La memoria de Abril también se defiende en el lenguaje

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En Nicaragua, a raíz del levantamiento cívico de Abril la memoria se encuentra en disputa, no solamente en los archivos, los monumentos, las fechas o los testimonios, sino en algo más primordial, como son las palabras.

El lenguaje no es solo un accesorio de la historia sino uno de los aspectos centrales de su construcción; además de uno de los pilares esenciales de la cultura, porque cada palabra arrastra una interpretación del pasado o una lectura del presente que permeará la memoria en el futuro. Cuando recordamos Abril de 2018 es muy fácil identificar esta reinterpretación de nuestra historia y de la realidad que estábamos viviendo, ya que Abril fue también la articulación de discursos que cuestionaban la herencia del sandinismo en la cultura nicaragüense.

Para ir aterrizando un poco más este posicionamiento quiero citar a ciertos autores (con una clara intencionalidad) que han sido claves para cierta parte del mundo académico y político en delimitar acciones en este campo de disputa que es el lenguaje.

Louis Althusser menciona que la filosofía siempre toma partido, incluso cuando finge ser pura contemplación, su tesis es que la filosofía interviene en la lucha ideológica y política, de modo que pensar, también es disputar poder; por eso habla de la filosofía como un “arma”, no porque sustituya la acción política, sino porque actúa en el terreno de las ideas, donde también se juega el poder.

Esa formulación permite comprender que la disputa por el lenguaje nunca es superficial, sino que es, ante todo, una confrontación ideológica en toda regla. Quien controla los nombres con los que una sociedad recuerda, interpreta y transmite sus acontecimientos decisivos, gana una parte esencial de la lucha por la hegemonía moral. En un contexto como el nicaragüense, significa que llamar “prisionero político” a una persona que está claramente relacionada a un delito común, por medio de eufemismos legales o lecturas cínicamente despolitizadas, es de una intencionalidad ideológica clara; por ejemplo.

Es un hecho que Althusser toma de Marx sus postulados, y en este también encontramos otro elemento decisivo para fortalecer esta idea; Marx mencionaba que las ideas en forma de filosofía o en forma de teoría económica, tienen un gran poder para construir un camino hacia un cambio de sistema; por eso los marxistas que le precedieron, tienen una gran inclinación a promover la manipulación e incidencia en la interpretación del mundo a través de la imposición del lenguaje. Llevado esto al terreno de la memoria crítica, significaría que una generación no solo hereda palabras, hereda la disputa del lenguaje que transforma y se reapropia para romper el monopolio simbólico del poder. La memoria no vive cuando se repite mecánicamente un repertorio viejo, sino cuando una comunidad vuelve suya su herencia histórica y la convierte en lenguaje vivo, compartido y movilizador.

La lucha por la democracia desde 2018 ha sido también una lucha por el derecho a reescribir la herencia histórica violenta del sandinismo, rechazar la categoría heroica a la que se elevó la muerte y que al hacerlo desplazó a las personas asesinadas, del lugar de víctimas hacia el pedestal del mártir. Esa operación simbólica permitió presentar sus muertes como parte natural, noble e incluso deseable de una causa superior, en vez de obligar a la sociedad a confrontar el crimen, el dolor y la responsabilidad polí tica que esas muertes implicaban. En contraposición a eso las consignas de Abril fueron, por ejemplo, patria libre y vivir, no solamente como una resignificación de las palabras, sino como una determinación generacional de no volver hacia ese pasado atroz.

Muchos más postulados podrían mencionarse sobre Abril, que merecen la pena reivindicar, pero que no me alcanzarían en un artículo tan corto, y menciono esto, en contraposición de aquellos que dicen que la juventud no instauró una tesis política en Abril, o que las consignas mismas de Abril no tienen significado histórico y político. Si el movimiento histórico y autoconvocado de Abril no logro cimentar una transición política fue por que determinados sectores opositores con más capital político, relacional, mediático y financiero intervinieron en el proceso, administrando vocerías, seleccionando interlocuciones, legitimando a ciertos perfiles juveniles funcionales a sus intereses, desplazando liderazgos más críticos y despreciando la movilización ciudadana lo cual desembocó en su desconexión y posterior disolución. Buena parte del desastre nacional proviene de una élite que convirtió su ficción redentora en justificación del control y obediencia y que derivó en el atornillamiento del sandinismo en el poder.

Por eso la memoria crítica y democrática necesita desconfiar de los lenguajes absolutos, de las fórmulas mesiánicas y de las palabras que prometen redención mientras exigen silencio, mientras se incomodan con el ejercicio ciudadano de la protesta o con la crítica e innovación de la juventud.

La participación de la juventud en la construcción de memoria no es un adorno generacional, no es una cuota, ni una concesión cosmética a la novedad, es una necesidad política. Cada generación ha elegido heredar el lenguaje del poder o corregirlo; y la generación de Abril decidió cambiarlo todo, y esto no nos hace automáticamente merecedores de confianza, muchos jóvenes en 2018 también se plegaron a la narrativa del status quo, cediendo poder a ese ya mencionado sector político y económico; pero la herencia de Abril se mantiene incluso ante ellos, como una agenda ineludible.

La generación de Abril ya dio una propuesta de nación cuando produjo nuevos códigos, nuevas consignas, nuevas formas de hacer política (incluso desde la sátira) nuevas formas de duelo y de comunidad. La creatividad verbal, los giros populares, la resignificación de símbolos y la reapropiación de la idea de nación fueron parte de una insurgencia cívica más amplia, y es muestra inequívoca de la construcción de una nueva cultura.

Defender la memoria de Abril, entonces, exige mucho más que conmemorar fechas; exige custodiar el sentido de las palabras con las que ese Abril será transmitido. Exige llamar prisionero político a quien lo es, víctima a quien lo fue, represión a lo que fue represión y resistencia cívica a lo que constituyó una afirmación democrática de la ciudadanía. Exige también permitir que nuevas generaciones sigan traduciendo esa memoria a sus propios lenguajes sin perder la verdad de fondo, porque una memoria que no se renueva se fosiliza, pero una memoria que renuncia a nombrar con precisión, se entrega.

Entre la petrificación y la entrega, la tarea democrática consiste en algo más difícil y más digno; mantener viva una verdad histórica en un lenguaje capaz de seguir convocando libertad.

La autora es politóloga nicaragüense, estudiante de Trabajo Social y activista por los derechos humanos.

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