La verdadera amenaza para la OTAN

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Cuando la OTAN ha realizado su cumbre del 7 y 8 de julio en Ankara, la alianza se ha enfrentado a un desafío mayor que el de Rusia o China: sus miembros ya no comparten una comprensión coherente de los valores, el orden económico, la visión geopolítica y los principios jurídicos que fue creada para defender.

Toda alianza militar duradera se basa, en última instancia, en una pregunta engañosamente simple: ¿Qué defiende? Sin una respuesta clara, se vuelve reactiva, definiéndose por sus adversarios en lugar de por un propósito común.

Cuando se fundó la OTAN en 1949, su propósito era claro. Tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, la alianza se creó para defender lo que sus fundadores denominaron el “mundo libre” frente al expansionismo soviético. Fundamentalmente, buscaba preservar un orden internacional liberal basado en cuatro pilares que se reforzaban mutuamente: la gobernanza democrática, la apertura económica, la primacía geopolítica de Occidente y el derecho internacional basado en la Carta de las Naciones Unidas.

Hoy, cada uno de estos pilares se encuentra bajo presión. Esto se evidencia especialmente en la identidad política de la alianza, debilitada por el retroceso democrático y el creciente autoritarismo. La OTAN puede seguir siendo el bloque militar más poderoso del mundo, pero su legitimidad moral depende de que sus miembros continúen encarnando los valores democráticos que profesan.

La respuesta de muchos gobiernos de la OTAN a la campaña militar israelí en Gaza ha puesto de manifiesto la creciente brecha entre los valores declarados de la alianza y las políticas de sus miembros. Mientras la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional siguen examinando las acusaciones de genocidio y otras graves violaciones del derecho internacional, varios miembros destacados de la OTAN —en particular Estados Unidos— continúan brindando apoyo y cobertura política al gobierno israelí.

Pero una alianza cuya legitimidad histórica se basa en el rechazo posbélico del fascismo y el genocidio no puede permitirse el lujo de parecer selectiva en su defensa de los principios humanitarios universales. La coherencia moral no es un lujo ético; es un activo estratégico que la OTAN abandona bajo su propio riesgo.

El orden económico liberal también se encuentra bajo una presión creciente. Irónicamente, su mayor desafío no ha venido de los adversarios de la OTAN, sino de sus propios miembros, ya que el proteccionismo, las guerras arancelarias y la politización del comercio internacional han socavado el sistema basado en normas que los países occidentales tardaron décadas en construir y mantener después de 1945.

Mientras tanto, el centro de gravedad de la economía global se ha desplazado decisivamente hacia Asia. Cuando se fundó la OTAN, sus miembros representaban aproximadamente dos tercios del PIB mundial. Desde entonces, su participación ha caído a menos de la mitad, a medida que Asia se ha consolidado como el principal motor de crecimiento de la economía global.

El tercer pilar del orden de posguerra —el liderazgo geopolítico— se ha vuelto igualmente frágil. La Guerra Fría proporcionó a la OTAN un marco estratégico claro. Sin embargo, tras el colapso de la Unión Soviética, la suposición de que la predominancia estadounidense perduraría se convirtió en una idea generalizada, sustentando sucesivas rondas de ampliación de la OTAN y reforzando la creencia de que la superioridad militar por sí sola podía determinar los resultados internacionales.

La guerra de Afganistán puso al descubierto las limitaciones de esa premisa. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Estados Unidos, la OTAN emprendió la mayor y más larga operación militar de su historia. Sin embargo, a pesar de dos décadas de abrumadora superioridad militar y tecnológica, los talibanes volvieron al poder. La lección no fue que la fuerza se hubiera vuelto irrelevante, sino que el éxito en el campo de batalla no puede sustituir a la estrategia política. La seguridad duradera requiere diplomacia, fortalecimiento institucional, compromiso regional y una visión política a largo plazo.

Esa lección cobra aún mayor relevancia en el panorama multipolar actual. Si bien la disuasión sigue siendo indispensable, los modelos de la Guerra Fría ya no se ajustan a un mundo marcado por la coerción económica, la migración, la inseguridad energética, la competencia tecnológica y la guerra cibernética. Por lo tanto, la OTAN debe complementar su poderío militar con visión geopolítica y una diplomacia sofisticada.

La propia contradicción estratégica de Europa se ha vuelto cada vez más difícil de ignorar. Ucrania, el Mar Negro y Oriente Medio conforman ahora una única zona interconectada de inestabilidad, pero la Unión Europea sigue excluyendo al único país situado en la encrucijada de los tres: Turquía.

Una Europa que busca la autonomía estratégica no puede permitirse seguir fragmentada estratégicamente. La adhesión de Finlandia y Suecia reforzó el flanco norte de la OTAN, pero la arquitectura de seguridad del sur de Europa depende ahora de la integración de Turquía tanto en las instituciones políticas como en las de seguridad de la UE.

Por último, el orden jurídico internacional está cediendo cada vez más ante la política de las grandes potencias. La credibilidad de cualquier alianza reside en su voluntad de defender las normas que proclama. Sin embargo, las amenazas del presidente estadounidense Donald Trump de anexionarse Groenlandia —territorio autónomo de Dinamarca— desafiaron uno de los principios fundamentales de la Carta de las Naciones Unidas: la integridad territorial de los Estados soberanos. Cuando la principal potencia de la OTAN amenaza la soberanía de uno de sus propios miembros, el compromiso de la alianza con el derecho internacional suena vacío.

Estos desafíos estructurales se ven agravados por una creciente división en torno al propósito estratégico de la OTAN. Ciertamente, los desacuerdos entre aliados no son nuevos. La guerra de Irak, por ejemplo, dividió profundamente a Estados Unidos y sus socios europeos, pero ambas partes siguieron considerando a la OTAN indispensable para la seguridad transatlántica. Los desacuerdos actuales son más profundos. Bajo la administración Trump, Estados Unidos ha tratado cada vez más a la OTAN como un acuerdo transaccional, tomando decisiones importantes de política exterior sin consultar a aliados clave.

La guerra de Irán es un claro ejemplo. El conflicto, que podría transformar el panorama de la seguridad regional y ha perturbado profundamente la economía global, tiene profundas implicaciones para todos los miembros de la OTAN; sin embargo, la propia alianza parece no haber participado en el proceso de toma de decisiones. Una alianza cuyos miembros pueden verse involucrados en un conflicto regional que no eligieron colectivamente ni respaldaron políticamente corre el riesgo de socavar la confianza mutua necesaria para la cooperación en materia de seguridad.

Dado que la crisis de la OTAN radica en su identidad más que en su capacidad, su revitalización requiere más que mayores presupuestos de defensa o una mayor capacidad de disuasión. La OTAN necesita una base normativa renovada, fundamentada en la legitimidad democrática y los derechos humanos, un compromiso renovado con el derecho internacional y una visión económica acorde con una era de cambios en el poder global.

No deben considerarse agendas separadas. Sin una filosofía estratégica coherente centrada en la legitimidad democrática, los derechos humanos y el estado de derecho, la OTAN corre el riesgo de convertirse en poco más que un instrumento de intereses nacionales cambiantes. El futuro de la alianza depende, en última instancia, menos de las amenazas externas a las que se enfrenta que de su capacidad para redefinir los valores que representa la comunidad transatlántica y lo que, en definitiva, busca defender.

El autor fue primer ministro (2014-16) y ministro de Asuntos Exteriores (2009-14) de Turquía.

Copyright: Project Syndicate, 2026.
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