflicto, como los Acuerdos de Abraham, solo han avivado el resentimiento.
Se necesita urgentemente un nuevo enfoque. A Israel se le debe ofrecer la integración en una arquitectura de seguridad regional, incluyendo la normalización diplomática completa y garantías formales, a cambio del reconocimiento del Estado palestino y el cese de sus operaciones militares en el Líbano.
El presidente estadounidense Donald Trump, quien inició su segundo mandato con la esperanza de ganar el Premio Nobel de la Paz, se enfrenta ahora a una decisión trascendental. Puede continuar una guerra sin claridad estratégica que corre el riesgo de sumir a la región —y al mundo— en un caos aún mayor, o puede aprovechar la oportunidad para lograr un avance diplomático, comenzando con un alto el fuego y culminando en una paz duradera. Al mismo tiempo, los responsables políticos internacionales deberían impulsar una iniciativa diplomática coordinada para orientar las políticas hacia la desescalada.
Revivir la Alianza de Civilizaciones —lanzada por Turquía y España en 2005 y posteriormente institucionalizada en la ONU— podría proporcionar una plataforma ideal para tal iniciativa. Una cumbre de líderes convocada bajo sus auspicios demostraría un compromiso compartido para ir más allá de la gestión de crisis y avanzar hacia un orden regional cooperativo. Sin un enfoque integral de la seguridad, el actual ciclo de escalada persistirá y se intensificará.
El autor es ex primer ministro (2014-16) y exministro de Asuntos Exteriores (2009-14) de Turquía.
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