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Zelaya fue un dictador nicaragüense depuesto por Estados Unidos en 1909. Vale la pena historiar un poco los factores que lo llevaron a su derrocamiento. La historia es una maestra que enseña cómo las cosas tienden a repetirse. Como dice el Eclesiastés, “no hay nada nuevo bajo el sol”. Es de sabios aprender del pasado. De tontos ignorarlo.
Comencemos preguntándonos: ¿Qué causó el antagonismo o las tensiones entre Zelaya y Washington? Para responder es preciso situarnos en las realidades geopolíticas de la época: finales del siglo XIX e inicios del XX. Era el tiempo de las grandes rivalidades imperiales. Las potencias europeas ansiaban por repartirse el mundo y, en América, los Estados Unidos, ya “poderosos y fuertes”, como lo cantó Darío, quería asegurar su hegemonía en el nuevo continente.
Desde 1824 el presidente James Monroe había establecido la famosa Doctrina Monroe. Su moto, “América para los americanos” advertía a los poderes europeos que no debían entrometerse en la zona de influencia norteamericana y que Estados Unidos tenía el derecho y la obligación de proteger en ella a sus ciudadanos e intereses. En 1904 EE. UU. intervino por esa razón en Santo Domingo.
Este celo hegemónico se agudizó con la decisión de construir un canal interoceánico en una de las dos únicas posibilidades del istmo centroamericano: Nicaragua o Panamá. Tras una votación muy apretada el Congreso norteamericano se decidió por Panamá. La obra comenzó en 1904 y terminaría en 1914. Centroamérica se convertía así en la zona de mayor importancia estratégica para Washington. Más aún cuando otros imperios rivales sopesaban disputarle el privilegio haciendo un canal alternativo en Nicaragua.
José Santos Zelaya gobernó de 1893 a 1909, precisamente cuando el país del norte comprometía billones de dólares en el megaproyecto de mayor importancia económica y financiera el mundo. Pero el dictador de Nicaragua pronto se convertiría en la piedra en el zapato. Una primera razón fueron las guerras que propició. Al año de haber sido inaugurado invadió y derrotó a Honduras y luego en 1907 lo hizo contra Honduras y el Salvador. Él aspiraba a unificar Centroamérica bajo el mando de los liberales. Manifestación de su voluntad interventora fue la creación de un formidable ejército. En un país de apenas 600,000 habitantes llegó a tener 40.652 hombres en armas, sin contar con las milicias y reservas.
Estados Unidos y otros países centroamericanos lo percibieron como una influencia desestabilizadora. Pero lo más grave fue la disposición de Zelaya de abrir negociaciones con Alemania, y se sospecha que también con Japón e Inglaterra, para que construyeran un canal en Nicaragua. Era su derecho hacerlo, pero también una bofetada a Washington, quien lo veía con antipatía y como una creciente amenaza geopolítica. El empeoró las cosas al confiscar a la empresa maderera Emery, propiedad de ciudadanos norteamericanos y cuyo abogado era, por esas coincidencias del destino, nada menos que Philander Knox, próximo secretario de Estado.
Las acciones de Zelaya le crearon mala prensa. El New York Times llegó a usar de titular: “El país peor gobernado: Nicaragua, despojada y oprimida por Zelaya, tirano, perturbador y financiero…” Mas la gota que rebalsó el vaso estaba por venir. El 9 de octubre de 1909 comenzó en Bluefields una rebelión libero-conservadora. Para combatirla el gobierno despachó por río una barcaza con pertrechos militares. Dos norteamericanos, Cannon y Groce trataron de volarla, pero fracasaron y fueron detenidos. Tras un juicio sumario, y contrariando el consejo del jefe de su estado mayor, Zelaya ordenó fusilarlos el 16 de noviembre.
Lo que vino después fue la famosa nota Knox del 1º de diciembre de 1909: “…con esto (los fusilamientos) se colma el proceder siniestro de una administración caracterizada también por la tiranía sobre sus propios ciudadanos… El gobierno de los Estados Unidos está convencido que la revolución actual representa los ideales y la voluntad de la mayoría de los nicaragüenses…”
Era el dedo escribiendo en la pared. Veintiún días después Zelaya renunciaría para morir en el exilio. Su mayor fallo lo resumió magistralmente el conservador Carlos Cuadra Pasos: “El dictador nicaragüense no supo interpretar la trascendencia e implicaciones del nuevo panamericanismo ni comprender que en el continente americano se verificaba un cambio substancial en la política.”
El autor fue ministro de Educación y escritor del libro base del artículo actual: «Buscando la Tierra Prometida, historia de Nicaragua 1492-2019», accesible en librerías locales y en Amazon.