¿El triunfo de Atila?

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Uno de los aspectos más trágicos y dañinos de la dictadura Murillo-Ortega es su afán por romper con todo lo que significa la cultura occidental cristiana. En un reciente artículo de Edgard Cherubini Lecuna (Crisis de valores y el renacimiento de Occidente, LA PRENSA 26,02,2026) explicaba como el racionalismo greco-romano, junto con el cristianismo y los filósofos de la ilustración habían generado los principales pilares de la cultura occidental: en su base, una visión antropológica y ética del ser humano; libre, racional y digno. En el resto de su edificio, el ideal democrático y republicano, el respeto a los derechos humanos, el estado de derecho, la separación de poderes, la libre empresa y la soberanía popular.

Nicaragua ha sido parcela, si bien imperfecta, de la cultura occidental. Aunque étnicamente Nicaragua es mestiza, su identidad ha sido fraguada por la fusión del elemento indígena con el rico legado occidental traído por los españoles. Su pueblo cree en Jesucristo, celebra a la Virgen María, ama la libertad individual —es fuertemente individualista—, habla español, y su más grande icono literario, Darío, bebió como pocos de la cultura europea. Es cierto también que su pueblo siempre ha suspirado por la democracia y el respeto a los derechos humanos, como igual de cierto es que dichas ansias han sido varias veces mancilladas por dictadores.

Pero es significativo notar que desde la guerra nacional de 1857 hasta 2007, sus líderes políticos, aun cuando algunos lo hicieran de labios hacia afuera, han proclamado su adhesión a los valores democráticos y simpatizado con los países de occidente. Zelaya, aunque devino en autócrata, promulgó su famosa Constitución liberal, la “Libérrima”, que consagraba amplias libertades ciudadanas. Los Somoza, por su parte, rendían tributo verbal a los valores democráticos, aunque en distinta medida no los practicaran plenamente.

Pero es hasta ahora, con la dictadura Murillo-Ortega que observamos un rompimiento radical y sin precedentes con Occidente. Su alineamiento internacional es el primer reflejo de este giro. Sus adversario o enemigos son los países occidentales, fundamentalmente Estados Unidos y los integrantes de la Unión Europea; aquellos donde priva la libertad de pensamiento y expresión, donde no hay presos políticos ni persecución por razones ideológicas o políticas, donde sus autoridades son electas en comicios periódicos libres, donde los tribunales de justicia pueden fallar contra políticas del titular del ejecutivo, donde las religiones y las universidades operan con total libertad, donde todos, incluyendo los gobernantes, están sometidos a la ley, a donde quisieran emigrar casi todos los pobres del mundo.

Los países con los que se identifica la dictadura son, en cambio, los más antioccidentales y represivos; los bárbaros contemporáneos: el cruel régimen de Irán, que masacra a quienes protestan, que niega a las mujeres sus derechos fundamentales, al punto de apresar a quienes rehúsan el velo, que persigue a quienes no se pliegan al islam. China, el país que hasta hacer pocos años obligaba a abortar a las mujeres que tuviesen más de un hijo, el que llena la cárcel de disidentes, el que masacró a miles de estudiantes en Tiananmen, el que solo permite operar al partido comunista, el que fuerza a los católicos a celebrar misas clandestinas. Corea del Norte, la tiranía más absoluta y cerrada del planeta, donde poseer una biblia es pase seguro a campos de concentración o sentencia de muerte. Rusia, donde se apresa y asesina a opositores y donde es delito criticar al zar supremo Putin. Cuba y Venezuela, tiranías fallidas que han producido los éxodos de emigrantes más grandes del continente.

Parte y reflejo elocuente de la vocación antioccidental del régimen es asimismo su implacable persecución del cristianismo. Una población que por siglos había procesionado en sus viacrucis y días de santos, ahora no puede salir de sus iglesias mientras centenares de sus curas y monjas, tan estimados por el pueblo por sus servicios y entrega, ahora son expulsados y sus bienes confiscados. De más está referirnos a la supresión de todas las libertades, de la separación de poderes, de las oenegés independientes y del Estado de derecho.

Este giro antioccidental de la dictadura Murillo-Ortega no es solo el rompimiento con una filosofía, unos valores, y un modo de vida típicos del Occidente cristiano, sino una negación profunda de nuestra identidad nacional, una negación de nuestra nicaraguanidad, de ese pueblo del que decía Darío que aun cree en Jesucristo y habla español. Todo para abrazar tradiciones extrañas y repugnantes ajenas a nuestras aspiraciones más profundas.

El autor es sociólogo. Exministro de Educación.

COMENTARIOS

  1. Hace 3 meses

    No se le pueden pedir peras al olmo. Los dos dictadores de Nicaragua ni siquiera de la escuela secundaria se graduaron. Los diplomas que poseen son falsificados. No mezclemos la cususa con el whiskey. Ambos son unos impostores y charlatanes.

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