La inminente fluctuación entre inflación y deflación

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Estamos viviendo un momento excepcional en el que dos fuerzas poderosas impulsan los precios en direcciones opuestas. Los mercados deben lidiar tanto con la amenaza inmediata de una mayor inflación derivada de las tensiones geopolíticas y los conflictos, como con el riesgo a largo plazo de una deflación provocada por la inteligencia artificial.

A principios de este año, muchos analistas preveían que los precios del petróleo rondarían los 50 dólares por barril, debido a lo que parecían ser inventarios relativamente grandes y una demanda global estancada. Sin embargo, ahora los futuros del Brent han superado los 100 dólares, y algunos pronostican precios que podrían llegar hasta los 150 dólares.

La guerra entre Estados Unidos e Israel e Irán ha interrumpido el tránsito por el estrecho de Ormuz, que generalmente representa alrededor del 20 por ciento de la demanda mundial diaria de 100 millones de barriles. Esto convierte a esta situación en la mayor crisis de suministro de petróleo en la historia del mercado petrolero mundial. En comparación, el embargo petrolero árabe de 1973, la Guerra del Golfo de 1990 y la invasión rusa de Ucrania en 2022 redujeron el suministro mundial en un 7 por ciento, un 6.5 por ciento y un 3 por ciento, respectivamente.

Desde el inicio de la guerra, los precios del petróleo y el gas natural no solo han aumentado más del 30 porciento, sino que el impacto se ha extendido a todo el sector de las materias primas, afectando desde los fertilizantes (el 30 por ciento de los cuales transita por el estrecho) y el polietileno (50 por ciento ) utilizado en la fabricación de plásticos, hasta el helio (aproximadamente el 33 por ciento), un insumo fundamental para los semiconductores y, por ende, para la revolución de la IA. Los costes globales de transporte marítimo y seguros también se han disparado, convirtiendo la guerra con Irán en la mayor amenaza para el comercio marítimo y las cadenas de suministro desde la covid-19. Y debido a la destrucción de infraestructuras físicas, los efectos podrían ser más persistentes. Qatar estima que la reconstrucción de ciertas instalaciones de gas natural licuado podría tardar hasta cinco años.

Las repercusiones a largo plazo de estas pérdidas ya se están reflejando en las revisiones de las perspectivas de inflación y tipos de interés. La OCDE prevé ahora una inflación del 4.2 por ciento en Estados Unidos, más de 200 puntos básicos por encima del objetivo del 2 por ciento de la Reserva Federal. Una mayor inflación tiene consecuencias negativas evidentes para las empresas, cuyos márgenes se verán reducidos, y para los consumidores, cuyos salarios reales (ajustados a la inflación) se verán mermados.

Mientras tanto, el mercado ha pasado de prever uno o dos recortes de tipos de la Reserva Federal este año a anticipar una posible subida. Por supuesto, la Reserva Federal podría considerar la actual crisis de los precios de la energía como algo transitorio y evitar endurecer su política monetaria; pero también reconocerá que la interrupción generalizada del suministro de materias primas podría prolongarse.

En cualquier caso, una subida de tipos afectaría a las decisiones de asignación de capital de las empresas, a las emisiones de deuda y a las estructuras de cartera. Estados Unidos ya tiene una relación deuda/PIB superior al 100 por ciento, y dado que sus bonos gubernamentales tienen vencimientos relativamente cortos, es más vulnerable a una crisis fiscal derivada de tipos de interés más altos.

Además, los tipos de interés de las hipotecas a 30 años en Estados Unidos han superado el 6 por ciento, lo que implica que el mercado inmobiliario podría verse gravemente afectado en un escenario de mayor inflación. Los rendimientos de los bonos han aumentado y los precios de las acciones han caído, aunque aún está por verse hasta dónde llegarán estos ajustes de precios (depende en gran medida de la duración del conflicto y del grado de daños a la infraestructura).

En última instancia, los aumentos de precios a corto plazo y las consiguientes subidas de tipos de interés impulsarían una mayor destrucción de la demanda (menor gasto), lo que podría conducir a una recesión. Por supuesto, la magnitud del impacto dependería de cómo respondan los gobiernos a la crisis de las materias primas y de la disposición de los responsables políticos a aceptar una caída de la demanda agregada y la consiguiente recesión macroeconómica.

Esto nos lleva a la perspectiva potencialmente deflacionaria a medio y largo plazo. A medida que la IA y las tecnologías relacionadas avanzan, podrían reducir los precios de la mano de obra, las materias primas e incluso, posiblemente, los de bienes públicos como la educación y la sanidad. De hecho, los precios de bienes que van desde muebles y televisores hasta software y servicios de telecomunicaciones ya estaban disminuyendo rápidamente mucho antes de la llegada de los grandes modelos de lenguaje (como demostró Mark J. Perry del American Enterprise Institute en 2018). Ahora, la IA promete acelerar esta tendencia.

En concreto, la IA y la robótica basada en IA podrían reducir considerablemente la necesidad de trabajadores humanos. Un informe reciente de Goldman Sachs sugiere que, si bien la próxima era de la IA podría crear nuevos tipos de empleo, unos 300 millones de puestos de trabajo a tiempo completo estarán en riesgo mientras tanto. Del mismo modo, el inversor de capital riesgo Vinod Khosla (inversor en OpenAI) sostiene que la IA será capaz de realizar el 80 por ciento de los trabajos para 2030, automatizando de hecho una gran parte del mercado laboral estadounidense, valorado en 15 billones de dólares.

Aunque el efecto no sea ni de lejos tan grande, las repercusiones indirectas de la IA serán esencialmente deflacionarias. Una mayor productividad impulsada por la tecnología y un mayor número de robots que sustituyan la mano de obra se traducirán en una menor renta disponible y una menor demanda, y quizás en una menor tolerancia a los enormes márgenes de beneficio de las empresas, a medida que los gobiernos se enfrentan a un gasto público cada vez mayor en prestaciones sociales.

Sin embargo, si la IA pudiera gestionar una mayor proporción de la producción y los servicios en la agricultura, la industria manufacturera, la sanidad y la educación, el coste de la vida se reduciría significativamente. Por eso, Khosla nos invita a imaginar un aumento sustancial del poder adquisitivo, donde un ingreso de entre 10,000 y 30,000 dólares en 2040 permitiría el mismo nivel de vida que el que se consigue hoy con 100,000 dólares.

En un entorno deflacionario como este, sin embargo, la carga de la deuda pública y privada se dispararía. Esto apunta a un problema mayor: aparte de las perturbaciones en la cadena de suministro durante la pandemia de covid-19, la mayoría de los inversores y líderes empresariales simplemente no han tenido motivos para preocuparse demasiado por la inflación o la deflación. Si, en efecto, estamos entrando en una era con condiciones fundamentalmente diferentes, es posible que no estemos preparados.

Ante cambios tan extraordinariamente rápidos y generalizados, los líderes empresariales, los directores ejecutivos y los inversores deben comprender mejor no solo la dinámica de precios a corto y largo plazo, sino también cómo interactúan entre sí. Debemos empezar a afrontar el riesgo combinado de una inflación considerablemente mayor a corto plazo, seguida de una deflación persistente en los próximos años.

La autora es economista internacional, autora de “Edge of Chaos: Why Democracy Is Failing to Deliver Economic Growth – and How to Fix It” (Al borde del caos: por qué la democracia no logra generar crecimiento económico y cómo solucionarlo). (Basic Books, 2018).

Copyright: Project Syndicate, 2026.
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